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La captura de Nicolás Maduro en la madrugada del pasado 3 de enero, durante la operación “Resolución Absoluta” ejecutada por fuerzas especiales de Estados Unidos, abrió un nuevo escenario político en Venezuela y en toda la región. La desaparición de una figura profundamente polarizante generó una euforia inmediata. Pero duró poco.
Los hechos de máxima tensión que atraviesa hoy el país -el reconocimiento oficial de la muerte del preso político Víctor Hugo Quero Navas, detenido desde enero de 2025, otros fallecimientos bajo custodia estatal, y la persistente ausencia de independencia judicial- vuelven a sumergir el destino venezolano en la incertidumbre.
Porque así como la violencia en un conflicto aparece mucho antes que aparezcan las armas, también desaparece mucho después de la caída de su líder.
Para comprender verdaderamente a Venezuela, hay que mirar la relación histórica entre petróleo y política. Más que un recurso económico, el petróleo fue en allí una herramienta de construcción de poder.
En los llamados “petroestados”, suele producirse una dinámica particular: el gobierno obtiene enormes recursos económicos de una única fuente, y deja de depender progresivamente de la sociedad para financiarse. Cuando eso ocurre, las instituciones de control comienzan a debilitarse. El Estado necesita negociar menos con los ciudadanos, las lealtades políticas se construyen con mayor facilidad, y la lógica institucional empieza a ser reemplazada por una lógica clientelar.
Se configura así una matriz de violencia estructural: un Estado que concentra la distribución de recursos, una política concebida como disputa por la renta, baja cultura tributaria, y una sociedad civil con autonomía limitada.
Pero esta matriz no nació en Venezuela con el chavismo. La misma ya existía.
Y acaso allí reside una de las grandes ironías venezolanas: la misma estructura que allanó el camino para el ascenso de Hugo Chávez al poder, fue luego utilizada por el propio chavismo para consolidar su hegemonía y profundizar todavía más esas dinámicas de violencia.
La explotación petrolera comenzó a principios del siglo XX y convirtió rápidamente a Venezuela en uno de los mayores exportadores de crudo del mundo. La renta petrolera comenzó a enquistarse en el corazón del sistema político, organizando la sociedad alrededor de un Estado rentista.
El antropólogo venezolano Fernando Coronil lo describe con precisión en su libro “El Estado mágico”: el petróleo construyó una relación casi mítica entre sociedad y Estado, donde este último parecía crear una ilusión de progreso y modernidad a través de la distribución de la riqueza petrolera.
Esa lógica fue moldeando una identidad nacional particular: el dinero parecía provenir de un Estado benefactor omnipotente, -un "brujo magnánimo” en palabras de Coronil-, y no del esfuerzo colectivo de la sociedad. Allí comienza a consolidarse también una forma de violencia cultural.
La democracia previa al chavismo -sostenida en buena medida por el Pacto de Punto Fijo firmado entre los principales partidos políticos y otros actores de la sociedad tras la caída de Marcos Pérez Jiménez- logró estabilidad durante décadas, pero conservaba fragilidades profundas: presidencialismo excesivo, corrupción, debilidad institucional y mecanismos limitados de control.
Cuando el precio internacional del petróleo cayó en los años ochenta, comenzó también una crisis de legitimidad. El Estado ya no podía sostener el rol distributivo sobre el que descansaba gran parte del contrato social venezolano.
La crisis dejó entonces de ser solamente económica. Pasó a ser política, cultural y simbólica.
Las bases que sostenían -cada vez más precariamente- la institucionalidad democrática comenzaron a erosionarse. Y allí emergió el terreno fértil para el surgimiento de un liderazgo fuerte y mesiánico. Sectores amplios de la sociedad dejaron de sentirse representados por la democracia liberal y comenzaron a buscar figuras capaces de “reparar” desigualdades acumuladas.
Chávez no rompió con el modelo rentista: lo profundizó.
Transformó la renta petrolera en herramienta de construcción identitaria y lealtad política, o sea en un proyecto hegemónico. Subsidios, programas sociales, empleo estatal y confrontación permanente se convirtieron en mecanismos centrales de cohesión.
Y aquí es donde comienza a profundizarse un modelo de violencia que se explica perfectamente con el esquema que propone quien es considerado el padre de la investigación académica sobre la paz y los conflictos, el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung.
Galtung desarrolló el modelo de la “pirámide de la violencia”, donde sostiene que la violencia visible es apenas la punta del iceberg. Debajo de ella operan otras formas más profundas y persistentes: la estructural y la cultural.
La violencia estructural -la más difícil de combatir- se vincula con aquellas condiciones sociales que generan desigualdad, exclusión y dependencia sin necesidad de un agresor visible. En Venezuela, las dinámicas construidas alrededor del Estado rentista forman parte de esa estructura.
La violencia cultural, en cambio, aparece cuando una sociedad naturaliza o legitima determinadas formas de dominación. En el caso venezolano, esa relación casi mística entre un Estado distribuidor y una ciudadanía crecientemente dependiente, contribuyó a consolidar una lógica de polarización permanente, miedo al enemigo interno, y dificultad para imaginar alternancia democrática.
Por eso la captura de Maduro no eliminó automáticamente las estructuras profundas de violencia que atraviesan al país.
Pensar lo contrario sería una simplificación peligrosa.
La gran pregunta hoy no es solamente qué cayó con Maduro, sino qué comenzó efectivamente a modificarse después de él.
Y quizás el cambio más importante no sea todavía político.
La verdadera transformación venezolana dependerá de la capacidad de construir una nueva narrativa democrática que desmonte décadas de violencia cultural enquistada. La reconstrucción del tejido social aparece hoy como una necesidad urgente.
Y allí resulta difícil imaginar a Delcy Rodríguez liderando este proceso ¿De dónde podrían surgir entonces esos impulsos transformadores?
Probablemente de quienes conservan mayor distancia emocional respecto del régimen: una juventud que creció entre crisis y emigración, los expatriados que comienzan a imaginar una posibilidad de retorno a su país, y una prensa internacional capaz de volver visible aquello que durante años pareció naturalizado.
Porque cuando lo inevitable comienza a percibirse como evitable, el cambio deja de parecer una fantasía.
Y siguiendo a Galtung, cuando una sociedad recupera la capacidad de imaginar alternativas -transformando al enemigo en adversario- la pirámide de la violencia empieza lentamente a resquebrajarse desde abajo, dejando al descubierto que el petróleo ya no alcanza para reconstruir al Estado.
(*) La autora es licenciada en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador)

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