Jóvenes cronistas del Colegio Jesús Adolescente: Publicación II
Los autores son alumnos de 3er. año, que realizaron esta actividad con el profesor Javier Oroquieta en Prácticas del Lenguaje
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Desde la materia Prácticas del Lenguaje, el profesor Javier Oroquieta les propuso a sus estudiantes de 3er año del nivel Secundario del Colegio Jesús Adolescente, la redacción de una crónica periodística, teniendo en cuenta los aspectos de la misma trabajados en clase. Para poder llevarlas a cabo, cada uno de ellos debió realizar investigaciones, entrevistas y la puesta en palabras de sus propias apreciaciones. Así, produjeron diversos textos de interés general atravesados por una mirada poética. Los invitamos a disfrutar la segunda publicación
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Una vida marcada por el esfuerzo
Por Emiliano
A las ocho de la mañana Claromecó apenas bosteza. El aire huele a mar dormido y a pan recién horneado. En una esquina, una bicicleta de carrera descansa bajo un árbol, como esperando repetir alguna vieja aventura. Allí, en calle 17, que parecía vacía, pero está llena de recuerdos, alguien camina a paso firme y con mirada nostálgica. Vuelve a recorrer los lugares donde empezó todo.
Armando nació en Tres Arroyos, pero a los dos años su vida cambió de rumbo y se trasladó a Claromecó, un pequeño paraíso costero que lo vio crecer, jugar y trabajar. Allí cursó el jardín, la primaria y el secundario. Vivía en una casa grande, en calle 17 entre 28 y 30, con living, comedor, cocina, tres habitaciones, dos baños y un patio amplio donde las tardes se alargaban al ritmo de la risa y los juegos.
Desde muy chico entendió lo que significaba el trabajo. A los seis años ya repartía carne en temporada de verano. A los ocho, vendía diarios. A los diez, conocía las rutinas del Hotel Claromecó como si fueran su propia casa. Sus primeros tres trabajos se los consiguió su padre. “Empezaba a las ocho de la mañana y terminaba a las dos de la tarde. Después, a la tarde, jugaba con mis amigos en las canchas del pueblo”, recuerda.
El invierno era apagado, casi silencioso. La mayoría se iba de vacaciones. Pero el verano lo transformaba todo. Las calles se llenaban de autos, turistas y música. Claromecó se convertía en una fiesta. Pero para él, eso significaba más trabajo. No había tiempo para la playa, tampoco para vacaciones: lo que se ganaba en verano servía para pasar el invierno. “Sobrevivíamos”, dice sin resentimiento.
Jugaba a la pelota y al básquet en el Club Recreativo Claromecó. A los 15 años, sumó el tenis en el Club Náutico. Iban al vivero, juntaban hongos, pescaban en el arroyo y en el mar. “Cuando camino por las calles del pueblo me vienen recuerdos muy lindos. La nostalgia me abraza”, dice.
Uno de sus recuerdos inolvidables tiene forma de aventura: tenía doce años cuando su padre le regaló una bicicleta de carrera. Sin decir nada a sus padres, con un amigo se fueron hasta San Francisco de Bellocq. “Llamé a mi mamá cuando llegamos, se enojó muchísimo. Tuvimos que volver en una camioneta con un conocido porque hacía frío, viento sur, y se hacía de noche”. Una historia que nació como aventura y terminó en anécdota.
A los 23, volvió a Tres Arroyos. Trabajó en un canal como camarógrafo, hasta que una nueva oportunidad apareció: la carrera de enfermería en la universidad de CRESTA. No lo dudó. “No me influyó nada. Simplemente me quedé sin trabajo y sabía que enfermería tenía rápida salida laboral”. Hoy, lleva 25 años trabajando como enfermero. Cuatro en una clínica privada y veinte en el Hospital Pirovano.
Su rutina empieza a las 5 de la mañana. Revisa quirófanos, prepara pacientes, cuida, asiste, y muchas veces, acompaña hasta el último aliento. “Lo más difícil de esta profesión es lidiar con la muerte”, dice. Aun así, le sigue fascinando ver nacer un bebé por cesárea. “Es una experiencia única”, afirma con una sonrisa.
Su esposa, quien lo conoció en el ámbito profesional y ahora comparte su vida, lo describe con palabras llenas de cariño y admiración: “Era alto, morocho, lindo. Amable. Trabajaba muchas horas. A través de las distintas profesiones, interactuábamos siempre por el bienestar del paciente.” Esta forma de verlo muestra no solo cuánto se dedica a su trabajo, sino también qué tipo de persona es en su día a día: cuidadoso y amable.
Una semana al mes está de guardia pasiva. Puede ser llamado en cualquier momento. Pero aprendió a no cargar con eso en casa. “Cuando salgo del hospital, dejo los problemas allá. Me dedico a mi familia. Si hice todo lo que se podía hacer, con eso me basta”.
Habla con claridad. Tiene convicciones. “A un joven que empieza a trabajar le diría que sea responsable. Todo lo que hice, lo hice con ganas. No me arrepiento de nada”. Y lo dice con la serenidad de quien encontró sentido en cada paso.
Volver a Claromecó no es solo visitar un lugar; es volver a su raíz. Caminar por las mismas calles, oler el mar, ver las casas donde antes había médanos, es volver a ser ese chico que trabajaba para sostener el invierno con el sudor del verano. Su historia es la de muchos, pero también es única. Porque crecer trabajando le enseñó algo que hoy intenta transmitir: que, con esfuerzo y ganas, uno puede no solo sobrevivir… sino vivir con sentido.
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Nacer dos veces
Por Clara
Vivió toda su vida preguntándose el por qué, cómo y quiénes eran ¿Acaso tenían una razón para irse sin dejar rastro? Tal vez pensaron que así la gente no hablaría, pero sí. De alguna manera llegó a ella, de alguna manera el pueblo hablaría, de alguna manera se les escaparía de las manos.
Como sucede habitualmente en Bahía Blanca, el clima no estaba muy alegre, pero Cristina parecía emocionada desde que la puerta se abrió. Era un departamento antiguo pero muy bien decorado, con paredes llenas de cuadros y estanterías llenas de libros. Desde que me senté en uno de los cuantos sillones, ya había comenzado a percibir el olor a café, que invadía toda la habitación. Sonriente, y con dos tazas en la mano, se sentó frente a mí. Parecía ansiosa por contarme cada detalle, pues es de público conocimiento que Cristina habla y habla, y más cuando se trata de contar historias. Se acomodó en la silla y comenzó.
-Como regalo de cumpleaños número 70, mis hijos Victoria, Ana y Fran, me regalaron un kit de ADN para indagar en un banco de datos de Estados Unidos y así, tal vez, encontrar algún ancestro. Fue idea de Anita, conociendo mi interés por saber la nacionalidad de mis abuelos, porque bueno, ya para saber mi origen era tarde- La conmocionó recordar el día en el que sus raíces comenzaron a respirarle en la nuca.
Era una tarde despejada en Guisasola, cuando Cristina a sus tempranos 14 años jugaba con los niños del barrio. Era un pueblo pequeño, donde la voz corría más rápido que el viento. Pues eso pensó cuando dos chicos que solían jugar con ellos se acercaron: “¿Sabes quiénes son tus verdaderos padres?”. En ese momento su mundo dio un vuelco. ¿A qué se referían? ¿Mis verdaderos padres?
Atardecer de primavera en su casa. Victoria y su nieta Clara ya habían partido. Se escuchaba la misa de la parroquia de Pigüé desde su celular. Sintió una entrega especial, un mensaje del sacerdote. Creyó que Dios le estaba advirtiendo sobre el poder de la oración, cuando el deseo es fuerte. Orar siempre, sin perder la fe. Pocos minutos después llegó la primera llamada de su hija menor, Anita, algo extraña. En la segunda, todo tuvo sentido, había dos emails, de Emerson Andrade, que preguntaba sobre su compatibilidad de ADN, según el informe de My Heritage. Su corazón se suspendió y de vuelta, como aquel 28 de octubre del ´66, se quedó sin piso.
Esa noche sus padres no paraban de llorar, temían que supiese toda la verdad y se escape de su casa, de su vida, de sus propios padres. Por más que preguntara, Amelia, su madre, junto a su padre, decían que no tenían ningún dato de sus raíces, nadie había querido brindarles esa información. Solo sabían que la situación era complicada y que todo había sido por su bien. Todo era borroso para Cristina, había vivido en una especie de mentira, como si su pasado fuera un dibujo sin terminar. Llorando se preguntaba: “¿A quién me parezco? ¿Quiénes y cómo eran mis padres biológicos? ¿Pensarán alguna vez en mí?”. Mientras tanto, Amelia y su esposo seguían preguntándose si ella los dejaría de querer.
Con ese vacío enorme le era imposible pensar con claridad.
-Es difícil explicar cómo viví los días posteriores, algo sonámbula, recibiendo más y más información. Hasta que otro ADN, el de mi hermana biológica, confirmó mi identidad. Tenía una hermana mayor llamada Susana y un hermano llamado Luis, que había fallecido en el 2021. Ellos sabían de mi existencia, pero no cómo buscarme.
Un mes después llegó el encuentro tan esperando, en Flores, donde conoció a Susana, su hermana, junto a sus primas, a quienes abrazó llorando y escuchando esa historia que tanto esperó. Compartieron la mesa, entre fotos de su madre, abuelos y relatos de su hermana.
-Esa tarde de noviembre del 2022, mi hermana y yo soplamos la vela de una nueva etapa, la de conocernos y caminar ahora con una familia ampliada, la biológica y la adoptiva. Hubo otros encuentros en la ciudad donde vivió mi madre, encontré sobrinos y fui bienvenida siempre- No fue un proceso fácil, pero finalmente volvió a nacer con la verdad.
La vida no siempre nos toca como esperamos, pero podemos tratar de aprender de ella. Dios siempre va a querer abrir nuestros caminos y, si tiene que pasar, va a pasar. La familia son quienes nos dan el amor y el cuidado que necesitamos, aunque no lleven nuestra sangre. Miles de historias que nos enseñan que el amor llega a nuestras vidas de maneras diferentes, aunque a veces nos lleven a quedarnos sin piso.

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