Sociales

Por Rosa S. D´Agostino de Fasolis (*)

Una mañana, todas las mañanas

19|10|20 21:29 hs.

Una lenta marea de efluvios pestilentes se desparrama con pesadez desde las bocas abiertas de los zanjones (paradójica génesis de blancas, hermosas calas) hasta el aire detenido debajo de las parras de uva chinche. 


 Ni la más leve brisa en el amanecer de febrero. El cielo con un azul desvaído, casi gris, algunas nubes hacia el Oeste, pero casi nada se mueve; apenas, un grillo que salta a esconderse (su llamado de élitros ha sido arduo en la noche) y un gato que regresa, flaco y exhausto, de su larga ronda. Pero todo lo demás está quieto, como si el tiempo, al influjo del calor y de la hora temprana, hubiera decidido detenerse. 

Unas campanas (las de siempre) desentrañan el paso de la noche al día. Ella se persigna (como siempre) y mira en derredor, los ojos aún a medio abrir, los párpados aún con sueño. Como siempre, busca algo que no encuentra, algo que buscó antes y que acaso busque después, y que tal vez no encuentre nunca, porque en realidad no está buscando nada tangible. Nada. 

 Acomoda sus cabellos (levemente ondulados, hermosos, largos y con la suavidad de la seda), se restriega los párpados y va, con pereza, hasta la canilla. La abre; con las manos forma un cuenco para recibir el chorro fresco, se inclina hasta que el rostro se encuentra con el agua que guarda entre las manos. 

 Toma un frasco vacío asentado en el borde de la pileta y lo pone bajo la canilla. Cierra el paso del agua y camina, llevando el frasco, hasta un extremo del patio. Allí, se detiene frente a la pared donde cuelgan, ya alcanzadas por la herrumbre, tres latas que hacen las veces de macetas y de las que emergen (hojas color bordó, flores rosadas) tres begonias semperflorens. 

Ella no conoce el nombre de esas plantas, ni le importa cómo se llamen en realidad. Simplemente, le gustan. Las mira, las toca recorriendo con la yema de los dedos el brillo de seda de las hojas porque le gusta hacerlo; las riega y las cuida de las orugas y de las hormigas sólo y nada más porque le gustan. 

 Es que hay algo en esas plantas (a las que conoce como “flor de azúcar”) que tiene una oculta relación con su propia, íntima forma de ser, algo tibio y carnal que se comunica con ella desde la blanda consistencia de las hojas, desde el color púrpura de los tallos que se quiebran, en una herida lisa y llana, a la más leve presión; hay algo también en las flores, esas pequeñas escamas rosadas que van cayendo del racimo una a una aún frescas, aún iridiscentes, para marchitarse sólo después, para ser sólo después un pequeño coágulo resbaladizo bajo la planta de un pie desnudo. Y hay algo también en el afán de las abejas que llegan hasta allí para libar la dulce exudación de los cálices. 

Pero hay algo más en esa mañana de febrero, porque ha venido un abejorro (oscuro, reluciente) a robar también él la imperceptible dulzura, el polen de cada flor de azúcar. Y es el abejorro el que la sobresalta, el que despierta el aire y el tiempo y la mañana cuando ella se asusta y empieza también a despertar del dulce letargo; despertar en esta hora de este domingo de febrero y de carnaval que se expande, calurosa y húmeda, en el canto de los pájaros, en el ladrido de los perros, en la letra de una canción que brota de un aparato de radio, más allá de la cerca; una canción lenta y envolvente que hace que ella se mueva, meciendo, sensual, las caderas. 

 Ahora se sienta, acaricia con una mano el dolor que siente en la pierna, escucha el canto de amor que le llega desde la casa vecina, piensa, piensa, piensa. Amor. Ella ama. A José, lo ha amado desde el día en que lo conoció, y más aún desde el día en que él se vino a vivir a la casa. Y él ahora duerme, y dormirá hasta el mediodía, porque ha trabajado todo el día y luego se ha amanecido con los amigos y la guitarra y el vino y el amor con ella. Él duerme, y ella está aún al casi despertar, aunque haya regado las plantas, aunque haya recogido los despojos de la noche reciente y haya barrido el patio y asentado la tierra con el riego. Y está aún al despertar porque quiere estar así, porque desea estar así todo el día y toda la noche y los días y las noches que después vendrán, porque sabe que si despierta deberá abrir los ojos, pero más aún deberá abrir la boca y eso será como despertar la tormenta que –ahora sí- empieza a levantar desde el Oeste. 

Prepara el mate y vuelve al patio. Libará cada sorbo con lentitud, porque la náusea le sube a la boca y siente ya el regusto del vómito, la náusea y el vómito de cada mañana desde que lleva el embarazo; esa sensación de vértigo y de vacío que soporta acariciando el vientre con las manos, con las que atenúa también el dolor de la pierna, que duele más porque es dolor del alma, ese dolor que le ha puesto en el muslo una mancha nítida, un color morado que no es sino la huella de una lonja (el cinto del padre), y es también la huella de una felonía, la marca que deberá ocultar –si es que puede- al hombre que ama, o transformarla en una mentira. 

Una mentira será lo mejor. Porque ¿cómo decirle a él, al muchacho que tanto quiere, la verdad? ¿Cómo decirle que desde hace tanto tiempo su padre, su propio padre es el moscardón que se posa, repugnante y lascivo, en ella? Y no, no puede decirle a José, mataría a su padre… ese padre que la mancilla y lo hace imperioso y sin remordimiento alguno, por la bruta fuerza y dejando que la flor caiga (aún fresca, aún iridiscente y carnal) sobre la ignominia, y termine allí siendo primero una leve mancha de color sangre y luego un asco profundo, un despojo, algo así como una coágulo de sangre que se perpetúa, junto con la náusea y el vómito, cada mañana con cada incertidumbre (no sabe quién es el progenitor, si su querido José o su repugnante padre) acerca del hijo que vendrá. 

 (*) La autora es de Rosario, provincia de Santa Fe. Utilizó el seudónimo Aldebarán