Opinión

Por José Mariano Pérez

Istilart y el Club A. Huracán (Il)

18|10|20 00:12 hs.

La relación entre Istilart y el club era diaria, como la que tienen un padre y su hijo. Don Juan acostumbraba levantarse al alba para comenzar con sus lecturas matinales, previas a ir caminando a su trabajo. Antes de partir hacia su empresa, desde los altos de su chalet miraba hacia un lado, el predio del club y hacia otro, su fábrica que desde 1922 ocupaba tres manzanas a ambos lados de las vías del ferrocarril entre las calles Sarmiento, Piedras (hoy Sebastián Costa), Brandsen, Falucho, Mitre y Suipacha. 


La privilegiada vista que poseía Istilart desde su casa, lo tornaba en una especie de guardián de lo que sucedía en Huracán. Podía observar todo lo que ocurría con solo acercarse a los amplios ventanales de su vivienda. 

A comienzos del año 1927, una calurosa tarde de enero, los jóvenes dirigentes del club visitaron la casa de su “padrino”, a quien querían contarle, como si él no lo supiese, que el equipo de Primera División había llevado a cabo el pasado año una excelente campaña. A Istilart lo seducían las obras por sobre los resultados deportivos, por ello no prestó mayor atención al entusiasmado relato de partidos, goles y para ellos, jugadas memorables. Quería que la novel institución crezca ediliciamente. En el club, ideas había, ganas sobraban, ímpetu se poseía, pero lo que escaseaba era el dinero para emprender los sueños. 

Istilart se caracterizaba por ser conciso y directo en sus palabras y se molestaba cuando una reunión se dilataba más allá de lo previsto por comentarios intrascendentes o discusiones banales. No le gustaba que se divagase. Buscaba llegar rápido a la conclusión pretendida, no sin antes analizar y/o escuchar los argumentos del caso. Por ello, esa tarde, don Juan pidió que se piense en una obra puntual. Que se analice cual se consideraba esencial y cuando lo decidiesen vuelvan a entrevistarse con él. Debían además, traer la idea de cómo la solventarían. 

Merced a la gran campaña del equipo de fútbol (que llegaría a conocerse como el Huracán del 27), el público concurría masivamente a los partidos de local, de manera tal que se formaban hasta tres hileras de aficionados en derredor de la cancha. 

El 25 de enero, bajo la presidencia de Norberto “Pichín” Poujol, se reúne la Comisión Directiva, como habitualmente lo hacía, en la Biblioteca Sarmiento. Luego de un intercambio de ideas y habiendo analizado diferentes propuestas, se decide realizar una gran tribuna techada para albergar allí a cientos de espectadores. Pedro Rampoldi tomó a su cargo la confección del plano y la elaboración del presupuesto. A los pocos días, “Perico” informó que el costo, de materiales y mano de obra, ascendería a $ 8500. También dijo que no cobraría honorarios por sus tareas, lo hacía por y para el club. 

Con los planos bajo el brazo y sabiendo el monto de dinero que saldría la construcción, los entusiastas jóvenes dirigentes se allegan a la casona de don Juan. En primer lugar Poujol cuenta que obra habían decidido llevar a cabo. Rampoldi explicó las cuestiones técnicas y Américo Bayugar comentó que pensaban juntar los fondos para solventar el emprendimiento, a través de una kermesse con juegos de azar. 

 Allí el dueño de casa, se incorporó de su mullido sillón y un tanto ofuscado les manifestó su disconformidad con el método de recaudación pensado. “Un club no debe progresar ayudado por el juego de azar” les dice, palabras más, palabras menos. Propone que deben pedir dinero a la afición deportiva y que seguro no hallarían obstáculos. Allí nomás le pidió a Isauro Iglesias que tome nota de una serie de personas a las que debían ir a pedir colaboración. Para cerrar la conversación les dice “Yo empiezo la lista con $ 1000” y despide a los muchachos que sudaban tanto por la temperatura como por el nerviosismo que sentían de enfrentar la colecta. Cuando iban bajando los escalones del chalet, Istilart agregó “Si con la colecta no alcanza, les firmo un aval en el banco para que obtengan el dinero restante”. 

Muchos vecinos de la ciudad aportan fondos ante la visita de esos jóvenes que, en la mayoría de los casos, llevan como única tarjeta de presentación, el nombre de Istilart encabezando aquella nómina de contribuyentes. En poco más de un mes se juntó el dinero necesario y, cuando no, Istilart colaboró con empleados de su fábrica para la construcción, principalmente con todo lo relacionado a la estructura de hierro que requería la edificación. Esa tribuna tendría fierro, chapas y madera. La obra la dirigió Pedro Rampoldi y la ejecutó la empresa Bochero y Rampoldi que por ese entonces tenía sus oficinas en calle Mitre Nº 58. Los principales aportantes fueron, Istilart $ 1000, Angel Cabañas $ 500, Manuel Hurtado $ 500, Pedro Errazti $ 250, José Gallegos $ 250 y Guillamón Hermanos $ 200.