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Por Marcelo Mouhapé Furné
En el año 1979 hubo una película titulada “Desde el jardín”, genialmente interpretada por el actor Peter Sellers. Trataba de un personaje mediocre que un accidente lo lleva a ser acogido por los millonarios que lo atropellaron, quienes piensan que es jardinero y que “desde allí” circunstancias fortuitas lo conducen a ser una persona famosa y con influencia política en Estados Unidos.
En la Argentina actual también hay un personaje relevante que hoy se lo referencia desde un ámbito de una propiedad: “el balcón” de Cristina Fernández viuda de Kirchner.
La ex presidenta; ex vice; ex primera dama; ex senadora; ex diputada y actual presidenta del Partido Justicialista nacional, tras ser condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por la causa “Vialidad” (redireccionamiento de obra pública) transcurre sus días deambulando con una tobillera por su casa de la ciudad de Buenos Aires, cumpliendo la pena en prisión domiciliaria.
Desde el balcón, -su tribuna política física (lo complementa a través de las redes sociales)-, arenga a los suyos; critica al gobierno nacional libertario, -en especial al presidente Milei, aunque también reparte palos a ministros, donde el más apuntado es el “Toto” Caputo-; y a la Justicia, sobre todo a la que la investigó y condenó.
El balcón de su casa es una muestra de lo que puede terminar siendo eterno porque desde allí Cristina vislumbra cómo el Poder Judicial avanza en otras causas, -la denominada “Cuadernos”-, cuyo juicio recién inicio y a la que los entendidos en la materia califican como la mayor causa de corrupción estatal en la historia Argentina.
Ese balcón la aleja de la mística peronista, -de la que siempre renegó-, pero la mantiene a la vista. Cuando sus devotos van en procesión a saludarla, están abajo. Los mira desde arriba, combinando la distancia prudencial al sitial de mando.
Ante la opinión pública aún tiene repercusión pero es cada vez menor. Solo tiene eco en los medios afines ideológicamente. En eso Cristina se parece a Mauricio Macri, a quien solo buena parte del periodismo porteño le sigue siendo fiel pese a que el PRO ya es una cáscara vacía y su creador ejerce el triste papel de “apartado por las circunstancias de la escena política, que pide a gritos que lo tomen como el protagonista que ya no tiene con que ser”.
Desde el balcón, Cristina ve cómo Milei se queda con todo. Observa cómo Argentina pasa a integrar el eje mundial que
lidera Estados Unidos, que le permitió al gobierno libertario
superar crisis cómo nunca ocurrió con un gobierno no
peronista. Las dos alianzas sucumbieron a situaciones de
emergencia. De la Rúa se tuvo que ir en el helicóptero y
Macri terminó sus cuatro años pero perdió la reelección.
Desde ahí vio un Milei al que el peronismo pronosticaba que no llegaba en el cargo a la Semana Santa del 2024, ganar la elección del mes pasado afianzando su posición ante la población que lo volvió a respaldar. Javier Milei presidirá el país durante ocho años, ya que en 2027 será reelecto.
Mientras Cristina ve un futuro violeta prolongado en la Casa Rosada, también desde su balcón debe observar cómo el peronismo se licúa asimismo. Uno de los nuevos de peso, el gobernador de Córdoba Llaryora, en el marco de “Provincias Unidas”, habló de más contra el gobierno nacional y quedó pagando. Se mostró cómo si fuera el candidato presidencial del peronismo. Algo que nunca será.
Y en el marco del peronismo, seguramente apretando los
hierros de su balcón, Cristina piensa (con razón) muy enojada que Kicillof la traicionó al desdoblar la elección para que el ganara la suya (la bonaerense del 7 de septiembre), transformándola en una PASO y alertando así a los “no votantes” para que vayan en la del 26 de octubre y “la hicieran perder a ella con Milei”. Cómo inteligente que es, sabe que la jugada del kicillofismo tuvo como objetivo sacarle el protagonismo y a partir de ahí conducirla hacía su eliminación (y con ella a “La Cámpora”) en el esquema de poder peronista.
Pero mientras en lo nacional extrapartidario Cristina ve cómo su influencia se derrumbó, en lo interno aún le queda una bala de plata para desquitarse con Kicillof. El gobernador necesita los votos de los legisladores “camporistas” para aprobar el Presupuesto provincial 2026 por 43 billones de pesos (y el endeudamiento por más de 3 mil millones de dólares). En esto Cristina puede hacerle transpirar sangre a Kicillof. “En política no hay castigo, hay venganza”. La habrá.
Solo en eso, la otrora mujer más poderosa del país, -quien definió la política nacional en los últimos veinte años-, puede ejercer poder y con él recuperar protagonismo decisorio. Lo hará.
En todo lo demás, su enorme influencia ya se perdió. Desde el balcón Cristina ve cómo Argentina tiene otros líderes, que la población apoya otras propuestas de gestión y que el mundo actual tiende a la contraparte ideológica. Eso debe generar una sensación de fin de ciclo. De algo que ya no volverá a ser porque la mayoría de la población decidió que no vuelva más. Ese balcón representa el pasado del país. El futuro de Argentina está al nivel del suelo, por donde transita la población. Un espacio hoy inalcanzable para Cristina.

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