Joaquín Larrea, un pequeño gran artista
Con tan solo 12 años compartió escenario con grandes interpretes del folklore nacional, busca mantener viva la llama del arte argentino en Tres Arroyos y sueña con llegar a Jesús María y a Cosquín
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Por Juan Falcone
¿Artista se nace o se hace? Un poco de ambas. El don que te acompaña, si lo trabajas y lo pulís, eleva el nivel y te convierte en alguien que con el tiempo no para de aprender y de crecer.
Joaquín Larrea es un cantor folklorista de tan solo 12 años. Pero antes de animarse a los escenarios y de llegar a compartir con el Chaqueño Palavecino, en diálogo con La Voz del Pueblo, repasó el vínculo que tiene con la música. Siempre le gustó, es más, sus inicios fueron cantando cumbia santafesina: "Siempre me gustó cantar, eso sí, con la cumbia me acuerdo que cantaba Los Palmeras, que canté en Necochea. Fuimos con mi mamá a Necochea y esa fue la primera vez que canté con público".
Cantar como forma de conectar con la gente, una actitud avasallante y confiada con la que cuenta desde que ensayaba en su casa, usando una mesa de tarima y a sus padres como espectadores: "En casa tenemos una mesa grande, y yo me subía arriba, ponía todas las cosas y hacía un show ahí", recuerda sobre sus primeros acercamientos a la interpretación.
Pero su conexión más profunda con el arte y con la argentinidad fue de la mano del folklore, porque cuando era muy chico hubo un hombre con sombrero que lo atrapó: “Descubrí el folklore mirando televisión, ese hombre con sombrero era el Chaqueño Palavecino. Y empecé a escucharlo sin parar, y veía la conexión que tenía con la gente, cómo se expresaba en sus canciones, no solamente a través del canto, sino con las manos, con mucha expresión corporal. Y eso fue lo que me llamó la atención, ahí decidí que yo también quería ser esto”.
Ser cantor pasó de ser un juego de niños a una actividad recurrente; el motor de la pasión arrancó y fue a toda velocidad en la vida de Joaquín, que buscó aprender y mejorar utilizando los videos y los conciertos de las grandes figuras como mentores.
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Escenarios
No tiene nervios cuando interpreta en vivo, juega de memoria. Su primera experiencia cantando folklore fue en Saldungaray, a sus 7 años: “Con Kaymanta me acuerdo de muchas cosas, desde el momento en que me invitaron hasta el momento en que empecé a cantar. Me acuerdo que canté 'La Serenateña' del Chaqueño y esa fue la primera vez que me subí a un escenario para cantar folklore, ante cerca de 3000 personas”.
Después de mirarlo, de tenerlo como ídolo, a los 8 años le tocó cumplir uno de sus grandes sueños. Pudo subirse a cantar con el Chaqueño Palavecino: "Estábamos con mi mamá y pusimos un cartel. A ver, era muy complicado hacerlo porque es un artista de otra gama. Para mí es el máximo referente del folklore. Cuando me subí no sabía ni si era real o si era un sueño. Empezamos a cantar y era ver al público, verlo a él y después me di cuenta de que canté. Estaba en una nube, cuando me pidieron cantar de vuelta estaba tan impactado que ni lo escuché y tuve que volver a subir".
A partir de allí, el recorrido se aceleró y sumó participaciones con artistas de la talla del Indio Rojas y Sergio Galleguillo, absorbiendo su experiencia en el manejo de las tablas.
Y en su primera vez frente a una muralla de gente, tuvo muchas sensaciones, pero se encontró cómodo en ese lugar: “Obviamente primero fue curioso, cómo voy a estar, cómo me voy a expresar, cuánto va a durar, si va a estar bueno, si me va a gustar. Un montón de dudas que surgen ya arriba del escenario. Que vos las podés imaginar cuando estás abajo, pero cuando subís es totalmente diferente. Por más de que ensayes, cuando veo a la gente, cambia todo”.
Siempre hizo hincapié en la conexión con la gente. Ese ida y vuelta es lo que más destaca, porque el artista es lo que es gracias a quienes lo escuchan: “Los artistas podemos cantar o tocar muy bien, pero sin el público no seríamos nada. Podemos ser Gardel, pero sin el público no seríamos nada, por eso hago mucho hincapié en la gente”.
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Su camino
Ahora Joaquín busca seguir avanzando, presentándose con su propia banda. Fabián Larrea, su padre, relata cómo se conformó el equipo con el que realiza sus espectáculos: "Buscamos músicos que lo acompañaran, que tenían que ser especiales porque no es fácil acompañar a un chico. Y gracias a Dios dimos con un grupo de gente mayor y la verdad que lo han cuidado muchísimo y le han enseñado muchísimo. Un grupo de músicos muy buenos. De hecho, uno era profesor de violín en el Conservatorio de Bahía Blanca. O sea, gente con mucha experiencia y muy didáctica para ayudarlo también a crecer".
Hoy, además de tomar clases de vocalización, Joaquín desarrolla su faceta como compositor, y se inspira en los letristas más reconocidos del país: "Yo a veces me interpreto como un viejo, porque me siento en la reposera y me pongo a tomar mate en la mesa, totalmente solo. Dejo de estudiar, pongo una hoja y una lapicera y empiezo a imaginar cosas. Imaginar cosas que me pasan, cosas que me gustaría que me pasen y así. Y empiezo a escribir, hago como un borrador y después lo paso a la canción final".
Larrea habló de la música con mucho respeto por esta rama del arte. Para él, la música es la perfección absoluta: “Mis compañeros de banda me han orientado mucho sobre qué cosas hacer y qué cosas no, porque también hay que tener cuidado con los pasos que das dentro de la música. Porque la música es perfecta, el tema es cómo la hacemos”.
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Tres Arroyos
Joaquín destaca constantemente que, como artista local, le gustaría ser uno de los artífices en mantener el folklore en nuestra ciudad: "Quiero que el folklore esté más presente en Tres Arroyos porque el folklore no se va a perder nunca, pero se necesita que se viva eso tradicional. Yo, como artista local, obviamente que me ofrezco a cantar en Tres Arroyos. Lo tradicional nunca se tiene que perder y menos en una ciudad tan linda como es Tres Arroyos, que tiene que ser tan cultural. La Argentina es muy, muy linda y necesitamos que en cada punta se represente lo que es nuestro", subraya el intérprete.
Con el agradecimiento constante a su familia, a sus amigos y a sus músicos por acompañarlo desde sus inicios y nunca decirle un "no", el joven folklorista mira hacia adelante y pone el objetivo en lo más alto del circuito nacional: "La verdad no sé qué tendrá planeado Dios para mí, pero lo que yo creo es que se puede llegar a Jesús María o Cosquín. Si seguimos como vamos, al pie de la letra, despacito", concluyó.

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