Milka Jaureguibehere: "soy lo que soy gracias a mis padres"
Radicada en el Gran Buenos Aires y con dos décadas enseñando tenis en Los Andes, la tresarroyense visitó nuestra redacción. Repasó sus inicios en Huracán, su discapacidad de nacimiento, la disciplina del circuito y la pasión por formar a nuevas generaciones
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Una visita a la redacción siempre encierra reencuentros, pero cuando quien cruza la puerta lleva consigo medio siglo de historias ligadas al deporte, la charla trasciende la anécdota inmediata. Milka Jaureguibehere, profesora de tenis nacida y criada en Tres Arroyos, regresó a su ciudad natal y compartió un extenso mano a mano sobre su trayectoria, los desafíos de una disciplina exigente y la filosofía que guía su labor formativa en el Club Atlético Los Andes, en Lomas de Zamora, donde ya cumplió dos décadas de enseñanza.
"Empecé a jugar a los 4 años, a competir a los 7, a trabajar a los 15 y hoy tengo 51", sintetizó de entrada, resumiendo una vida en la que el polvo de ladrillo fue su hábitat natural. Aunque lleva años radicada en el Conurbano bonaerense, su identidad permanece ligada a las calles de su infancia: "Me crié en Huracán. Competí, representé y me entrené en el Globo. Después de grande trabajé en otros clubes, pero mi corazón deportivo siempre estuvo ahí"
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La semilla en Huracán
El acercamiento de Milka al tenis surgió de la curiosidad infantil, al observar a sus primos en las canchas de Huracán. Sin embargo, en aquel entonces la futura profesora tenía un matiz particular: Milka nació sin su antebrazo izquierdo. Lejos de frenar su entusiasmo, sus padres acudieron a una figura emblemática de la institución de calle Suipacha como el profesor Oscar "Mingo" Aguirre.
"Mis padres hablaron con Mingo para ver cómo una nena a la que le faltaba un brazo podía jugar. Cuando le dijeron que sí, empecé y no paré más", recordó. Pese a que muchos suelen calificar su historia como un modelo de superación, Milka esquivó los elogios personales: "Mucha gente lo ve como un ejemplo, pero el ejemplo no soy yo: soy el resultado de lo que mis padres hicieron conmigo. Si ellos no me hubieran sacado a la calle de chiquita, si me hubieran sobreprotegido o marcado que tenía una discapacidad, no sería quien soy hoy. Los ídolos fueron ellos".
Ese respaldo formativo se trasladó a su círculo íntimo, sus compañeras de escuela y la vida social del club, donde practicó básquet, fútbol, taekwondo, natación y diversas pruebas de atletismo como saltos y lanzamientos. "Mi casa principal era el club. Estaba todo el día metida ahí", recordó con nostalgia.
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En Buenos Aires
Aunque en su infancia fantaseaba con carreras como la abogacía o la investigación, a los 10 años supo que su camino estaba en la docencia deportiva. Con apenas 19 años completó de manera simultánea las exigentes certificaciones de profesora, entrenadora y coach, viajando semanalmente a la Capital Federal para cursar módulos continuos. Aquellas acreditaciones, de hecho, llevaron las firmas de destacados referentes nacionales como Adolfo Cerúndolo -padre de los tenistas Francisco y Juan Manuel- durante una etapa formativa que coincidió con la gestión dirigencial de Guillermo Vilas, director de la Asociación Argentina de Tenis en aquel entonces.
Llegado el momento de proyectar su futuro laboral, decidió radicarse en Buenos Aires, ya que "Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires", graficó Milka. Comenzó trabajando en la Asociación Argentina de Árbitros, donde acondicionó personalmente las canchas para ganarse un lugar, pasó luego por el club Lanús y finalmente recaló en Los Andes. Construyó una carrera sólida que abarca desde la estimulación en edades tempranas (a partir de los 4 años) hasta adultos mayores de 80, articulando programas con escuelas primarias y secundarias que reúnen hasta una treintena de alumnos por turno.
En el circuito local
Al evocar la época dorada del tenis regional durante las décadas del 80 y 90, Jaureguibehere rescató una postal entrañable cuando mencionó los clásicos duelos frente a Maia Morales, del Lawn Tennis. "Teníamos una rivalidad deportiva bárbara, nos matábamos en la cancha y nos encontrábamos siempre en las finales. La gente del pueblo iba a vernos, llevaba torta, preparaba el mate y se sentaba alrededor del alambrado a mirar los partidos", relató sobre aquellos torneos que también compartía con colegas como los hermanos Federico y Sebastián Iriarte, además de técnicos como Adrián Jaureguibehere.
En el plano nacional, Milka supo ubicarse entre las tres mejores jugadoras del ranking de su categoría entre los 10 y los 17 años, compitiendo en certámenes sudamericanos en Chile y Uruguay, aunque reconoció las complejidades económicas que condicionan la carrera del tenista dado que "es un deporte solitario y muy costoso. Si no tenés sponsors, no podés viajar, y para tener sponsors tenés que ganar. Es una rueda difícil".
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La docencia como vocación
Consultada sobre la actualidad del tenis y los desafíos de las nuevas camadas, Jaureguibehere apuntó al factor del compromiso y la concentración en tiempos dominados por estímulos digitales: "Antes teníamos televisión o deporte; nosotros elegíamos el club todo el día. Hoy entrenar cuatro horas diarias requiere una pasión absoluta. El talento está, pero hay que acompañarlo con disciplina y cabeza".
Para quienes sueñan con dedicarse a la enseñanza, su mensaje fue contundente y humano: "Ser profe no es pararse a tirar pelotas con un canasto. Uno convive con las alegrías y las frustraciones de los chicos y de los adultos. Para mucha gente la cancha es el lugar donde descarga sus tensiones, casi como ir a terapia. Por eso hay que capacitarse constantemente y asumir la docencia con enorme cariño y responsabilidad".
Con el agradecimiento intacto hacia Tres Arroyos y su gente, Milka dejó en claro que, aunque sus tareas cotidianas transcurran a cientos de kilómetros, su impronta deportiva y su tenacidad llevan el sello indeleble del barrio y las canchas donde aprendió a jugar.


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