“Esperando el momento” Por Elina Amado
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El chocolate estuvo rico. Espeso y con gusto a chocolate. Con leche comprada en el tambo de los holandeses. Nada de esos brebajes que ponen las otras, mucha azúcar, leche aguada de sachet y tres barras para una cacerola. Unas tortas caseras con aceite y el chocolate aguado no eran el programa para festejar sus setenta y cinco con las amigas. Todas grandes ellas, amigas de muchos años. Quedaban en escaso número, como para completar sentadas alrededor, la mesa del comedor. Ya no era necesario agregar otra mesita de arrime como en las épocas doradas de los sesenta en que estaban todas de “este lado”.
Mejor no pensar. Algunas enfermaron y fallecieron. Triste pero quizás ya era su tiempo. Otras un poco perdidas y en residencias como se les llama ahora para no decir geriátricos. Al final seguir respirando sin saber dónde está una y que día es no sé si tiene caso. Elvira va retirando, para llevar a la pileta de lavado, la vajilla que fuera de su madre. Porcelana importada. Tendrá que esmerarse en el jabonado de las tazas. El rouge carmín de sus invitadas en los bordes delata la coquetería que se conserva pese a los años. Estuvo animada la reunión. Y el rústico se mantuvo lejos. Ella le había dejado más temprano la pava y el mate más un trozo generoso de torta de nuez como para que mastique a gusto y no piense en hacer acto de presencia con las invitadas.
Una vez a solas, se esmera guardando como luego de cada cumpleaños, en el estante de su guardarropa los obsequios recibidos. Polvo perfumado para el cuerpo, y lociones de fragancias a violetas y a jazmines. Jabones en forma de flores y también un par de chinelas de peluche color rosa. Coloca las cajas con ilusión. Son los tesoros que quiere llevarse cuando termine su calvario y se vaya de la casa que hace tiempo dejó de ser un hogar. Décadas prometiéndose dejarlo, irse, aunque sea una “separada”. Él no se ha dado cuenta. Nunca se da cuenta de nada. Su lema es que la mujer como el perro debe estar para cuidar la casa y el hombre si no encuentra nada en que entretenerse hacer pelotitas con sus mocos.
Con la jubilación y algo que le ayude la hija ella podrá irse a una pensión y dejar de verlo. Cincuenta y cinco años de estar juntos ya son demasiado y está segura de que estará mejor.
Apaga la luz del dormitorio y se acuesta sobre el lateral, en la vieja cama de escasas dos plazas. Debería tener un metro más de ancho para no soportarlo con sus bufidos tan cercano.
Un año más y un año menos. Los cumpleaños se van sucediendo inexorablemente. Elvira ya no se vale físicamente. Necesita de cuidadoras. Mujeres que la ayuden a bañarse y también cumplir con los quehaceres domésticos. Un andador le permite desplazarse hasta el comedor y sostenerse medianamente erguida hasta la silla más próxima. Ya no más el ritual del chocolate. Como mucho una rueda de mate con edulcorante, por esto de la glucemia, entre las dos o tres que todavía la visitan. Luego con esfuerzo llegar hasta el estante donde guarda sus regalos. Es una suerte que aún no ha tenido el valor de tomar la decisión porque le quedaron pocos artículos de perfumería. Las damas de compañía se han llevado los frascos y potes y han dejado las primorosas cajitas vacías. Elvira tiene la esperanza de que para sus cercanos ochenta y cinco le regalen no solo sus pocas amigas. Quizás también algunas vecinas o las nietas se motiven por que la cifra cronológica es icónica. Y entonces sí que podría armar cuanto antes el bolsito con sus artículos de tocador. Y poner también las chinelas rosas, que ya no son nuevas porque las viene usando, pero que igual se las va a llevar.
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