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“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos ni escalafón. Los inmorales nos han iguala'o. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón… El que no llora no mama y el que no afana es un gil. Dale nomás, dale que va. Que allá en el horno nos vamo' a encontrar. No pienses más, sentate a un lao', que a nadie importa si naciste honrao'. Es lo mismo el que labura noche y día como un buey. Que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley”
El Congreso de la Nación Argentina en su conjunto, -insólitamente (e irónicamente) aún denominado como Honorable-, se convirtió en un antro de indecencia en varios aspectos
Lo anterior es parte de la letra del tango “Cambalache”, obra de Discépolo de 1934. Es una joya creativa atemporal que describe nuestra realidad (ya problemática) de aquella época. Enumera los distintivos poco constructivos de la forma de ser “argento”. Pero, al morir hace tanto (en 1951) Discépolo no tuvo indicios para vislumbrar que en el primer cuarto del siglo siguiente a su existencia los argentinos adoptaríamos una caída de valores tan grande. Que en nuestra vida gregaria la destructiva inmoralidad iría sustituyendo a las virtudes convivenciales que siempre nos destacó el resto del mundo.
Hay partes de “Cambalache” que podrían describir a la perfección el acto de jura de los nuevos diputados nacionales de hace unos días. Una puesta en escena de vulgaridad y desfachatez que asombra e indigna. ¿Cómo uno de los pilares de la República Argentina, cómo lo es la legislatura nacional, -que tuvo a varias personalidades de altísimo nivel intelectual y de honradez absoluta-, se derrumbó hasta convertirse en el tugurio de ordinariez (entre otras cosas aún peores) que es hoy?
Empecemos con el que le tocó, -por ser el de mayor edad (82 años)-, presidir la sesión: el diputado radical Gerardo Cipolini. Mientras pasaban los nuevos legisladores, Cipolini se olvidó que el micrófono estaba abierto y dedicó comentarios fuera de lugar sobre tres diputadas ingresantes. Pero la historia no terminó ahí. Cipolini intentó exculparse de la desubicación (triple) que tuvo señalando: “La tecnología avanzó a límites casi incomprensibles, de tal manera que por ahí uno sale diciendo cosas que no ha dicho”. ¡Ehhh! ¿Quién fue el “jodido” que le puso a Cipolini un micrófono capaz de leer sus pensamientos hacía las mujeres y convertirlos en sonidos iguales a su voz ? Es la disculpa de moda: “Yo no fui, fue la Inteligencia Artificial”.
A medida que iban pasando a jurar, la diputada libertaria Lemoine, -que dejó su banca para situarse cerca del estrado-, desde ahí increpó a varios de las y los que juraban (peronistas y de la izquierda). ¿Por qué le permitieron hacer eso? ¿No hay un protocolo a cumplir? ¿O hay permisividad para incumplirlo según sea el color político de quién provoca ? Un papelón. De los habituales de Lemoine pero también de Cipolini, que cómo presidente de la ceremonia debió intervenir pero no lo hizo. ¿De su inacción, también culpó al robot ?
En el inicio juró Nicolás del Caño, legislador por la izquierda, y (desde mi punto de vista) su exposición tuvo claroscuros. Repudió la masacre de niñas y niños en Gaza, reclamo con el que coincido totalmente porque eso fue un genocidio transmitido en tiempo real; pero también afirmó “Fuera Trump de Venezuela”. Eso llama la atención porque la crisis humanitaria en Venezuela es responsabilidad del régimen chavista. Ocho millones (el 30 % de la población) de venezolanos tuvieron que irse del país donde nacieron para evitar terminar en las mazmorras del dictador Maduro, que sigue en el poder tras cometer un fraude electoral descomunal que el mundo democrático cuestionó, para, -desde el narcoestado que preside-, continuar hambreando al pueblo de una nación muy rica por el petróleo y seguir violando sistemáticamente los derechos humanos de su gente (y el de extranjeros también, cómo el gendarme Argentino secuestrado). Sean de derecha o de izquierda, los dictadores siempre son aberrantes criminales de lesa humanidad que deben ser repudiados, juzgados y encarcelados.
En el sainete del otro día en diputados, los más sinceros fueron los “cristi camporistas”. Hicieron lo que se suponía que harían. Al jurar las y los nuevos legisladores K pidieron por la libertad de su líder política: Cristina Fernández viuda de Kirchner, y denunciaron a viva voz lo injusto de su condena. En realidad, para un observador “no ideologizado”, la única injusticia visible en la sentencia a Cristina es que no esté cumpliendo la pena en una cárcel común.
Si bien en la Cámara de Diputados se ven los episodios más soeces (que usina inspiradora tendría hoy ahí el mejor retratista del mundo cabaretero parisino de finales del 1800: Toulouse Lautrec), el Congreso de la Nación Argentina en su conjunto, -insólitamente (e irónicamente) aún denominado como Honorable-, se convirtió en un antro de indecencia en varios aspectos.
Las conductas inapropiadas (insultos y hasta agresiones físicas) son el grotesco mediático frecuente, pero hay otras miserabilidades cómo el engaño a la confianza de los votantes con legisladores que se pasan de bloque o que cambian sus votos, validación con leyes de actos ejecutivos de mala praxis que después generan mega juicios contra el país (cómo la estatización de YPF), gastos fastuosos al mismo tiempo que a la gente se la ajusta, y lo más grave de todo: el Congreso Nacional funciona como un aguantadero para los que intentan evadir el accionar de la justicia. La inmunidad parlamentaria otorga esa impunidad legal.
Los enumerados acá son solo una pequeña muestra de los episodios disparatados de la vergonzosa jura de los diputados nacionales de hace unos días. Hubo más. Y a eso hay que agregarle otros escándalos (de ambas cámaras): los casos Kueider, Espert, Villaverde, Ficha Limpia, etc, etc, etc.
Ante este panorama institucional desolador, el interrogante que surge es: ¿para sumar igualando el perfil de varios que ya estaban, en la renovación de las cámaras legislativas de este año armaron las listas tras un casting que les permitió elegir lo peor que encontraron, o “eso” (el Congreso) es una representación de la sociedad Argentina?
Si la respuesta corresponde a la segunda parte de la pregunta, estaríamos ante la triste realidad de que al país no solo se lo destruyó en lo económico, sino también en lo cultural. Y de eso sí que no se vuelve.

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