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      Auschwitz: la fábrica de la muerte

      26 de enero de 2025 | 23:21
      Auschwitz: la fábrica de la muerte
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      Se cumplen hoy 80 años de la liberación del centro más grande de exterminio masivo para los judíos europeos y del centro campo de detención más importante para prisioneros de diversas nacionalidades que funcionó en el sur de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron asesinadas allí alrededor de 1.100.000 personas. Es el símbolo del Holocausto. En 1947 se convirtió en museo y fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1979. Un viaje al corazón del horror

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      Por Juan Berretta*

      Después de su proceso en Cracovia, el 16 de abril de 1947 Rudolf Hob, el comandante de Auschwitz, fue ahorcado en cumplimiento que le impuso el tribunal polaco que lo juzgó por crímenes contra la humanidad. Por pedido de los ex prisioneros, la ejecución se cumplió del otro lado del alambrado y no dentro de los límites del campo de concentración que él regenteó con frialdad, crueldad y sadismo. Para ellos, ése ya era un lugar sagrado y de descanso de miles de víctimas inocentes, y el nazi no tenía derecho a morir en ese mismo territorio.

      Durante el juicio, el ex teniente coronel de las Schutzstaffel (SS -la policía militar de la Alemania nazi-), no negó los cargos en su contra, declaró que cumplía órdenes directas de Heinrich Himmler -el comandante en jefe de las SS- y que por su rango militar no podía ignorarlas. Los sobrevivientes no presentaron denuncias de abuso personal por su parte, todos afirmaron que era un hombre que administraba con frialdad y sin sentimientos el campo de Auschwitz, que como si nada, dirigía una máquina de matar.

      Las chimeneas de las estufas -casi nunca utilizadas- es lo único que los nazis dejaron en pie tras quemar más de 250 barracas de madera de las 300 en las que hacinaban a los prisioneros en Auschwitz II – Birkenau

      “Por voluntad del comandante en jefe de las SS, Auschwitz se convirtió en la mayor instalación de exterminio de seres humanos de todos los tiempos. Que fuera necesario o no ese exterminio en masa de los judíos, a mí no me correspondía ponerlo en tela de juicio, quedaba fuera de mis atribuciones. Si el mismísimo Führer había ordenado la solución final del problema judío, no correspondía a un nacionalsocialista de toda la vida como yo, y mucho menos a un jefe de las SS, ponerlo en duda”.

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      Así justificó el propio Hob su accionar, según consta en sus memorias, que redactó mientras estuvo en prisión. Toda una declaración de principios.

      El peor de todos
      El campo de concentración de Auschwitz, ubicado en la ciudad de Oswiecim, en el sur de Polonia, es el lugar de martirio y exterminio más conocido del mundo y símbolo del accionar nazi. Su triste fama mundial se basa en una serie de factores: fue el principal centro de aniquilación masiva para judíos europeos, el campo de concentración más grande para prisioneros de diversas nacionalidades (alrededor de 200 hectáreas en total), un lugar de trabajo en régimen de esclavitud y donde se concretaron ejecuciones y experimentos médicos criminales.

      “Cuidado alta tensión. Peligro para la vida”. Uno de los carteles que advertía el riesgo de tocar el alambrado perimetral

      Las SS nazis pusieron en funcionamiento a Auschwitz en la primavera de 1940 con el objetivo de albergar a la gran cantidad de polacos arrestados que ya no tenían lugar en las cárceles disponibles. A esa altura, Polonia ya había sido invadida por completo por las tropas del Tercer Reich, y capturados todos los políticos, intelectuales y miembros de la inteligencia.

      El lugar fue elegido porque tenía buenas vías de comunicación con otras ciudades polacas y porque consideraron adecuadas las instalaciones del cuartel que el Ejército local había construido antes del inicio de la II Guerra Mundial.

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      Una experiencia demoledora

      El 14 de junio de 1940, la Gestapo envió el primer tren al campo con 728 presos políticos. En el contingente había apenas 20 judíos. A partir de mediados de 1941 comenzaron a llegar, además de polacos, reclusos de otras naciones que también habían sufrido la invasión nazi. En los transportes cada vez era más importante el número de judíos.

      Fue en 1942, cuando el Tercer Reich decidió el exterminio institucionalizado de los semitas europeos, que Auschwitz además de ser un campo de concentración comenzó a funcionar como centro de aniquilamiento.

      Un megacampo

      A partir de los nuevos planes de los nazis, Auschwitz comenzó a extenderse hasta convertirse en un verdadero complejo de la muerte compuesto de tres sedes, con funciones bien diferenciadas. Al campo base (Auschwitz I) situado en Oswiecim, se le sumó el predio de Birkenau (Auschwitz II), situado a tres kilómetros, en la localidad de Brzezinka y que sería el más grande de todos los campos que funcionaron durante la guerra.

      Tuvo más de 300 barracas para alojar prisioneros y en él se instalaron cuatro edificaciones equipadas con cámaras de gas y hornos crematorios para la incineración de los cadáveres. La mayoría de las personas asesinadas eran judías.

      Ofrendan florales rinden homenaje a los asesinados en el “Paredón de la muerte”, ubicado entre los pabellones 10 y 11 de Auschwitz I. En él se realizaban los fusilamientos de los prisioneros

      Para agilizar el proceso de exterminio masivo se construyó además, ya en 1944, una plataforma de descarga con una vía de ferrocarril que terminaba a metros de los edificios de la muerte, para recibir los trenes atestados de judíos.

      Además, había un sector, el denominado “campo hospital”, donde se ubicaban a los enfermos y se realizaban la mayor parte de los experimentos médicos. Las mujeres embarazadas y los gemelos eran los más buscados por los nazis para llevar adelante macabras pruebas, entre ellas la respuesta del organismo a la castración de hombres y la implementación de distintos métodos de esterilización en mujeres.

      También se organizó un predio en el que se amontonaban y clasificaban los bienes robados a los judíos deportados al campo. Eso era porque antes de ser cargados en los trenes para ser conducidos al exterminio, se los engañaba prometiéndoles la llegada a un nuevo destino para establecerse y trabajar. Por eso se los autorizaba a llevar equipajes de un peso de hasta 50 kilos. De modo que los judíos cargaban ropa, alimentos, objetos de uso personal, y hasta equipamiento básico de hogar: sábanas, ollas, alfombras, utensilios de cocina y demás.

      El complejo lo completaban unos 50 subcampos, donde se establecieron empresas industriales alemanas de distintos tipos y también explotaciones agrícolas ganaderas que aprovechaban la mano de obra gratuita: más de 400.000 prisioneros registrados en el campo se convirtieron en esclavos del Tercer Reich.

      En Buna, el subcampo más grande y que fue denominado Auschwitz III, se instaló una conocida compañía alemana que construyó una inmensa fábrica de caucho y gasolina sintética.

      Auschwitz I

      La entrada del campo se hizo famosa por la frase que soldada en hierro forma una arcada: “El trabajo libera”. Eso era lo que leían todos los días los prisioneros cuando volvían a las barracas en las que debían dormir como animales tras una jornada de trabajo insoportable. Apenas cruzaban el acceso escuchaban la música de la banda -compuesta también por prisioneros- que los despedían por la mañana y los recibían al anochecer. Era parte del sadismo nazi.

      Como también lo era el presentismo obligatorio durante el recuento nocturno hasta de los presos muertos. No podía faltar ningún prisionero en las barracas, alguna ausencia era motivo de los castigos más crueles, incluido el fusilamiento de uno o más compañero de cautiverio. Por eso los reclusos una vez finalizada la jornada laboral cargaban los cadáveres de los que no habían aguantado el rigor del trabajo esclavo, potenciado por la falta de alimentación.

      La cámara de gas del predio Auschwitz I es la única que se conserva

      Durante los cinco años de funcionamiento, en este campo base fueron alojados la mayoría de los prisioneros de guerra de distintas nacionalidades (rusos, franceses, checos y yugoslavos principalmente) y miembros del Ejército y de la resistencia de Polonia. Los judíos que llegaban a este centro no era por su religión, sino por integrar lo que los nazis denominaban la inteligencia polaca, de modo que había médicos, abogados, profesores, entre otros.

      En la actualidad, la veintena de edificios de ladrillo a la vista que conformaron el campo base mantienen su fachada original. La mitad de ellos puede ser visitada como parte de la recorrida del museo que se abrió en el campo en 1947, por pedido de los ex prisioneros que sobrevivieron. Las distintas barracas funcionan como exposiciones temáticas que abarcan distintos aspectos del funcionamiento que tuvo el centro de detención.

      Se puede observar, con la ambientación original, cómo vivían los cautivos: dónde dormían, la precariedad sanitaria de los baños, sus vestimentas y los registros fotográficos que los nazis llevaban de los prisioneros en los primeros años. Debido al enorme volumen de gente que empezó a llegar a Auschwitz, dejaron de sacarles fotos y pasaron a identificarlos sólo con un número que tatuaban generalmente en el antebrazo.

      Uno de los pabellones fue adaptado para exhibir las pertenencias encontradas cuando fue liberado el campo. Es uno de los sectores más estremecedores. La gran cantidad de pares de zapatos, las valijas -cada una identificada con el nombre de su propietario y lugar de procedencia-, los elementos de cocina, y una inmensa montaña de pelo humano que los nazis no llegaron a comercializar…

      Según los datos oficiales del museo, forman parte de su colección, 40 metros cúbicos de zapatos, 1950 kilos de pelo, 45 metros cúbicos de cubiertos, 3500 valijas, además de paraguas, vestiduras litúrgicas judías, anteojos, prótesis, peines, cepillos, y demás elementos.

      Otro de los barracones, el número 11, el denominado “pabellón de la muerte”, está dedicado a describir los métodos de tortura y de eliminación practicados por las SS. En su subsuelo se pueden observar los restos de las celdas de castigo, entre ellas, las que apenas medían 90 centímetros por 90 centímetros y eran utilizadas para alojar a cuatro reclusos, que debían pasar toda la noche parados (no les quedaba otra, no tenían espacio para hacer ningún movimiento); y también las que eran destinadas para los condenados a morir de hambre.

      Entre el pabellón 11 y el 10, está el patio de la muerte. En él se realizaban las ejecuciones y también distintos métodos de tortura. A partir del funcionamiento del museo se reconstruyó el sector de la pared que constaba de tablas de aislamiento acústico negras, para amortiguar el ruido de las balas durante los fusilamientos. Los condenados a muerte eran obligados a desnudarse antes de morir y la mayoría llegaba a esa instancia tras vegetar meses en celdas hediondas del sótano y apenas eran esqueletos que sólo podían mantenerse parados.

      Auschwitz II-Birkenau

      Desbordada la capacidad de Auschwitz I, la construcción de Birkenau comenzó a finales de 1941 en un terreno de 175 hectáreas. Los ladrillos utilizados para levantar las primeras barracas fueron obtenidos por los nazis de unas 1000 casas ubicadas en los alrededores. Así, sus ocupantes fueron desalojados, las viviendas destruidas y el material utilizado por los reclusos para levantar su lugar de hacinamiento.

      Al igual que Auschwitz I, Birkenau tiene una entrada emblemática: la torre de vigilancia con la puerta de ingreso

      Pensado primero para los prisioneros de guerra soviéticos, los planes se modificaron a partir de la decisión de poner en práctica el plan del aniquilamiento de los judíos. Porque empezaron a llegar en forma masiva, y si bien la mayoría era asesinada, un porcentaje se incorporaba como reclusos para transformarse en mano de obra esclava. Al haberse quedado sin ladrillos, los nazis compraron madera y levantaron unas 250 barracas (sumando la de ambos materiales llegó a haber más de 300).

      Antes de la guerra, en Alemania se usaba el mismo estilo de barraca para los animales. Eran establos para 52 caballos, en Auschwitz II en una construcción similar dormían entre 400 y 500 presos.

      Hoy se mantienen en pie unas 50 barracas de madera y unas cuantas menos de ladrillos, el resto de las construcciones fueron quemadas y destruidas por las SS antes de abandonar el campo con la intención de deshacerse de las pruebas del genocidio.

      También los polacos después de la guerra destruyeron parte de los edificios, algunos para enterrar para siempre lo que ahí había ocurrido, otros para recuperar el material que les habían sacado y volver a levantar sus casas. Cuando se tomó la decisión de fundar el museo, se dejó todo tal como estaba.

      Insoportable

      Las condiciones de vida en las barracas eran inhumanas. Las mujeres y los hombres estaban en sectores separados, pero padecían los mismos tormentos. Debían dormir en camas literas en tres niveles, el primero de ellos estaba en el suelo y como buena parte de los barracones tenía piso de tierra, al estar el campo en una zona muy baja y pantanosa, cuando llovía el piso se convertía en barro. En cada nivel debían acostarse por litera entre cinco y seis mujeres, lo hacían sobre sacos llenos de paja o directamente sobre ésta.

      La falta de higiene era la principal protagonista de los edificios. Muy rara vez podían bañarse, el ambiente estaba dominado por los piojos, los insectos y las ratas. Los baños estaban afuera y en muchas oportunidades no les quedaba otra que hacer sus necesidades en algún rincón.

      Hoy se mantienen en pie unas 50 barracas de madera y unas cuantas menos de ladrillos, el resto de las construcciones fueron quemadas y destruidas por las SS antes de abandonar el campo

      El escenario tétrico lo completaban los cadáveres de los presos y presas. La muerte era algo habitual: el tifus -una enfermedad contagiosa-, la pulmonía, tuberculosis, disentería -que era provocada por la falta de comida o alimentos de mala calidad-, se cobraban víctimas cada jornada.

      A los prisioneros les daban de comer tres veces al día. Por la mañana sólo té o café -sin azúcar-, en el almuerzo una sopa con vegetales, por lo general podridos, y para la cena un trozo de pan de 300 gramos con manteca y mermelada o un poco de queso. Estaba calculado: ingiriendo sólo la comida de Auschwitz y trabajando 11 horas diarias, como máximo los reclusos podían aguantar tres meses. El que no conseguía más alimentos -robándoselo a otro prisionero o a los nazis-, no sobrevivía.

      Al agotamiento físico, hambre y enfermedades había que sumarle el frío. En invierno, en esa zona de Polonia la temperatura puede ser de hasta 20 grados bajo cero. Y pese a tener cada barraca un sistema de calefacción de dos estufas con sus respectivas chimeneas, casi nunca se utilizaba porque los nazis no querían pagar por el material combustible. Birkenau era una trampa mortal.

      Dos principios contradictorios parecían orientar el comportamiento de las SS que estaban al frente del campo ante los presos. Por un lado buscaron aprovechar al máximo su mano de obra, por otro eliminarlos lo más rápido posible.

      La última estación

      Al igual que Auschwitz I, Birkenau tiene una entrada emblemática: la torre de vigilancia con la puerta de ingreso. Para los prisioneros era “la puerta de la muerte”, porque el 80% de los presos que ingresaba en cada tren que la atravesaba, era destinado a las cámaras de gas. En 1944, el tráfico del ferrocarril fue febril, transportando los judíos de las distintas ciudades de los países ocupados por el Tercer Reich.

      El operativo era similar ante el arribo de cada convoy -llegó a haber dos diarios- que transportaba entre 2500 y 3000 personas. Tras un viaje de hasta 14 días -por ejemplo los judíos deportados desde Grecia-, casi sin comida ni agua, arribaban a la plataforma de Birkenau los trenes con vagones ocupados por entre 70 y 80 prisioneros de todas las edades cada uno y que estaban sellados para evitar fugas. Algunos no soportaban las condiciones del traslado, y llegaban muertos, por hambre, asfixia, calor o frío.

      Tras un viaje de varios días, casi sin comida ni agua, arribaban a la plataforma de Birkenau los trenes con vagones que estaban sellados para evitar fugas, ocupados por entre 70 y 80 prisioneros de todas las edades

      Al descender se formaban dos columnas, hombres por un lado, mujeres y niños por otro. La escena era dominada por la desesperación, gritos desgarradores, el llanto de los chicos y los ladridos de los perros de los soldados alemanes que intentaban mantener el orden. Todo era un caos. Unos minutos después, un médico de las SS seleccionaba los aptos para trabajar y los que, por ser ancianos, estar enfermos, débiles o ser muy pequeños, no iban a servir como mano de obra esclava.

      Por lo general, era Josef Mengele, médico antropólogo y oficial de las SS y quien estuvo al frente de los experimentos criminales en el hospital del campo, el que tomaba la decisión. Con un gesto, el nazi definía la vida y la muerte de esas personas, incluidos bebés.

      Porque los capacitados para desarrollar tareas eran registrados e ingresados al campo. A los demás se los llevaba caminando o en camión al bosque que había cuando finalizaba la vía. Los árboles tapaban los cuatro edificios que estaban compuestos por un gran vestuario, una cámara de gas y las instalaciones crematorias. Algunas veces ni siquiera llegó a realizarse la cruel selección y todos los pasajeros del tren arribado fueron directo a las cámaras.

      Los seleccionados para morir eran conducidos hasta una primera sala subterránea que cumplía la función de vestuario, porque a excepción de los crematorios, el resto de las instalaciones estaba bajo tierra. Todos debían desvestirse y dejar la ropa en una percha numerada. Las futuras víctimas creían que en realidad iban a ingresar a unas duchas para higienizarse y desinfectarse.

      Cierta tranquilidad les generaba que quienes les daban las indicaciones eran otros prisioneros, que obviamente estaban obligados a hacerlo. Todo era un gran engaño.

      El siguiente paso era acceder a la cámara, que era una sala casi de la mitad de las dimensiones del vestuario, y que en el techo tenía duchas por donde nunca saldría agua, y unas columnas con pequeños orificios por donde ingresaría el gas letal. Los nazis hacían entrar tandas de más de 1000 personas por vez, un número que sobrepasaba la capacidad, por lo que los últimos eran empujados y golpeados hasta que lograban que ingresaran. Esto motivaba que muchos murieran asfixiados o aplastados antes de que se lanzara el veneno.

      Luego los nazis se subían al techo y arrojaban dentro de las columnas que estaban repartidas por toda la cámara las partículas del Zyklon B, el pesticida a base de cianuro que al entrar en contacto con la humedad ambiente despedía el gas letal. Tras media hora y una vez que ya no había más quejidos ni lamentos, señal de que ya estaban todos muertos, los prisioneros del sonderkommando (comandos especiales) ingresaban, cargaban los cadáveres en unos carros y los llevaban a los ascensores que los depositarían en los crematorios del piso superior.

      Antes de incinerarlos, a los muertos se les cortaba el cabello y se les quitaban los dientes de oro. A veces la cantidad de víctimas superaba la capacidad de los hornos, y los cuerpos se amontonaban en altas pilas que se quemaban al aire libre, en el bosque. El último paso del macabro operativo era el esparcimiento de las cenizas en el río que pasaba a poca distancia del campo, en otro sector del bosque y en algunos de los subcampos cercanos.

      Los prisioneros que vivían en las barracas más cercanas a las cámaras no veían el edificio porque estaba tapado por árboles. Pero todos los días observaban pasar al interior del bosque a miles de personas que nunca regresaban. Además, el humo que olía a carne quemada les indicaba que ocurría lo peor.

      Restos de uno de los edificios en los que funcionaban las cámaras de gas y los crematorios

      Entre noviembre de 1944 y el inicio de enero de 1945, los nazis dinamitaron los cuatro edificios y hoy sólo pueden observarse escombros. Trascendió cómo eran las instalaciones y las distintas etapas del exterminio por los testimonios de los prisioneros del sonderkommando que sobrevivieron. Muchos de ellos se sentían avergonzados y culpables por el trabajo que les habían asignado las SS y nunca quisieron referirse al tema. Otros, escribieron y relataron el funcionamiento de las instalaciones de la muerte.

      El final

      El 27 de enero de 1945 el Ejército Rojo soviético ingresó a Auschwitz. Los nazis habían huido horas antes, luego de destruir la mayor cantidad de pruebas posibles y llevándose documentación y 58.000 prisioneros que fueron destinados a campos en territorio alemán. Los rusos se encontraron con un panorama desolador y un olor insoportable de respirar. Asistieron a los 7000 presos que fueron dejados por las SS porque no estaban en condiciones de caminar, a muchos pudieron salvarlos. 

      Una de las imágenes del día en que el Ejercito Rojo ruso liberó el campo

      Los que sobrevivieron, una vez recuperados se alejaron del campo para hacer una nueva vida. Algunos lo lograron, otros no y terminaron suicidándose o sufrieron enfermedades mentales. Habían perdido todo: su familia, su casa y la dignidad.

      Entre los que lograron seguir viviendo, están los que nunca quisieron hablar de lo ocurrido y los que escribieron relatos, participaron en los juicios iniciados a los nazis y trabajaron como guías en el museo, que fue abierto gracias a ellos. A partir de 1979 los terrenos del antiguo campo aparecieron en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

      Memoria

      A metros de donde funcionaron las cámaras de gas se levantó el monumento dedicado a todas las víctimas del Holocausto. Hay 22 lápidas, una por cada lengua que hablaban los asesinados, con una misma inscripción: “Este lugar, donde los nazis exterminaron a más de un millón de hombres, de mujeres y de criaturas, la mayor parte judíos de varios países de Europa, sea para siempre para la humanidad un grito de desesperación y una señal”, dicen.

      “Tenemos que visitar este lugar por lo menos una vez en la vida, sobre todo para acordarnos de la víctimas, es lo único que podemos hacer por ellos, y para conocer la historia y transmitirla a las nuevas generaciones. Porque como dijo el filósofo George Santayana, quien no se acuerda de la historia está condenado a repetirla”, monologuea una de las guías que se encarga todos los días de conducir a contingentes por Birkenau y de describir con crudeza y hasta el mínimo detalle todo lo que ocurrió en el campo.

      “Auschwitz no fue la locura de un hombre sino del hombre mismo. Y este museo es una alerta”, advierte al momento de despedirse en el cierre del recorrido, ya de regreso a Auschwitz I. Ese punto final de la visita se lo pone junto a la horca ubicada del otro lado del alambre perimetral que marca los límites del campo en la que fue ejecutado Rudolf Hos, el comandante de la más grande fábrica de matar que ha existido.

      *La primera versión de esta nota fue publicada en La Voz del Pueblo en junio de 2015 luego de la visita del autor a Auschwitz

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      Cifras que duelen

      Entre 1940 y 1945 los nazis deportaron al menos 1.313.000 personas a Auschwitz:

      Una urna de vidrio guarda una mínima porción de las cenizas encontradas alrededor del campo a modo de tumba colectiva
      • 1.100.000 judíos
      • 150.000 polacos
      • 23.000 gitanos
      • 15.000 prisioneros de guerra soviéticos
      • 25.000 prisioneros de otras nacionalidades

      De esas personas, fueron asesinadas 1.100.000. Las SS mataron a la mayoría en las cámaras de gas. Esta es la información que se pudo constatar a partir de documentación que logró ser conservada. Pero el número real se estima que fue más alto.

      Judíos

      Según las estimaciones a partir de la documentación encontrada, fueron 1.087.190 los judíos europeos deportados a Auschwitz de un total de 1.313.000 personas. El listado según países es el siguiente: 430.000 de Hungría, 300.000 de Polonia, 69.000 de Francia, 60.000 de Holanda, 55.000 de Grecia, 46.000 de República Checa, 27.000 de Eslovaquia, 25.000 de Bélgica, 23.000 de Austria y Alemania, 10.000 de Yugoslavia, 7.500 de Italia y 690 de Noruega.

      Además de aproximadamente 34.000 individuos judíos transferidos de otros campos de concentración.

      Un millón de estas personas fueron asesinadas en las cámaras de gas. Aunque se asume que estas cifras son parciales y que las víctimas fueron más, debido a que los judíos que eran enviados a inhalar el gas venenoso no eran introducidos en el registro del campo y nunca pudo hacerse una estimación definitiva.

      “No todas las víctimas del nazismo eran judíos, pero todos los judíos eran víctimas”, resumió Elie Wiesel, antiguo prisionero y galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

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      El peor de los crímenes

      Los nazis deportaron a Auschwitz alrededor de 232.000 chicos y jóvenes: 216.000 judíos, 11.000 gitanos, 3000 polacos y 1000 de otras nacionalidades. La mayoría de los niños judíos murió en las cámaras de gas inmediatamente tras su arribo.

      Varios, sobre todo los gemelos, fueron utilizados para experimentos médicos criminales. Además, unos 22.000 de diferentes nacionalidades fueron registrados como prisioneros.

      En el museo se exhibe ropa de bebés y criaturas encontrada una vez liberado el campo

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