Guardianes de la historia del automovilismo en una baquet
FIERREROS TRESARROYENSES EN LA TIERRA DE FANGIO
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Francisco “Kiko” De la Cal y Mónica Nápoli viajaron en su máquina artesanal hasta Balcarce para participar de la Fiesta Nacional del Automovilismo. Cómo fue el reencuentro con tantos recuerdos caros al corazón. El acompañamiento incondicional de su esposa y el lado solidario de un pasión que cada vez tiene más seguidores
Por Enrique Mendiberri
Hay máquinas que tienen el poder de detener el tiempo. No importa cuántos caballos de fuerza declaren sus manuales, sino cuántas manos se levantan al verlas pasar. Esa es la sensación que Francisco “Kiko” De la Cal y Mónica Beatriz Nápoli renuevan cada año.
Hace siete temporadas que son “embajadores tresarroyenses” en la Fiesta Nacional del Automovilismo en Balcarce, un ritual donde el viento en la cara y el rugido de los motores de ayer se transforman en lenguaje compartido para este matrimonio fierrero.
Entre el pasado viernes 6 y el domingo 8 de febrero, esta vez junto a Brian Rodríguez y su esposa Jorgelina, otro matrimonio amigo que se sumó a la experiencia, participaron de un evento que tuvo de todo: paseos, pruebas de destreza en circuito y un momento que cualquier amante de los fierros guardaría en su memoria: un asado en la estancia del mismísimo Juan Manuel Fangio.
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La “vedette” del camino
Como siempre, el centro de todas las miradas fue la baquet. Esa estructura elemental que simboliza el origen del automovilismo allá por 1926. “A los Ford A y también a los Ford T los cortaban y hacían un auto de carreras”, explica Kiko con la precisión de quien conoce cada tornillo de esas obras de arte que hoy le alegran la vida.
“A la baquet se la valoriza mucho; tal vez acá no tanto, pero hay lugares donde son estrellas, como por ejemplo en Rafaela, donde se celebraron los 100 años de las 500 Millas, una carrera en la que se competía con estos autos”, mencionó.
Para Kiko, esta no es una afición de ocasión, sino el hilo conductor de su vida. “Siempre estuve ligado a todo lo que es fierros. Lo mío fue más la electrónica del automotor, pero siempre me gustó el automovilismo”, confiesa.
Una pasión se materializó en piezas únicas: un Fiat 125, una Maserati que él mismo reconstruyó tras ver una similar en el Museo Fangio, y su actual orgullo, la baquet con la que desfiló por Balcarce.
El proceso de creación de esta última fue artesanal. Bajo las manos de Luis Del Canto, el chasis de un Ford A fue mutando: “Vos la vas modelando de acuerdo a tus gustos. Yo le decía lo que quería y él lo realizaba. El motor lo hice yo hace ya cinco años”, relata De la Cal sobre su máquina estilo "Bugatti" con cola, capaz de alcanzar los 45 km/h con un motor de 4 litros que guarda sus secretos: “Muchos hablan, pero nadie sabe nada”, desliza con una sonrisa pícara.
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“A mí me emociona lo natural, lo original. Los TC que están ahí están brillantes, lustrados. Pero vos ves algo que no está tan bien hecho, pero es original, y eso vale más”
Compañeros de ruta
Mónica Nápoli no es una acompañante pasiva; es el motor anímico de la travesía. “Hace 50 años que estamos juntos. Me crié con esta pasión por mi padre, con el que íbamos a las carreras”, cuenta quien hoy disfruta de la mística de los encuentros sin la presión del cronómetro. “Me gusta toda la movida, es hermoso encontrarte con gente que no ves hace un año. Como no es competencia, se crea otro vínculo. Cuando hay espíritu competitivo, se empieza a desvirtuar todo”, comenta Kiko al describir la onda que flotaba en el ambiente motor de esa tradicional ciudad bonaerense ubicada a 186 kilómetros al noroeste de Tres Arroyos.
Sin embargo, la experiencia de Mónica en carreras de endurance y regularidad se puso a prueba en la estancia de Fangio. En un circuito improvisado, tuvo que "taquear" y marcar los tiempos exactos para mantener una velocidad constante de 28 km/h. ¿El resultado? Un meritorio tercer puesto que demuestra que el talento sigue intacto.
Kiko, que, en categorías zonales, supo ser acompañante de figuras como Diego Vassolo (con quien obtuvo dos títulos y un subcampeonato), Hugo Malacorto, Silvio Oltra o el "Loco" Lavari, hoy mira el automovilismo desde otro lugar, aunque el brillo en los ojos no cambia.
Como el momento en el que se detuvo a ver el auto de Diego Aventín en Balcarce y los recuerdos lo asaltaron: “La miré y la re miré mientras pensaba: ‘pensar que nos ganaba con esto’”.
Para él, la belleza reside en la honestidad del metal. “A mí me emociona lo natural, lo original. Los TC que están ahí están brillantes, lustrados. Pero vos ves algo que no está tan bien hecho, pero es original, y eso vale más. Antes decías: ‘subite al auto de carreras que hay que correr, no es pintita’”.
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Solidaridad sin capota
La llama fierrera de los De la Cal se traduce también en compromiso social. A través de la agrupación “Baquets & Cia”, un grupo de unas diez personas amantes de este tipo de vehículos, organizan eventos a beneficio de instituciones locales.
El próximo encuentro ya tiene fecha: el 15 de marzo en Claromecó, a beneficio de los Bomberos Voluntarios de la villa balnearia y organizado por el Club 24 de Abril.
El recorrido unirá Claromecó con Lin Calel por el camino de las Siete Cascadas, y hay una regla de oro: no se suspende por lluvia. “Si llueve, nos tapamos de barro”, dice Mónica con el entusiasmo de un niñol.
“Nos llena de orgullo hacer lo que nos gusta. No es lo mismo que andar en un 0km, las sensaciones son completamente distintas”,un concepto que Kiko lo resume con una comparación imbatible: “Si vas en una Ferrari con una rubia despampanante, te van a mirar y nada más. En una baquet, la gente te saluda, toca bocina, se quieren sacar fotos. No es algo común”.
Un cierre con alma
Más allá de los 5.000 o 10.000 dólares que pueda costar el armado una de estas legendarias máquinas, el valor real es invisible a la billetera. Es el producto de una vida dedicada al taller, a las madrugadas de regularidad por las rutas del país y al placer simple de una vuelta por el centro de Tres Arroyos.
Mañana, cuando el sol asome y muchos guarden sus autos modernos para otra rutina semanal, Kiko y Mónica quizás estén pensando en el próximo ajuste del motor de la “Kikolina” o en la siguiente ruta. Porque en una baquet no se viaja solo de un punto a otro; se viaja hacia la memoria, los amigos y ese orgullo de saber que, mientras ellos sigan acelerando, la historia del automovilismo argentino seguirá viva, despeinada por el viento o manchada de barro, pero más auténtica que nunca.

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