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“Nacer, crecer, reproducirse y morir”, describen las cuatro etapas fundamentales del ciclo de la vida. En la política pasa lo mismo; sobre todo en esta época donde los personalismos prevalecen sobre las estructuras partidarias.
En 2027, es muy probable que veamos fenecer a dos de los tres movimientos políticos que en nuestro país marcaron este primer cuarto de siglo: “en el marco del peronismo el kirchnerismo y el macrismo (el tercero es el mileísmo, que tiene cuerda para rato)".
Cuando Duhalde prefirió dejar el poder para evitar perder la elección presidencial con Menem, y después que Reutemann rechazara su ofrecimiento para ser candidato a jefe de estado (años después dijo que con el mismo resultado también se lo ofreció a De La Sota y a Felipe Solá), el entonces presidente que llegó a la Casa Rosada por asamblea legislativa, eligió cómo "su representante" a Néstor Kirchner.
Tras no presentarse a la segunda vuelta Carlos Saúl, Néstor presidió el país durante cuatro años y casi siete meses. Y lo hizo en toda su magnitud. Manejó (y ordenó) absolutamente todo.
Después, vinieron las presidencias de Cristina y más cercano en el tiempo la de Alberto Fernández.
Hoy, además de la voz (y la lapicera) de Cristina, el poder del kircherismo reside en el gobierno de la provincia de Buenos Aires, donde “La Cámpora” controla varias áreas (algunas claves). De ahí hacia afuera el poder K se reduce a comunas y a legisladores (bonaerenses y nacionales) que irán perdiendo presencia a partir de que ganen espacio otras formas del peronismo que buscarán sumar fuerza nacional desde el interior. Ejemplo de eso son los gobernadores de Salta, Catamarca y Tucumán, que con un interbloque legislativo (al que podrían sumarse otros) son los primeros que se animaron a juntarse contra el poder partidario de Cristina (antes omnímodo y hoy en disolución).
Es la etapa del poskirchnerismo, que tiene una particularidad porque los K aún pueden dar mucha pelea en el seno del peronismo (y la van a dar). La telaraña kirchnerista empieza a deshilacharse pero en ella los "cristi camporistas" tienen atrapado nada menos que al “compañero” del que más desconfían (por no decir odian): Axel Kicillof.
El gobernador bonaerense está en una encrucijada. Necesita los votos legislativos de “La Cámpora” para obtener las herramientas económicas que le permitan sobrevivir en el cargo; pero, -para “un electorado partidario más neutro que podría acompañarlo”-, esa relación le significaría perder el tren que lo lleve a una candidatura presidencial. Que aunque es muy difícil, es a lo que Axel aspira.
Julio César fue quien siempre será en la historia porque se animó a cruzar el río Rubicón. Para Kicillof eso significa cortar totalmente con Cristina y “La Cámpora”. Si no lo hace (y rápido), su destino será el de Scioli (o aún peor). Para acabar con su vacilación eterna (y debilitante), Kicillof debería tener presente que de los generales romanos que no se atrevieron a cruzar el Rubicón nadie se acuerda. En el pasado siempre están las respuestas para los interrogantes del presente.
El kirchnerismo genera fanatismo y odio. Y eso solo lo logran los movimientos de masas importantes. Hoy está en declive, pero no puede obviarse que los K definieron al país (no solo a la política) durante casi dos décadas. Además, el kirchnerismo tiene algo único: “para evitar que siga gobernando motivó la creación de dos estructuras políticas antagónicas: primero el macrismo y después el mileísmo”.
El otro actor político importante de esta primera parte del siglo en Argentina que tiene muy altas probabilidades de desaparecer en el comicio de 2027 es el PRO.
Pero a diferencia del kirchnerismo, -que llegó al gobierno con solo un 22 % de votantes y con un Duhalde que pretendía controlar a Néstor-, el macrismo arribó teniendo el poder absoluto. En diciembre de 2015 el PRO asumió el control de la nación, de la provincia de Buenos Aires, otras provincias importantes y ya gobernaba CABA. Además, tenía (y aún tiene) gran influencia en la Justicia y en la mayoría del periodismo porteño que es la base de los medios nacionales (lo que, en gran parte, se mantiene).
Mauricio Macri tuvo todo el poder del país y lo perdió en muy poco tiempo. Ni siquiera pudo lograr la reelección luego de ganar en forma holgada el comicio de medio término. Del éxtasis a la agonía en tiempo récord. Se construyó a "lo Macri" y se auto destruyó a "lo Mauricio". Esa es la única explicación lógica para lo que sucedió con el partido amarillo.
En el relato de cierto periodismo "pro PRO" aún se lo sitúa como referente de peso, pero la realidad muestra que Mauricio Macri fue importante en la política Argentina hasta el 19 de noviembre de 2023, cuando Milei usó al líder del PRO para que ordenara a los votantes amarillos apoyar al libertario en la segunda vuelta electoral para vencer a Sergio Massa. En la noche de ese día, para Javier Milei Mauricio Macri ya era historia descartable. Y, en el mismo momento, los legisladores macristas empezaban a ver a Milei como el líder que les aseguraba seguir accediendo a cargos.
El único que no se da cuenta de que el PRO agoniza es Mauricio Macri, quien en los medios habla como si fuera un asesor presidencial al que Milei no consulta, o cómo el líder de un partido sólido donde su voz de mando ordena y une. Pero los hechos muestran a un PRO del que sus legisladores huyen en masa hacía los brazos de Milei.
Sobre todo en aquellos que tuvieron mucho poder (o éxito o fama), uno de los actos más difíciles de la vida es saber retirarse a tiempo. Cerrar la puerta con dignidad es el corolario ideal para una vida de realizaciones. Pero en la historia del mundo no abundan estos casos.
El “último mohicano” del PRO será Jorge Macri, quien en diciembre de 2027 tendrá que entregarle el mando de la jefatura de gobierno porteño a la ex macrista y hoy libertaria Patricia Bullrich.
“Todo pasa” era la frase de cabecera de Julio Grondona, el eterno presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Hoy, ahí mismo, “Pasa todo” (pero esa es otra historia).

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