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      La naturaleza es soberana

      24 de diciembre de 2023 | 06:15
      La naturaleza es soberana
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      Editorial por Diego M. Jiménez

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      Me escribió un amigo luego de ver las imágenes apocalípticas que dejó el feroz temporal que pasó por nuestra ciudad entre la noche del sábado y la madrugada del domingo pasado. Un cuadro desolador observamos y vivimos desde el amanecer: ruidos de sirenas, el tesonero sonido de motosierras, árboles caídos, ramas dispersas, techos sin chapas, paredes rajadas, calles bloqueadas, camiones y camionetas surcando rápido la ciudad cargando los restos del daño y esquivando postes que cortaban su paso.

       

      Muchos no dormimos esa noche iluminada de relámpagos cuyo ruido brutal producía temblores en ventanas y techos. Teléfonos sin red, casas sin luz, oscuridad de miedo y tristeza, lluvia intensa y un viento frenético que asustaba al sueño y nos hacía imaginar lo peor. Y para muchos, lo fue.

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      Esa masa negra y deforme llena de ira salvaje atravesó la provincia de Buenos Aires, luego la capital del país, para continuar con su vertiginoso ímpetu destructivo en el norte de una Argentina que no escatima agobios.

       

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      Enfrentando el dolor y la angustia, un silencio activo se apoderó de nuestra ciudad a partir del domingo pasado por la mañana, solo interrumpido por palabras que organizaban las tareas de ayuda. En ellas confluyeron funcionarios y vecinos, voluntarios, clubs y organizaciones de servicio, bomberos, policías, iglesias, medios de comunicación, comerciantes, niños y niñas. No faltó nadie en la misión clara y sencilla de reordenar nuestro pueblo y atender de la mejor manera posible a quienes peor la pasaron.

       

      Lo impensado y malo, deja también aspectos para capitalizar: Uno central es ser consientes como vecinos y vecinas de la seriedad de las alertas y lo imprescindible de cumplir con las sugerencias que establecen. Si internalizamos eso, damos juntos un gran paso en la prevención de perjuicios.

       

      Hoy es Nochebuena y para muchos tendrá un sabor agridulce. Esta festividad religiosa, tengamos fe o no, forma parte de nuestras costumbres y siempre entraña un mensaje que nos puede servir en los días difíciles que transitamos.

      La Navidad nos habla del paso de lo viejo a lo nuevo, del sinsentido a la esperanza, es un espacio de reflexión que se abre para pensar lo que hicimos, como vamos, para luego seguir adelante, seguramente con mejores herramientas y de cara al Sol.

       

      Tiene que ver con el nacimiento de una vida, con su inocencia original y su fortaleza potencial. Con el trabajo que implica la existencia, con sus contradicciones, caídas, equívocos y persistencia. La Navidad lo expresa a nivel personal, pero es extensible a lo social, a la vida comunitaria. Su espíritu, amistoso y bueno, en sentido profundo, junto con su consistencia y coherencia, es un manto de fortaleza que viene en nuestra ayuda en esta hora difícil. Está ahí, a tiro de piedra.

       

      El domingo pasado amanecimos con pesar, pero con el objetivo de reconstruir lo dañado en nuestro pueblo. Una semana después estamos mucho mejor, a la espera de una noche que nos encontrará reunidos, tengamos lo que tengamos, nos falte lo que nos falte. El valor de esta festividad está precisamente en eso: en un grupo de amigos y familiares dispuestos a celebrar, a pesar de todo, en compañía y con esperanza.

       

      La naturaleza es soberana. Sí, es cierto. Pero la fuerza de un Tres Arroyos unido no le pierde pisada. ¡Feliz Navidad!

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