Opinión

Editorial

Un héroe trágico

29|11|20 10:27 hs.

Finalmente, un miércoles de noviembre, de un año excéntrico, lleno de sombras, escaso de luces y con chispazos de humanidad, sobreviviendo en la marea anónima provocada por un virus, Diego Maradona, dejó su vida terrena, que trocó en legendaria. Una estela de leyenda, abarrotada de triunfos y éxitos, que lo acompañó siempre, y que encubrió, pero apenas pudo disimular, una vida tortuosa, contradictoria, dolorosa, que no dejó a salvo ninguna faceta de su vida, ni las de aquellas que tocó. 


Un héroe trágico, que, como tal, tuvo un final funesto, ajeno a lo que el imaginario popular, apoteótico y furioso de tristeza, siente en su interior, por momentos lleno de reacciones destempladas, en estos días. Un espectro, una imagen desdibujada, de aquel Dios, lleno de vicios humanos, que desafiaba a sus adversarios, dentro y fuera del campo de juego, descubrimos en él, estos últimos tiempos. Pero no pudo. Los dioses no son de este mundo, y si están aquí, se descubren bajo los influjos de la fe o las sugestiones del alma, métodos imperfectos, llenos de fallidos y verdades a medias, propios de nosotros, apenas humanos, inmersos en un universo de incógnitas. 

El deporte lo enalteció, lo llenó de halagos, de alfombras rojas y de los colores más inverosímiles. Le dio riqueza y fama, a la vez que le obsequió, como si fueran acompañantes necesarios, sus miserias, falsedades e hipocresías de ocasión. Cierto periodismo lo engrandeció, lo uso, lo tiró, lo rescató y lo lloró. Todo junto, en muchos casos. Y lo realizó, al ritmo del dinero, la ceguera total hacia el ídolo y el rating, en la búsqueda fanática de una foto con el diez y de la popularidad de un programa, que con él, sumaba espectadores y sponsors. 

 El poder deportivo hizo lo propio y fue impiadoso. Porque el mundo es del dinero y también, en su voracidad sin fronteras, se apoderó de los juegos, los transformó en negocios, marketing y en ilusiones de cartón. Se quedó con la pelota, erradicó los potreros, censuró la calle como territorio de los picados y, como si nada fuese suficiente, llenó de rejas las plazas. Con la complicidad impúdica de los poderes públicos. La política, toda, que no engañen las últimas imágenes de la tragedia, esgrimió sus malas artes, sus picardías maléficas y toda la hipocresía que puede exhibir, para subirse y bajarse a tiempo, con un cálculo y con una precisión ingenieril, de una espalda sostenida a regañadientes, por los tobillos frágiles de un ser humano, pequeño de estatura, poseedor de una sonrisa franca, blanca, parecida a la de un vecino de nuestra cuadra. 

El fin lo encontró solo, desprotegido, descuidado, alejado de la gloria y de los adulones. Sin una mano amiga, sin un consuelo verdadero y una mirada compasiva que le permita, si era su deseo, poner en palabras sus pecados, sus anhelos insatisfechos o las tristezas de un alma atribulada. O que pudiese alcanzarle una pelota, para abrazarla, buscando cobijo, a la espera de un desenlace, anunciado en su semblante y sentenciado por su salud destrozada por una vida llevada al límite. Ironías de un hombre lleno de hermanos y hermanas, de progenie por doquier y de parejas tortuosas, siempre al borde y atravesándolo, festín de los programas “del corazón”. Corazón, el de esos ciclos, reducido a un músculo, desalmado, pura materia, sin nada más que la maledicencia como regla. 

Su velatorio fue consecuente con su vida y con la que el mundo colaboró hacer de ella. Desorden, imprevisión, emoción, excesos, violencia, cariño, desconcierto, gloria, homenajes y más homenajes. Ningún ser humano puede soportar algo así. Menos a la vertiginosa velocidad de una existencia de un hombre confundido con Dios. Lo que pareció un triunfo supuso la derrota de su persona. Nada más egoísta que la frase “no me importa lo que haya hecho con su vida si no lo que él hizo con la mía”, escuchada, repetida, durante estas jornadas llenas de extrañeza. “Dame felicidad a mí, lo que pase con vos no me interesa”. Individualismo pos moderno de pura cepa, proveniente de una sociedad despojada de la posibilidad de un pensamiento colectivo anclado en la cooperación mutua. Amor cosificado, descartable, mercantilizado, definido y delimitado. Amor ajeno al amor, lo cual es nada. Contrato a cambio de placer efímero, en una prostitución vana, a sabiendas del desprecio del valor del otro, al que en las palabras y los gestos decimos querer. Pero que a la primera de cambio, reemplazamos por otra pasión o fantasía sin sustancia. Consciente o inconscientemente, da lo mismo. 

Pero decidió, no fue solo presa de un ecosistema destructivo, como lo es el del éxito. Eligió cuando pudo, como cualquiera de nosotros, qué hacer y qué no. Su vida en espejo es suya y de quienes la sufrieron y disfrutaron. Su privacidad, con sus aciertos y sus desmanes, tendrá la vara que ellos elijan y no es plausible de las excusas con las cuales validamos a los mitos. Sin nuestra intervención, sin nuestros dogmas, sin nuestros puntos de vista, ese mundo ajeno al ícono popular y a nuestra imaginación, resolverá sus cuentas. Respetando, el resto, en buen romance, a los bendecidos o victimizados, por una vida de excepción. 

Nos queda el deporte y las pinceladas de un artista del fútbol, geniales, imperecederas, inimitables. Nuestras, porque surgieron de la cantera del barrio humilde, modesto, en donde viven la mayoría de los argentinos y argentinas, carentes de todo pero rebosantes de ilusión. Como la de Diego Maradona, un héroe trágico, que transitó un mundo, en dónde la imaginación creativa sigue luchando para no convertirse en negocio. Y que no tuvo compasión con su vida, ni siquiera luego de que atravesó la última puerta, con la que dejo atrás el mundo de los vivos.  


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