Fe, humildad y un hito comunitario: “Mingo” y el cierre del Shopping de Luján
El Padre Domingo “Mingo” Torquatti llegó a Tres Arroyos hace más de cuatro décadas y desde entonces desarrolló una intensa labor pastoral y comunitaria. Tras anunciar el cierre del Shopping de Luján, dialogamos con él para conocer los motivos de la decisión, repasar su trayectoria y recorrer una historia en la que la fe fue el punto de partida de cada iniciativa
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Por Benicio Britez Arévalo
El Padre Domingo Torquatti, más conocido por la comunidad como “Mingo”, es una figura muy querida en Tres Arroyos. Llegó a la ciudad el 1º de febrero de 1986 y, durante estas cuatro décadas, desarrolló buena parte de su labor pastoral en la Parroquia Nuestra Señora de Luján, ubicada en la esquina de Colón y avenida Libertad. Aunque dejó de estar al frente de la institución y fue sucedido por el Padre Mauro Grosso, continúa colaborando con la parroquia, donde celebra la misa de los domingos y participa de los bautismos.
Pero la historia de Mingo y de la obra que hoy conocemos tuvo comienzos mucho más modestos. Antes de que se concretara el proyecto parroquial, hubo un hombre que comenzó juntando papel y botellas para venderlos y reunir los recursos necesarios. Después llegaron los bailes, los desfiles, las ventas y tantas otras iniciativas que, durante años, tuvieron un mismo propósito: llevar adelante la obra de la parroquia.
En el camino también hubo críticas y comentarios que, según recuerda, lejos de hacerlo desistir, terminaron fortaleciéndolo. “No lo hacía para que me aplaudieran. Lo hacía porque lo tenía que hacer”, explica al recordar aquellos años.
Con esa misma convicción, Torquatti decidió recientemente poner fin a una de las iniciativas más tradicionales y recordadas de su recorrido: el Shopping de Luján. En diálogo con este diario, repasó sus comienzos, su llegada a Tres Arroyos, su particular manera de entender y vivir la fe y, fundamentalmente, los motivos por los que considera que esa etapa llegó a su fin.
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La fe es por el oír…
Mingo cuenta que su acercamiento a la fe comenzó en el ámbito familiar y que, por costumbre y tradición, recibió la palabra de Dios desde una edad muy temprana. Con el tiempo, sin embargo, esa práctica dio lugar a una inquietud personal: “Nace una inquietud, una posibilidad desde el atractivo de la propuesta del Señor en el Evangelio: cómo tener una mirada más desde ahí y llevarlo a la práctica desde el sacerdocio”.
Aun así, aclara que su vocación nunca estuvo centrada exclusivamente en el ejercicio del sacerdocio: “Lo mío nunca fue el sacerdocio en sí mismo, sino la vida cristiana, la vida de fe”. En ese camino, destaca especialmente la experiencia del Papa Francisco, cuya manera de vivir la fe lo marcó profundamente.
Luego nos trasladamos a su llegada a Tres Arroyos, en 1986. “Yo fui ordenado sacerdote, estuve dos años en Pigüé y después fui destinado acá, justamente cuando estaba ausente el párroco, Monseñor Isidoro Juan Broilo, por razones de salud. Le hicieron un trasplante de riñón, sobrevivió cinco años y después falleció”, recuerda.
Su llegada había sido inicialmente para reemplazarlo durante su ausencia, sin la intención de asumir definitivamente la conducción de la parroquia. Sin embargo, cuando Broilo se reincorporó, la relación entre ambos tomó otro rumbo. “Cuando él se reincorporó, dijo: ‘Somos los dos párrocos’. Siempre tuvimos una relación muy fraterna”, cuenta.
Con mucho cariño, Mingo también reconoce la importancia que tuvo Broilo para su permanencia en la ciudad: “Yo digo que si estuve acá fue porque Dios y el Padre Broilo quisieron. Más de una vez distintas circunstancias hicieron que pensara en cambiar de lugar. Incluso llegué a pedirle al obispo que me trasladara, pero el Padre Broilo siempre decía que quería que me quedara y que, si yo me iba, él también se iba. Fue como un padre, un hermano y un intermediario del Señor para que pudiera continuar acá”.
Responsabilidades y servicio pastoral
Con el paso de los años, Mingo asumió nuevas responsabilidades dentro de la parroquia y se propuso continuar desarrollando la obra que había comenzado Broilo, desde ese mismo sentido de fraternidad y servicio comunitario.
Una de las primeras necesidades que identificó fue contar con instalaciones propias. De ahí nació el proyecto de construir un salón parroquial, una necesidad pendiente desde los comienzos de la institución. Hasta entonces, explica, “contábamos con la generosidad de las hermanas de la congregación Hijas de Nuestra Señora de Luján, que nos daban la posibilidad de hospedarnos allí para el servicio pastoral”.
Al recordar el tiempo transcurrido desde su llegada, Mingo recurre a una particular manera de explicar cómo pasan los años: “Yo digo siempre que la recta es una sucesión indefinida de puntos. Si uno vive lo cotidiano haciendo lo que tiene que hacer, después mira para atrás y descubre cuánto tiempo pasó”.
Para ilustrarlo, utiliza una comparación sencilla: “El testimonio del tiempo necesita dos cosas: una foto y un espejo. Mirás la foto y decís: ‘Así era yo’. Después mirás el espejo y pensás: ‘Uy, esto soy’. La diferencia entre uno y otro es el tiempo”. Y concluye: “Cuando uno hace las cosas con sano interés, el tiempo transcurre mientras vive. Como pasa con los chicos: mirás una foto y te preguntás cómo crecieron tanto. Y bueno, se fue dando así. Es dichoso porque uno lo vive bien”.
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Manos a la obra
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”, dicen las Sagradas Escrituras (Colosenses 3:23). Ese mismo sentir fue el que impulsó a Mingo a ponerse manos a la obra para concretar el proyecto parroquial. Y no fue sencillo: los recursos iniciales fueron escasos y hubo que buscar distintas alternativas para financiarlo.
“Comencé juntando papel y botellas”, recuerda el Padre. Las ventas y el Shopping de Luján fueron las últimas actividades más conocidas, pero antes hubo muchas otras. “Después vinieron los bailes, los desfiles y distintas iniciativas que desarrollé durante años, todo para llevar adelante la obra”.
Como mencionábamos al comienzo, también hubo críticas. “Algunos me decían ‘el cura que hace bailes’ o me miraban como alguien que juntaba cachivaches. Pero esas críticas, en lugar de achicarme, me fortalecían para seguir adelante con el emprendimiento”, cuenta.
Sin embargo, detrás de aquellas actividades había también una intensa labor pastoral que, según relata, nunca dejó de lado. “Celebré unos 500 bautismos por año, 100 casamientos, atendí distintas parroquias y llegué a hacer siete misas durante un fin de semana, incluso cuando tenía los bailes de por medio”. Para Mingo, todo formaba parte de una misma tarea: “Lo hacía con liviandad porque entendía que era todo parte de lo que el Señor me pedía”.
Esa convicción también explica su escaso interés por los reconocimientos personales. “Yo no hacía las cosas para que me aplaudieran; las hacía porque entendía que tenía que hacerlas”, sostiene.
La encomienda y el propósito satisfechos
Con una comparación que resume buena parte de su manera de entender la vida y el trabajo, Torquatti explica que el Shopping cierra por un motivo sencillo: considera que cumplió su propósito.
“Es como cuando estudiás una carrera. Te recibís, te emocionás, pero después te preguntás para qué estudiaste. No te vas a quedar en la facultad porque te gustó estudiar. Ya cumpliste esa etapa y ahora tenés que seguir”, ejemplifica.
También recurre a la imagen de un cohete que lleva un satélite al espacio: una vez que alcanza su destino y lo libera, su misión está cumplida. “El Shopping fue una herramienta para llevar adelante la obra. Y ahora, habiendo cumplido ese objetivo, cesa esa actividad”, resume.
En ese sentido, recuerda que su intención nunca fue sostener indefinidamente las ventas ni convertirlas en un fin en sí mismo. Las distintas iniciativas fueron surgiendo como medios para concretar el proyecto parroquial. Incluso tenía en mente continuar con la construcción de los bancos del templo, pero al ver que el Padre Mauro y sus colaboradores ya habían tomado esa tarea, entendió que tampoco era necesario seguir por ese camino.
La decisión también implica dejar disponible el salón para nuevas actividades. De hecho, recuerda que en alguna oportunidad le habían sugerido retirar las cosas acumuladas allí para aprovechar mejor el espacio. “Bueno, ya ha llegado el momento”, reconoce.
Y aunque el Shopping tuvo sus propias particularidades, Mingo destaca que las ventas también permitieron afrontar gastos importantes de la parroquia. En una oportunidad, cuando consultó al Padre Mauro si prefería que terminara antes con la actividad, le pidió que continuara, ya que el año anterior habían afrontado facturas de gas de 1.200.000 pesos mensuales. “¿Y con qué lo pagaba? Con las porquerías que tenía ahí”, recuerda, entre risas.
Por eso, entiende que ahora corresponde dar un paso al costado y permitir que quienes continúan al frente de la parroquia puedan disponer del espacio. “No quiero que encuentren un obstáculo, algo preparado de antemano, sino que puedan desarrollar lo que les inspire el Señor”.
Una nueva etapa
Aunque ya no ocupa el cargo de párroco, Mingo continúa vinculado a la comunidad y mantiene una relación cercana con quienes asumieron las responsabilidades pastorales. La transición se fue dando progresivamente, en coordinación con el Padre Roberto Buckle (Parroquia del Carmen) y el Padre Mauro, quien primero fue designado administrador parroquial y luego confirmado como párroco, el 17 de agosto.
Sobre esta nueva etapa, destaca especialmente el entendimiento entre ambas parroquias, Nuestra Señora de Luján y Nuestra Señora del Carmen, y el trabajo conjunto que llevan adelante sus responsables. “Lo importante es el espíritu fraterno, el amor de uno hacia el otro y el cuidado para que cada uno pueda dar lo que tiene que dar”, señala.
En cuanto a su propia continuidad, aclara que sigue colaborando con el Padre Mauro, celebrando la misa de los domingos a las 10 y participando de los bautismos. Pero su mirada va más allá de las tareas concretas: “Lo mío siempre fue vivir la fe”.
En ese sentido, cuenta que hasta su manera de presentarse fue cambiando con los años. Primero utilizaba su nombre completo, después pasó a ser Padre Domingo Torquatti, luego Padre Mingo y finalmente Mingo. Incluso ahora escribe su nombre con minúscula, como una forma de expresar su convicción de que cada persona ocupa un lugar pequeño dentro de una historia mucho más grande.
“Soy uno entre miles de millones que han existido y existirán. Pero estoy convencido de que, si nos abrimos al amor de Dios, tenemos la plenitud de la vida, pase lo que pase”, explica.
Por eso, cuestionado sobre qué planes tiene a futuro, responde con naturalidad: “Mirá, todavía papá no me lo dijo”. Y agrega que, así como hace cuatro décadas sintió que debía salir a juntar papel y botellas para comenzar una obra, ahora espera descubrir qué camino se abre por delante.
Caminar por Fe
Lejos de pensar esta nueva etapa como un retiro definitivo, Mingo se muestra entusiasmado por lo que pueda venir. “Me encantan los desafíos y me gusta dejarme sorprender”, asegura.
Para explicarlo, recuerda sus viajes al exterior, cuando prefería no organizar cada detalle de antemano. “A veces me preguntaban adónde iba y yo respondía: ‘Cuando vuelvo, te cuento’. Me gusta llegar a un lugar, alquilar un auto, recorrer y sorprenderme, sin condicionarme con lo que voy a hacer”. Esa misma disposición es la que espera mantener ahora. “Esta nueva etapa es novedosa y me entusiasma cada día más”, afirma.
Hacia el final de la charla, la conversación vuelve sobre aquello que atravesó cada una de las etapas de su vida: la manera de entender y vivir la fe. Para Mingo, el camino no pasa solamente por cumplir con determinadas prácticas religiosas, sino por encontrar una forma de vivir que tenga como guía el amor de Dios.
“Básicamente, ¿qué busca el ser humano? Ser feliz. El problema es que a veces confundimos qué es la felicidad. Los criterios de felicidad de Jesús están en las bienaventuranzas: la mansedumbre, la paz, la humildad, el perdón y la misericordia”, reflexiona.
Desde esa perspectiva, considera que cada persona debe aprender a correrse del centro y dejar de lado el ego para abrirse a los demás y a la presencia de Dios. “Cuando uno se pone en esa posición, queda en condiciones de recibir la inspiración del Espíritu de Dios. No necesariamente para hacer una cosa o la otra, sino para aprender a vivir”.
Y esa es, precisamente, la tarea que espera seguir desarrollando desde su lugar actual: “Mi ministerio es que la persona descubra esa cercanía y esa presencia de Dios en su vida. Después, que participe de los servicios religiosos, que acuda a la liturgia para alimentar la fe, pero que realmente se ponga en esa postura de haber descubierto la presencia de Dios”.
Así, después de cuatro décadas de trabajo, iniciativas y encuentros con la comunidad, Mingo cierra una etapa sin entenderlo como una despedida de su vocación. El Shopping de Luján deja de funcionar, pero el propósito que lo puso en marcha permanece. Y mientras el salón queda disponible para nuevos proyectos, él se prepara para seguir caminando, con la misma convicción que lo acompañó desde aquel primer día: dejarse guiar por la fe y estar dispuesto a lo que venga.


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