La madre todoterreno de ACDC
María Teresa Zuñiga llegó hace más de dos décadas buscando un espacio para su hijo arquero y se convirtió en el pilar silencioso de la institución de Constituyentes y Canadá. Entre planillas oficiales, viajes en combi, duelos personales y reuniones, la historia de una mujer que encontró en el potrero su propia salvación
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En la esquina de Constituyentes y Canadá, donde la brisa del arroyo suele levantar el polvo de la cancha, no hay rincón que no guarde su huella. Si se le pregunta a cualquiera de los chicos que llegan en bicicleta tirando la mochila al pasto quién manda ahí, la respuesta no remitirá a un cargo dirigencial formal: señalarán a María Teresa Zúñiga. Para el organigrama del club es secretaria, delegada ante la Liga y operadora del sistema Comet; para el día a día, es la cocinera, la enfermera de urgencia, la confidente de vestuario y, sobre todo, una madre todoterreno que cobija bajo el mismo techo institucional a decenas de pibes que buscan contención en el deporte.
Su vínculo con el fútbol no nació por casualidad. En su memoria infantil conviven las mañanas en barrio Olimpo mirando por la ventana las camisetas rojas y las medias tendidas de la Unión Chilena, entidad donde su padre, Manuel Zúñiga, integraba la comisión directiva y atajaba los fines de semana, mientras su madre vestía los colores en los primeros torneos femeninos. De su padre heredó la pasión por los libros de actas de tapas rojas que hojeaba sin saber leer; de su propia historia, una tenacidad forjada a fuerza de sortear temporales.
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Primera etapa
El desembarco en la entidad cristiana se dio en 2004. En aquel tiempo no existía el actual predio ni la personería jurídica de ACDC: funcionaba la escuelita Atletas de Cristo en un predio campestre donde hoy se emplaza la Secundaria 9. Su hijo Brian tenía cuatro años y quería atajar. Un bono contribución para el comedor infantil fue el puente. Al llamar por teléfono la atendió la familia de Ángel Anta, quien por entonces se encontraba en Buenos Aires acompañando a su hijo Natanael en las pensiones de River Plate. Fascinada por ese proyecto formativo, María Teresa se sumó de inmediato.
El sueño del club
En aquellos primeros años todo era pulmón y barro. El terreno actual no era más que tierra negra, hormigueros, montículos y retazos de media sombra que flameaban con el viento junto al arroyo. Entre vecinos como Luisito Rodríguez, Estelita Gigena, Pili Julián, Víctor Sieracki —quien luego diseñaría la indumentaria histórica— y el propio Manuel Zúñiga pegando ladrillos y alambrados, levantaron las bases de lo que hoy es un complejo con gimnasio, salón de usos múltiples y tribunas.
Ángel Anta, el alma de este proyecto, hacía sus turnos de trabajo y después venía al club. Las reuniones eran con hamburgueseada en la casa de Luisito Rodríguez, con invitados como Pablo Lavallen.
Venía el colaborador de Ángel, Pablo Pedone, vecino. Estuve mucho tiempo viendo el trabajo de Sergio Moricet, de Flores, los Gaspari, De la Vega, gente con muchas ganas.
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Teresa recorría a pie las distancias con Brian, lavaba las pecheras en fuentones y prefería limpiar los baños antes que cobrar entradas.
Detrás de su andar incansable late una historia de enorme resiliencia. Jefa de hogar, madre de cuatro hijos biológicos, la vida le puso una prueba mayúscula hace más de trece años: tras pérdidas familiares desgarradoras y un trágico accidente que le arrebató a seres queridos, asumió la crianza de sus cuatro sobrinos pequeños. En una vivienda donde llegaron a convivir diez personas entre hijos, sobrinos y nietos, debió afrontar desalojos con plazos perentorios y apremios económicos. Lejos de bajar los brazos, salía a trabajar en casas de familia y volcaba sus horas libres en la cancha. "Muchos dicen que el deporte salva a los pibes de la calle; a mí el club me salvó la vida", confesó con emoción y agradecida al club ACDC.
Su labor dirigencial
Esa devoción se traduce en una exigencia casi marcial. Tras formarse en administración y realizar capacitaciones virtuales durante el aislamiento por la pandemia, aprendió a manejar al detalle el sistema Comet de AFA. Registra cada ficha médica, gestiona seguros, controla autorizaciones parentales y chequea que ningún chico viaje sin su documentación. Jamás se permite una distracción: todavía recuerda con angustia la tarde en que una falla técnica de impresión impidió presentar a tiempo las planillas de octava división. Aunque esa misma categoría luego se coronó campeona y viajó a festejar a Tandil, Teresa juró no descuidar jamás un papel.
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Viajes inolvidables
Los fines de semana su figura se multiplica mientras acomoda las mudas de ropa numeradas, revisa los botiquines comprados a pulmón, carga el trípode con la batería al cien por ciento para transmitir los partidos en vivo por redes sociales y prepara viandas antes del amanecer. Ha viajado por Mar del Plata, Lanús, La Plata, Estudiantes y hasta las Cataratas del Iguazú apretada en combis repletas de botineras e ilusiones. Conoce el llanto de frustración del que no fue convocado y la sonrisa del "Torito", ese nene que corre a abrazarla como un abrojo para preguntarle si filmó su gol.
En vísperas del Día de la Madre, la postal en Constituyentes y Canadá no cambia: Teresa sigue doblando camisetas con el mismo esmero que aprendió de chica, atenta a que ningún pibe se quede sin merienda ni contención. Con su mate amargo y el teléfono listo para registrar una nueva gambeta, la referente de ACDC continúa demostrando que la maternidad comunitaria es, antes que nada, un acto cotidiano de puro amor.
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