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En este verano de días y días de manejar hacia la playa si el clima nos acompaña, veo una escena que se reitera y no por ello tildaría de aburrida y tediosa.
Claromecó tiene la característica privilegiada de recibir el amanecer o el atardecer sobre su costa. Ver la salida del sol puede resultar un desafío, especialmente para quienes ya no acostumbran quedarse despiertos hasta esas horas de la madrugada. Sin embargo, la puesta del sol suele ser un espectáculo altamente concurrido.
Cuando los bordes de ese fuego están a punto de besar el horizonte, comienza el ritual: de a poco, una, dos, tres personas caminan hacia el mar, casi como cumpliendo un deber laboral que excede cualquier conversación, por más interesante que sea, o cualquier mate perfectamente cebado. En una coreografía simétrica, cuatro, cinco, diez personas se levantan de sus reposeras. Un hilo invisible parece tirar de sus narices hasta ubicarlas de frente al fenómeno. Decenas de teléfonos de todos los tamaños y cámaras fotográficas con lentes enormes se preparan para capturar el mejor retrato.
Es un momento en el que todos se convierten en fotógrafos profesionales: cómo ubican el cuerpo, cómo cambian la posición de los brazos, cómo se agachan hasta obtener la que para cada uno será la mejor imagen, la mejor obra de arte. Incluso, algunas personas se quedan quietas mientras graban el sol descendiendo hasta desaparecer, como si ese fuese el último recuerdo que tendrán del mismo.
Están también quienes no registran más que con sus propios ojos ese acontecimiento, pero lo disfrutan con placer, algo que puede notarse en la curva de sus labios.
Y están, por otro lado quienes, desafiantes, continúan sus quehaceres de verano -el mate, la conversación-, ya sea porque tienen el privilegio de volver a vivirlo al día siguiente o porque consideran que aquello no marca más que el fin de una nueva jornada, pero saben que ese ocaso permanece allí como una música de fondo.
Sea cual sea nuestra actitud frente al hecho, es innegable reconocer que todos esos instantes hasta poder ver la línea aún radiante sobre un mar que se arrastra en cámara lenta, merecen la atención digna de un espectáculo.
Una vez finalizado, puede escucharse un tímido aplauso de alguien que quiere replicar la costumbre uruguaya. Los fugaces fotógrafos profesionales se alejan de la orilla preguntándose, tal vez, cuál de todas será la mejor imagen.
Para algunos, el día de playa se da por terminado, como si lo que acaban de ver fuese un mensaje de despedida. Otros, regresan a la ronda de reposeras, con mate o cerveza en mano para seguir disfrutando, ahora, de una playa cada vez más nocturna.
Lo que queda claro es que este acontecimiento sucede cada día en una rutinaria melodía. Sin embargo, es la mirada la que des-automatiza. Es la sensibilidad de cada quien la que convierte en poético un hecho cotidiano, digno de una fotografía, una pintura o algunas palabras sobre el papel.
Entonces, cuando los días hayan avanzado, cuando las bajas temperaturas nos alejen de las olas para volver a las responsabilidades urbanas, recordaré ese consejo sabio que me deja cada atardecer y me animaré a ver las calles, las veredas y los rostros como si fuese la primera vez, como si éstos fueran dignos de un registro artístico cada vez que los mire, y hallaré, tras el asombro, los detalles de un entorno desconocido.
(*) La autora es docente en áreas humanísticas e investigadora

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