Las "Huellas Solidarias" que dejó Tres Arroyos en Misiones
A través de los testimonios de su director y de una madre de la comunidad, nos adentramos en la realidad diaria de la colonia misionera y el profundo impacto humano de este intercambio cultural.
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En el marco del proyecto solidario y educativo "Huellas Solidarias", los alumnos de la Secundaria 2 emprendieron un viaje cargado de expectativas hacia la provincia de Misiones. El destino de esta travesía fue la Escuela N.° 287, una institución rural que lleva el emblemático nombre de "Ciudad de Tres Arroyos". Lejos de ser una simple visita, la jornada demostró que el intercambio trasciende ampliamente lo material para convertirse en un puente humano invaluable entre dos comunidades geográficamente distantes.
Un legado que perdura
Gustavo Boni conoce a la perfección los pasillos y las necesidades de la escuela. Lleva cuatro años a cargo de la dirección, tras haber transitado las mismas aulas como maestro. Para él y para toda la comunidad educativa, la visita de los jóvenes tresarroyenses representó un evento de inmensa alegría. "La vinculación que tenemos es una relación de compañerismo, de amistad, que se creó hace muchos años con la llegada de los primeros padrinos", explicó el director, remarcando que ese legado fundacional se siguió transmitiendo con el paso del tiempo gracias a diferentes grupos de colaboradores.
El operativo logístico para recibir al contingente comenzó a gestarse a principios de año. Tras el primer contacto con Elisa Colantonio, impulsora del proyecto, Boni puso en marcha los engranajes institucionales. "Le dije que sí, que estábamos súper entusiasmados. Rápidamente planifiqué una reunión de padres para comentarles que iban a venir las madrinas y los padrinos", relató. La noticia caló hondo en las familias locales, quienes enseguida empezaron a rememorar anécdotas de visitas anteriores y se pusieron a completa disposición del establecimiento.
Para albergar de la mejor manera a los visitantes, la escuela tuvo que transformarse. Con el esfuerzo conjunto de los padres y las autoridades, se hicieron adaptaciones edilicias -como la instalación de una ducha adicional- y se diagramó una meticulosa logística semanal para garantizar la atención, los desayunos, almuerzos y meriendas. "Fuimos distribuyendo las tareas en toda la semana de planificación para que cada uno de los padres pueda ser partícipe de la jornada", destacó Boni con orgullo.
Una vida de esfuerzo
Detrás de esa aceitada organización comunitaria hay historias de profundo sacrificio y arraigo, como la de Miriam Becker. Madre de tres hijos que pasaron por la misma institución, hoy acompaña de cerca a la menor, Carolina, de seis años y alumna de primer grado. Miriam es el fiel reflejo del compromiso incondicional de las familias rurales: "Colaboramos mucho con la escuela cuando necesitan, siempre estamos presentes".
Llevar a su hija a clases todos los días a la una de la tarde, bajo el sol abrasador de la provincia, representa un desafío logístico y económico constante. Su testimonio ilustra con crudeza y honestidad la realidad de la vida en la colonia: "Tengo una moto 110 que me compré vendiendo una vaca y juntando la plata. Cuando tengo para el combustible la traigo en moto, pero hay semanas que no tengo, y venimos caminando. Son dos kilómetros desde acá".
Vivir alejada de los centros urbanos implica grandes distancias para acceder a cualquier servicio básico, desde un simple kiosco hasta un centro de salud. Hace dos años, tras separarse, Miriam evaluó la posibilidad de mudarse a la ciudad en busca de nuevas comodidades, pero el altísimo costo de vida -que le implicaría tener que pagar una cuidadora para su hija mientras ella trabajara- y el miedo a lo desconocido la hicieron desistir. "Vivimos al rol de nuestros hijos, siempre estamos con ellos todo el tiempo. Yo estoy conforme viviendo acá, me siento bien", confesó, abrazando la cultura en la que eligió criar a su familia.
Intercambio cultural
La llegada del proyecto "Huellas Solidarias" rompió la rutina habitual de la colonia misionera y se vivió como un verdadero acontecimiento social. "Sentimos mucha emoción, estábamos muy felices porque hacía como cuatro o cinco años que no venían", expresó Miriam. Para los habitantes locales, la presencia de los tresarroyenses significa mucho más que recibir colaboración: "Son personas de afuera, de otra cultura, y nos gusta mucho compartir conocimiento. Son muy amables y educados, nos encanta. Es como una fiesta".
Ese mismo sentimiento de enriquecimiento mutuo es compartido por la dirección de la escuela. Gustavo Boni subrayó que los mayores aprendizajes de los chicos se dan precisamente en el diálogo y la convivencia con los jóvenes de otras ciudades.
La experiencia de este reencuentro fue tan superadora que ya sembró una ambiciosa semilla para el corto plazo. "Hoy pensábamos con las madrinas la idea de que el año que viene, en el 2027, podamos participar y viajar nosotros con un grupo de alumnos", reveló el director. Un sueño que, de poder concretarse, invertirá los roles del histórico padrinazgo y llevará las huellas de Misiones directamente hacia las calles de Tres Arroyos.

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