Ayer y hoy. Jorge Yané (izquierda) y Gustavo Abad (derecha)

Policiales

Desde la Redacción

Un caso emblemático que nada cambió en 17 años

18|10|20 09:17 hs.

Por Enrique Mendiberri


“Acá va a pasar lo que le pasó al Tero Yané, que se tuvo que ir de Tres Arroyos, pero yo no me voy a ir” 
 Gustavo Abad (tornero tresarroyense víctima de la inseguridad)

Hace poco menos de un mes, el tornero Gustavo Abad sufrió un nuevo robo que colmó su paciencia y trajo a la memoria de los tresarroyenses un caso trágico del que el pasado jueves se cumplieron 17 años. 

Era la madrugada del miércoles 15 de octubre de 2003, cuando Jorge “Tero” Yané mató de un balazo a un joven de 18 años que, armado, había entrado a robar en su departamento de la calle Santa Fe 1250 e hirió a un presunto cómplice que logró escapar. 

La Justicia local lo demoró por unas horas antes de entender que el episodio configuraba un caso de “legítima defensa” y no lo procesó por la muerte de Oscar Andrés Aramendi, un adolescente de 18 años, sin antecedentes penales, que perdió la vida a raíz del balazo que recibió en la cabeza, tras haber entrado por una ventana en la vivienda del conocido guardavidas. 

Cuando la policía llegó al lugar, encontraron su cuerpo encapuchado con un revólver calibre .22 en una mano y una rama en la otra.

Según la crónica de aquel momento, el hecho ocurrió alrededor de las 3.40 en la casa del barrio Benito Machado, mientras que, alrededor de las 21, Yané recuperó la libertad a instancias del Juzgado de Garantías, que entendió la existencia de un caso de “legítima defensa”. 

La causa llegó a juicio como “robo calificado en grado de tentativa” con un imputado sobre el que pesaban escasas pruebas y, por lo tanto, resultó absuelto y, el fallo, ni siquiera fue apelado por la Fiscalía en el Tribunal de Alzada. 

Yané, por su parte, comenzó a recibir amenazas en la misma noche del hecho y tuvo que irse de la ciudad. 

En su momento, se hablaba que vivía en el sur de nuestro país, sin embargo, nunca se conoció su destino ni qué había sido de él. 

Debe ser por esto último que, a fines de septiembre pasado, el tornero del barrio Plaza Del Árbol hizo la salvedad al lanzar la frase con la que cerró su vaticinio, “pero yo no me voy a ir”. 


El caso Yané se transformó en un emblema de la “Justicia local por mano propia”, con el peor saldo incluído, ya que el muerto no era un delincuente pesado que tenía harta a la sociedad, sino un adolescente que, si bien ya había decidido su destino, el precio que pagó terminó siendo el más alto


La expresión de Abad resumió en tres líneas el malestar del pueblo que, poco después de ser publicada en las redes sociales de LA VOZ DEL PUEBLO, tuvo un contundente respaldo popular, con reacciones y comentarios que avalaban su decisión y, en simultáneo, lamentaron irónicamente su accidental imprecisión a la hora de disparar. 

Entonces, ¿qué cambió en estos 17 años en materia de seguridad? La respuesta es contundente: nada.

Es más, hasta cabe la posibilidad de aseverar que la situación empeoró.


Ayer y hoy. Jorge Yané (arriba) mató a un joven que entró a robar a su casa y tuvo que irse de Tres Arroyos. Gustavo Abad (abajo), un vecino dispuesto a todo para evitar otra sustracción en su casa



Ayer y hoy 
Así, con el correr del tiempo, el caso Yané se transformó en un emblema de la “Justicia local por mano propia”, con el peor saldo incluído, ya que el muerto no era un delincuente pesado que tenía harta a la sociedad, sino un adolescente que, si bien ya había decidido su destino, el precio que pagó terminó siendo el más alto. 

Sin embargo, en aquel momento y hoy más que ayer, la sociedad valoró más la impulsiva actitud de una víctima de robo que la corta edad del caído. 

Era el inicio de los tiempos difíciles que se viven hoy, con una opinón pública que empezaba a convivir con el conocimiento de un sistema judicial caracterizado por el garantismo y venía de lamentar la cobarde muerte de uno de los hermanos Quintela, un hecho que, cuando actuó Yané, todavía no estaba completamente esclarecido. 

Además, fue en el año previo a la manifestación violenta de 2004, a raíz de la muerte de Gonzalo Ferretti, un joven que no murió a manos de la inseguridad, pero sí de la violencia que se había apoderado de las noches de fin de semana. 

Durante esa marcha, realizada a pesar que los sospechosos de la muerte de Ferretti ya estaban presos, se revivió la reacción social de 1989 tras la muerte de Nair Mostafá. 

El fiscal Facundo Lemble junto al entonces juez de Garantías Rafael Oleaga, fueron sustraídos de sus despachos por una multitud enardecida que exigía respuestas a los funcionarios, señalados popularmente como responsables de la creciente inseguridad que nunca se detuvo. 

La expresión de Abad resumió en tres líneas el malestar del pueblo que, poco después de ser publicada en las redes sociales de LA VOZ DEL PUEBLO, tuvo un contundente respaldo popular, con reacciones y comentarios que avalaban su decisión y, en simultáneo, lamentaron irónicamente su accidental imprecisión a la hora de disparar.


Un tropezón, y hasta un par de trompadas al juez desde atrás en la puerta de una comisaria con sus hombres curiosamente parapetados sin ayudar a los representantes de la Justicia, derivó en una condena para tres de ellos y un cuarto que logró vivir en la clandestinidad hasta que su causa prescribió. 

El castigo, terminó siendo una lección a la sociedad que nunca más volvió a marchar con la intensidad de aquellos años. 

Hoy, mientras vemos cómo un grupo de inadaptados insulta, agrede y ostenta impunidad ante un grupo de efectivos de policía, por ejemplo, durante un allanamiento que buscaba esclaracer uno de los tres homicidios que ya llevamos en 2020, o hace picadas contaminando con sus ruidos a los vecinos de las zonas suburbanas en vehículos robados y disfrazados para la ocasión, entendemos que todo sigue igual que hace 20 años. 

Nos refugiamos en la frase de Gustavo Abad y le agradecemos que “hable por todos”, por decir lo que muchos quieren pero no se atreven a hacer. 

Porque nada cambió y, si bien el desenlace histórico del caso Yané, puede interpretarse como una invitación a tomar las armas, ya que su único castigo por matar “en legítima defensa” fue dejar la ciudad; no estaría mal que el Estado acepte que la mayoría de los vecinos no estamos en condiciones de asumir esa posición “Justiciera” y coordine una gestión que transforme la “sed de venganza” en el anhelado bienestar que parece cada vez más lejano.