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La Carta del Chori

Encintando. Así quedó recuperado –y conservado hasta hoy- el aerograma escrito por Marcelo para la familia Pagniez, durante el crudo otoño de 1982 (gentileza Marcelo Capriata)

El próximo verano podrá verse en Claromecó y Tres Arroyos el cortometraje que narra una anécdota familiar y de amistad, vivida en plena de guerra de Malvinas, a partir de un sentido mensaje enviado por un soldado desde las islas. Desde La Voz del Pueblo conocimos la historia, los contextos y el rebote que años después produce artísticamente, que en este reportaje presentamos con las voces de sus protagonistas

 

Por Fernando Catalano

 

Un aerograma. El sobre y la carta son lo mismo, pero un niño de 10 años en 1982, no estuvo preparado para reconocerlo. Entonces al intentar abrirlo rompió el contenido, un mensaje que fue escrito en tiempos de guerra, cuando la Argentina toda sufría por cada soldado o soldadito enviado a combatir a los ingleses.

 

La historia de una carta escrita por un soldado en Malvinas, 42 años después se convierte en un cortometraje rodado por un estudiante de cine, que además es miembro de -la familia del corazón- de quién la escribió, en un alto en la guerra.

 

Manteniéndose vivo

 

En un aerograma, hace 42 años, Marcelo Capriata le contaba a la familia Pagniez –sus amigos- las ganas que tenía de regresar al continente para compartir en una comida sus anécdotas de la guerra.

 

Él, como tantos otros soldados, prefería que su carta llegue a destino. “Tratábamos de ser breves y llevar tranquilidad,  minimizando, porque nosotros también sabíamos que las cartas eran censuradas, entonces tampoco íbamos a poner cualquier disparate para que no llegue”, explicó.

 

“Lo que uno trataba de decir es que estábamos bien; no decía ‘estoy cagado de frío, hambre, nos están matando a pepinazos’, comentó.

 

Por esos días era consciente de su pérdida de peso; había llegado con 20 años de edad y pesando unos 80 kilos. Estaba en su plenitud física, una condición que seguramente le ayudó a soportar los efectos de haber llegado a perder doce kilos, durante los 74 días de conflicto. 

 

Pasó frío, hambre y vivió la guerra en el frente de batalla cada día. “En lo personal no sufrí -había como otra prioridad- se entiende?. Salir vivo, mantenerte vivo era más importante”, reflexiona sobre el sentimiento que lo mantuvo en pié en días de guerra, siendo tan joven.

 

Y para mantenerse con vida, además de eludir a la artillería inglesa, fue necesario tener determinado tipo de cuidados. “Me mojé los pies el primer día y me los sequé el último día, cuando me vine”, dijo para resumir con una metáfora cómo le escapó al ‘pié de trinchera’, un hongo que provocó hasta amputaciones a quienes no lograron cuidarse durante los pesados días de frío, humedad, mugre y hambre.

 

“Vivía con los pies empapados, el territorio era así, había nieve, agua nieve, era un chiquero y vivíamos a campo abierto, a la intemperie. Una vez que te mojas los borceguíes y las medias, no te secas más”, describió.

 

Para cuidarse en plena guerra, Marcelo, aplicaba ciertos cuidados sanitarios que resultaron indispensables para soportar la experiencia. “Cuando podía me lavaba las medias, me las cambiaba, las lavábamos usando el casco que está compuesto por dos elementos: de afuera es como una cacerola metálica, y adentro tiene un casco de fibra con las correas que te ajustan la cabeza. Entonces en esa cacerola metálica vos podés hervir agua, haces un fuego y pones el casco”.

 

“Trataba de calentar un poco de agua y la ponía en el casco, ponía un poco con jabón, lavaba la medias y también pie por pie, después me secaba bien. Recuerdo que trataba de mantener los pies sanos”, recordó Marcelo que siempre tuvo en claro la aplicación de la higiene personal aun cuando pudo bañarse en forma completa sólo tres veces durante los dos meses y medio de guerra.

Hace dos años

 

“Una vez cruzando la pista veo que había soldados que empiezan a correr en un alerta rojo por un ataque aéreo; me tiré de la camioneta, corrí a un costado porque las bombas que ellos tiraban hacían un agujero de un diámetro de seis metros -por cuatro de profundidad- después emanaba agua. Corrí buscando alguna piedra para que no me alcance una explosión; entonces crucé el agujero de una bomba y me quedé ahí con el agua hasta la cintura. Dos bombas en el mismo lugar no pueden caer, pensé”, dijo al relatar uno de aquellos momentos en la nota que La Voz del Pueblo tituló hace dos años ‘El desahogo de un clase 62’, donde describió con varias anécdotas cómo le escapó a la muerte en pleno combate.

 

De regreso al continente, y una vez en la base de Puerto Belgrano, el paso de todos los días del pleito internacional y la mala vida que llevaron se vio reflejado en su cuerpo y en el de sus compañeros.

 

“Cuando vamos a la cuadra y nos desvestimos para ir a ducharnos nos cagábamos de risa al vernos -uno al otro- lo flaco que estábamos. Nos descubrimos la flacura cuando vinimos, porque con ropa de abrigo no de te dabas cuenta”, contó.

 

Marcelo suele describir la experiencia de la guerra como la de un día largo que, para cualquier persona, termina a la noche cuando llega a su casa se da un baño, descansa y empieza de nuevo al día siguiente. “Lo nuestro fue un día que duró 74, no se cortaba, fue un día de dos mil horas”, sostuvo  

 

Los amigos

 

A los 15 años Marcelo conoció a Tony (Néstor) Pagniez, a quien recuerda como su primer entrenador de rugby y gran compañero de pesca. Era un bioquímico porteño que contribuyó para crear el laboratorio de análisis clínicos que actualmente conocemos como IBTA, y que se quedó en el distrito porque le gustaba la pesca y disfrutaba tanto de Claromecó, Reta y Marisol. Y su mujer, Ana, lo apoyaba en sus estudios a Marcelo, quien sintió haber tenido un trato como de “hijo mayor” en esa familia que durante el otoño de aquella guerra esperaba noticias suyas desde el correo.

 

Cuarenta y dos años después verá cómo el fruto de los afectos genuinos cosechados a lo largo de la vida se transforma –como éste caso- en un cortometraje.

 

Antes de iniciar el proyecto para rodarlo, Gastón Pagniez –hijo de Tony- consultó a Marcelo por si no tenía problemas con que su hijo Félix avanzara con la idea. “De todo surge algo bueno y es la inspiración de los jóvenes de hoy, me parece bárbaro”, dijo para explicar cómo recibió esa noticia. Y hoy espera verlo.











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