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      Cuando las alianzas no alcanzan: la lección de 1914 para un mundo más complejo

      Por Mercedes Mungai (*)

      29 de junio de 2026 | 11:30
      La Primera Guerra Mundial, una tragedia mundial que se desencadenó luego de que mataran al archiduque Francisco Fernando de Austria (Imagen de Enciclopedia Humanidades)
      La Primera Guerra Mundial, una tragedia mundial que se desencadenó luego de que mataran al archiduque Francisco Fernando de Austria (Imagen de Enciclopedia Humanidades)
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      El 28 de junio de 1914 dos disparos acabaron con la vida del heredero del Imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando de Austria, en las calles de Sarajevo. Este atentado, que podría parecer un episodio más de la inestable política balcánica del momento, encendió la mecha de una tragedia global. Y es que la compleja red de alianzas que existía en Europa en ese entonces, sumada a rivalidades imperiales, nacionalismos crecientes y cálculos erróneos, terminó arrastrando a las grandes potencias a una espiral de movilizaciones y ultimátums que desembocaron en la Primera Guerra Mundial.

      Un mes después del atentado, Austria-Hungría declara la guerra a Serbia, activando una reacción en cadena imposible de detener. Entre el 1º y el 4 de agosto de ese mismo año, Alemania declara la guerra a Rusia y a Francia; luego Reino Unido entrará en el conflicto tras la invasión alemana de Bélgica. La guerra europea que ya estaba en marcha pronto tomaría una dimensión mundial.

      Fue la rigidez del sistema de alianzas uno de los principales factores que transformó una crisis localizada en un conflicto global. Si un país entraba en guerra, sus alianzas aumentaban la probabilidad de que otros Estados fueran arrastrados al enfrentamiento. La Triple Alianza, integrada por Alemania, el Imperio Austrohúngaro e Italia, y la Triple Entente, conformada por Francia, Reino Unido y el Imperio Ruso, configuraban un sistema de compromisos que otorgaba una sensación de seguridad a los líderes, pero que al mismo tiempo terminó condicionando sus decisiones.

      A su vez, las rivalidades imperiales crearon el contexto propicio para el estallido de la guerra, ya que gestaron un clima de competencia, desconfianza y acumulación de tensiones.

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      Mientras Alemania observaba con recelo al Imperio británico, su poder colonial y su preeminencia comercial, aspirando a un lugar equivalente dentro del orden mundial y emprendiendo una acelerada militarización, sus contrapartes veían con desconfianza ese crecimiento. Fue así como un conflicto entre Austria-Hungría y Serbia terminó involucrando a las principales potencias europeas.

      Algunas corrientes de análisis de las relaciones internacionales sostienen que cuando una potencia en ascenso percibe que el orden existente no refleja su nuevo peso relativo, puede intentar modificar esa distribución de poder. Alemania de comienzos del siglo XX es uno de los casos históricos utilizados para analizar esta dinámica.

      Los nacionalismos modernos, que habían nacido en el siglo anterior como movimientos políticos masivos y que se estaban consolidando, complejizaron aún más el escenario.

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      Finalmente, los cálculos erróneos llevaron a las principales potencias a pensar en términos de conflictos limitados, suponiendo que los enfrentamientos terminarían rápidamente, tomando como referencia los antecedentes de las guerras del siglo XIX.

      Europa vivía además lo que muchos historiadores consideran la primera gran era de globalización, con un alto grado de interdependencia económica, conexión comercial y vínculos financieros entre los países. Esto llevó a muchos a creer que una guerra a gran escala sería poco probable.

      A principios del siglo XX, el periodista y teórico político Norman Angell sostenía en sus escritos que los líderes mundiales evaluarían el costo económico de una guerra, y que esa racionalidad actuaría como un freno frente a un conflicto de gran escala.

      ¿Qué sucedió entonces?

      La Europa de fines del siglo XIX y comienzos del XX vivía una contradicción estructural: la expansión e interdependencia económica convivía con tensiones geopolíticas derivadas de los nacionalismos, las rivalidades imperiales y la competencia entre las potencias.

      La dimensión económica, lejos de eliminar o apaciguar las rivalidades, incorporó nuevas formas de competencia por mercados, rutas comerciales, materias primas y prestigio internacional. La globalización de la época no reemplazó la lógica imperial, sino que la intensificó.

      ¿Qué enseñanza nos deja para comprender al mundo actual?

      Si bien hoy existen alianzas fuertes y estructuradas como la OTAN, el escenario internacional actual muestra una dinámica diferente: muchos Estados buscan maximizar sus intereses evitando quedar atrapados en una única alianza estratégica. La política internacional contemporánea está marcada por alianzas más flexibles, superpuestas y pragmáticas, donde cooperación y competencia conviven al mismo tiempo.

      Estados Unidos y China siguen siendo las grandes potencias del planeta. Eso no está en debate. Pero hoy la política internacional ya no puede explicarse únicamente por lo que hagan los actores más poderosos.

      La actualidad internacional muestra una reconfiguración del poder global: Rusia continúa reforzando su postura militar y la OTAN responde fortaleciendo su capacidad defensiva en Europa; Francia y Alemania impulsan nuevas políticas de preparación militar ante la percepción de una amenaza rusa; Estados Unidos profundiza la competencia estratégica con China; mientras que Taiwán y Medio Oriente permanecen como focos de alta sensibilidad geopolítica.

      Sin embargo, a diferencia de 1914, el escenario actual no está organizado exclusivamente en bloques rígidos. Muchos países buscan mantener vínculos simultáneos con actores rivales. India, por ejemplo, coopera con Estados Unidos en mecanismos estratégicos del Indo-Pacífico, pero mantiene relaciones históricas con Rusia. Turquía forma parte de la OTAN, pero conserva vínculos políticos, energéticos y militares con Moscú.

      Mientras tanto, los organismos internacionales enfrentan dificultades crecientes para mediar, intervenir y sostener reglas comunes en un escenario cada vez más fragmentado, viendo socavada su legitimidad.

      En este contexto aparece un nuevo actor clave como estabilizador del sistema internacional: las potencias medias. Países que, en un mundo donde los alimentos, la energía y los recursos naturales adquieren un valor estratégico, buscan aumentar su influencia global aprovechando sus capacidades productivas y respondiendo a un sistema económico que cambia, se protege y se reconfigura. Son países que no tienen la capacidad militar o económica de las grandes potencias, pero poseen algo que en un sistema más complejo adquiere valor estratégico: capacidad de conexión, legitimidad diplomática, capacidad de intermediación y son fuente de recursos.

      Ya no podemos seguir mirando al mundo sólo desde la lógica de las grandes potencias. La dinámica internacional parece avanzar hacia una estructura más multipolar, aunque todavía marcada por la enorme influencia de Estados Unidos y el ascenso de China.

      Las alianzas en torno a los grandes actores se vuelven más complejas, los equilibrios se modifican y el tablero cambia. Las reglas del juego del sistema internacional son desafiadas continuamente por nuevas variables que irrumpen a velocidades sin precedentes: guerras regionales con impacto global, tensiones tecnológicas, cambio climático y la inteligencia artificial.

      Hoy el mundo está más conectado, pero a su vez más complejo, por eso es tan importante la presencia de mecanismos de contención y liderazgos capaces de gestionar esta interdependencia. Hoy las instituciones que tienen este rol están debilitadas y necesitan una renovación, porque fueron diseñadas para un mundo diferente, con menos actores y una distribución del poder más clara. A su vez surge un nuevo actor, las potencias medias como mecanismos de contención, y es esta justamente una de las transformaciones más interesantes del orden actual, porque no podemos olvidarnos que la paz no es un producto automático de la interdependencia económica, sino una construcción política permanente. Y esa es quizás la lección más vigente de 1914

      (*) La autora es licenciada en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador)

       

      Columna Mercedes Mungai
      Ilustración que muestra el momento del atentado al archiduque Francisco Fernando de Austria, en Sarajevo. El hecho ocurrió hace 112 años (Imagen de Historia National Geographic)


       

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