Elsa Hut: ¿Otra vez ganaron los malos?
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Por Enrique Mendiberri
A pocos días de cumplirse dos años del violento ataque que casi le cuesta la vida a Elsa Hut y le dejó graves secuelas, aparentemente determinantes en el proceso investigativo, esta semana se conoció una condena por juicio abreviado dictada en marzo y, con ella, volvió a imponerse la noción del límite que impuso el propio sospechoso en esta causa.
Es sabido que no siempre lo legal acompaña lo justo y, un ejemplo de ello, pareciera haberse manifestado días atrás al conocerse el desenlace de un caso que, en la madrugada del 29 de octubre de 2022, conmovió por varios meses a todos los que siguieron los acontecimientos buscando una respuesta que hoy parece que no vamos a conocer.
¿Qué le pasó a Elsa Hut esa noche del 28 de octubre cuando alguien pasó a buscarla por su casa y la llevó en un vehículo hacia un lugar nunca precisado? Es que Elsa no murió, pero el daño que le provocaron con los golpes, hizo que su capacidad intelectual sea interpretada como insuficiente para ser tomada en cuenta por la Justicia cuando logró salir del estado de coma en que había quedado.
Lo único que siempre hubo fue un auto incriminado. Un joven necochense con distintos consumos problemáticos que, días antes, había hecho unas changas de jardinería en la casa de la víctima y, horas después de saber que Elsa no había muerto esa madrugada del 29 de octubre, se entregó voluntariamente en la DDI tresarroyense diciendo que “creía tener algo que ver” (con el caso), pero no de qué manera.
Entre algunos miembros de la familia de la víctima, sobrevuela la idea de que Gonzalo Ullúa, único sospechoso que terminó firmando una condena a cuatro años de prisión en un juicio abreviado, pagó la cuenta de alguien más ¿Una mujer? ¿Una familia?
Porque su presencia trajo alivio a la investigación. Había alguien entre rejas y eso aliviaba la presión social sobre la historia. Ninguna pericia lo ubicó cerca del hecho, excepto la presencia del auto en el que supuestamente se movilizaba esa noche por Orense en cámaras de seguridad, o mensajes de WhatsApp donde referenciaba que se había drogado y “cometido un error”.
Después de varios meses de esperar la recuperación física de Elsa Hut, la forma en la que salió de terapia intensiva no le habría permitido alcanzar la consistencia necesaria a su testimonio y, con ella, la Fiscalía y el particular damnificado habrían visto disminuir su capacidad de fuego acusatorio.
Otra vez, la idea de no arriesgar más para no perderlo todo, hicieron que Gonzalo Ullúa y la aceptación de su responsabilidad en el marco de una causa por “homicidio en grado de tentativa”, terminen siendo la única opción para cerrar un caso con muchos puntos oscuros. ¿Será por eso que el desenlace (rechazado de plano por la familia Doladé) de un hecho tan trascendental para nuestra sociedad se conoce más de siete meses después de su gestación?
Es que cuatro años de prisión a cambio de un daño irreparable y un golpe al sistema, parecen estar lejos de lo justo que a veces puede lograrse con las herramientas de la legislación penal.
Al mismo tiempo, por estas horas, el Juzgado de Ejecución Penal de Bahía Blanca analiza un pedido de salidas transitorias presentado por la Defensa. Si prospera, Ullúa podrá volver a caminar por Orense junto a su pareja y la madre de su hija después de aceptar, a pesar de no poder recordar con claridad, que es un sujeto responsable de intentar matar a una jubilada indefensa de 73 años. De lo contrario, todavía restan dos años para cumplir la pena. El 29 de octubre de 2026.
Por su parte, Elsa Hut, quien hoy espera a sus hijos para compartir un día de la madre signado por el dolor y la tristeza, no volverá a ser la misma jubilada que amaba el ciclismo y pasaba largas horas en contacto con la naturaleza. A cambio de su historia, sobrevivirá la noción de que el crimen perfecto es realizable y una pregunta que muchos entienden que fue respondida por la realidad: ¿volvieron a ganar los malos?
