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Félix Hastrup en el Día del Padre: “Para mí, papá era Superman”

La familia Hastrup a pleno en una tarde de felicidad en “Los Montes”, el campo de Lin Calel donde Daniel vivió toda su vida

En el primer Día del Padre que Félix Hastrup no tiene a su lado a Daniel, acepta recordar y revivir el vínculo que tuvo con su papá. Y cómo lo marcó e incentivó para que hoy pueda estar haciendo la vida que soñó desde que empezó a crecer en el mismo campo que hoy conduce

 

Por Juan Berretta

 

Con 30 años, la primera imagen que Félix irradia es una combinación de frescura casi adolescente con una alta dosis de adultez. Pero a medida que la charla va avanzando demuestra que es necesario invertir el orden de la descripción. Félix es un adulto con una alta dosis de frescura adolescente.

 

No son horas cómodas para este joven productor agropecuario que desde el 6 de enero tuvo que agarrar las riendas de la empresa familiar y también empezar a caminar sus días sin su gran maestro. “Para mí, papá era Superman”, dice, espontáneo y ocurrente, para definir qué significó su padre en su vida.

 

Su superhéroe era Daniel Hastrup, que se fue para siempre en forma prematura (tenía 59 años) y a quien Félix extraña y recuerda de a ratos con tristeza y de a ratos con una sonrisa. Y en su primer día del padre sin padre, acepta compartir lo que fue su vínculo con él y sobre todo, cómo lo marcó y lo incentivó a que hoy pueda estar haciendo la vida que soñó desde que empezó a gatear en el mismo campo que hoy conduce.

 

Tres Montes

 

Las historias de padre e hijo comenzaron a escribirse en el mismo lugar. Los dos se criaron y vivieron en el establecimiento “Los Montes”, en Lin Calel, propiedad de los abuelos maternos de Daniel. El vivió siempre en el campo, en ese campo. Primero como hijo de Beatriz Larsen, luego ya como jefe de la familia que formó junto a Mariela Domínguez, integrada por Micaela, Julieta, Verena y Félix, el menor y único varón.

 

“Cuando mis abuelos llegaron al campo no había nada. Ellos junto a mi papá hicieron todo de cero, plantaron 5 kilómetros de eucalipto, que son los árboles que yo recuerdo desde mi infancia”, cuenta. Al igual que sus tres hermanas, los primeros años de escuela Félix los cursó en Lin Calel, para luego continuar la primaria y terminar la secundaria en el Colegio Holandés.

 

Y de esa experiencia le quedó uno de los motivos de admiración por su papá. “Todos los días se levantaba a las 6 para poder llevarnos del campo al cruce con la ruta donde nos pasaba a buscar una combi que nos traía al colegio. A la tarde hacía lo mismo. Contando el tiempo que lo hizo por mis hermanas, y hasta que terminé yo el colegio, fueron casi 20 años que repitió esa rutina todos los días”, cuenta.

 

“El volvía de llevarnos y se ponía a trabajar, se subía al tractor. Era una movida grande, no sé de dónde sacaba energía”, agrega. “Mi vieja se encargaba más de la casa y de que esté todo en orden. Entonces cuando llegábamos de la escuela teníamos la comida y estaba todo impecable”, completa.

 

Tractor

 

Los primeros recuerdos que se le vienen a la cabeza a Félix son arriba del tractor junto a su papá. “Siempre que podía me subía con él. Y en mi casa después jugaba con unos tractorcitos de juguete en la alfombra”, relata. “Cuando estaba de vacaciones o no tenía colegio, estaba todo el día arriba del tractor con mi viejo. El laburaba y yo hasta dormía la siesta atrás; después, ya un poco más grande, le iba cebando mate”, dice.

 

El recuerdo es dulce porque lo disfrutaban los dos. “Le gustaba mucho que anduviera con él. Era como un orgullo saber que me encantaba estar ahí, y también le daba fuerza para el día a día, trabajaba más contento”.

 

Esos momentos compartidos también sirvieron para que Daniel le fuera enseñando a Félix las tareas del campo. Entonces, así fue que como de manera natural un día padre e hijo encararon la primera cosecha. “No me acuerdo qué edad tenía yo, supongo que 14 o 15 años, pero tengo muy claro el momento cuando vino me dijo ‘che Negro, vamos a tener que subirnos al tractor y laburar los dos, vamos a hacer la campaña juntos’”.

 

El equipo de trabajo en “Los Montes” estaba compuesto por Daniel y un empleado solamente, por eso, rato que tenía Félix para dar una mano se lo sumaba al staff. “En total, porque yo falté algunos años, debemos haber hecho juntos unas 12 campañas, él en la cosechadora y yo en el tractor”, cuenta orgulloso.

 

“Y lo disfrutábamos un montón. Todo eso que vivimos juntos fue tremendo, eso de renegar con los fierros, o llegar cansados a casa y levantarnos bien temprano al otro día. Siempre juntos. Era fascinante para nosotros andar juntos. No queríamos meter a nadie nuevo porque queríamos andar nosotros. Lo disfrutábamos”, repite con emoción.

 

Libros

 

Sabiendo que quería seguir los pasos de su papá, Félix se fue a Bahía Blanca a estudiar Administración de Empresas Agropecuarias y una vez recibido se sumó en firme a la empresa familiar. “Trabajamos juntos un tiempo hasta que yo decidí irme a Australia a conocer un poco otra vida. Yo sabía que siempre iba a estar en el campo, y quería ver un poco otro mundo”, explica.

 

La idea inicial era que fuera una experiencia de seis meses, terminó durando más de dos años. ¿Qué pasó? El Covid. “A las pocas semanas de haber llegado a Australia arrancó la pandemia y no pude volver. Me las tuve que arreglar, terminé haciendo de todo un poco, al principio fue bravo, pero después es como que te acostumbrás”, cuenta. “Trabajé en el campo, en la construcción, en una metalúrgica, pero no pude recorrer ni conocer nada en ese tiempo”, se lamenta.

 

Entonces, en el momento que se empezó a normalizar la situación y  ya podía volver, entendió que era la oportunidad de cumplir el plan inicial del viaje. “Había ahorrado plata porque casi lo único que había hecho era trabajar, así que lo llamé a mi papá y le pregunté si me bancaba unos meses más, porque yo tenía que venir a trabajar al campo en realidad. Y él me dijo que no había problema. Así que me quedé recorriendo”.

 

Félix aterrizó con todas las pilas puestas y la idea ya de trabajar fuerte en el campo. “Volví con la mente puesta en laburar y hacer lo que había soñado siempre. Porque había esperado toda la vida ese momento de formar parte, de poder tomar decisiones con mi padre y estar ahí metido”, dice. “Y pude trabajar tres años con papá”.

 

En ese período, Daniel terminó de moldear a Félix y prepararlo lo mejor posible para que manejara el barco. “Siempre me dio la libertad y la confianza para tomar decisiones dentro de la empresa. Me fue guiando y también me dejaba equivocar. En ese sentido mi papá fue muy moderno, me dio ese lugar, me dejó hacer”, destaca.

 

 

La ausencia

 

El 6 de enero llegó la noticia que Félix nunca hubiera querido escuchar, su papá y compañero de ruta se había bajado del tractor para siempre. ¿Entonces? Volver a trabajar al campo esos primeros días fue muy doloroso. Pero también significó entender que su papá lo había dejado bastante preparado, con todo lo que eso significa. “Fue muy difícil arrancar, quedé entre la posición de un hombre que se tiene que hacer cargo de la situación de una empresa en actividad y un niño que llora la falta de su padre”, resume con precisión quirúrgica.

 

Y con el paso de los días empezó a cosechar todo lo que Daniel había sembrado tranqueras adentro. “Hubo que afrontar la realidad, y si bien obviamente que extraño a mi viejo y extraño mucho el apoyo que me daba en el día a día, está mi mamá y una de mis hermanas, que es contadora -vive en Buenos Aires- y está con los números, y le dimos para adelante. Y él me había enseñado todo, es como que ya me había preparado para seguir”, relata.

 

“Desde un principio tuvimos claro en continuar las cosas como las hacía él, le pondremos nuestra impronta, claro, pero todo va a seguir como papá nos enseñó”, insiste.

 

Uno de los cambios que le tocó afrontar es que ahora no anda tanto arriba del tractor o entre las vacas, sino que está a cargo de todas las decisiones y también de los trámites y los bancos.

 

La cooperativa

 

Además del amor por el campo, Daniel había heredado de sus abuelos y padres el sentimiento cooperativo. Algo que le transmitió también a su Félix. “‘Desde que nací estoy unido a la cooperativa de Cascallares’”, recuerda que alguna vez leyó en una nota que le hicieron a su papá.

 

“Estuve toda la vida relacionado a la cooperativa, y hace poco más de un año me hice socio. Mi papá no concebía otra manera de producir por fuera del sistema cooperativo, y tampoco de la Cooperativa de Cascallares. Y yo pienso de la misma manera”.

 

Justamente, la entidad cumplió un rol vital para que Félix pudiera encarar “el día después”. “Siempre le tuve una confianza 100% a la cooperativa, porque la gente que trabaja te atiende el teléfono las 24 horas de todos los días del año. Y ahora cuando faltó papá, el apoyo que recibí fue tremendo. Para resolver tema de sucesiones, de papelerío, me solucionó un montón de cosas”, explica.

 

“Fue clave lo que me brindó y me sigue brindando. Y ahí también te das cuenta la imagen que dejó papá, porque todos nos han ayudado, todos fueron muy abiertos a colaborar en esta situación, e incluso hacer más de lo que correspondía”, dice.

 

Es más, cuenta que “sería un orgullo el día de mañana poder participar del consejo de administración como hizo mi papá durante tantos años”.

 

A esta altura del relato y del recuerdo que construyó Félix sobre Daniel parece que no es necesario que lo diga, pero él necesita aclararlo, ponerlo con todas las letras: “Para mí y para mi familia, mi viejo fue un líder, un maestro”.

 

Es más, un par de segundos después redobla la apuesta: “Yo siempre decía, ‘¿cómo hace este hombre para hacer todo lo que hace?’. Para mí, papá era Superman”.

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