Una imagen de la película documental “Diego Maradona”, dirigida por Asif Kapadia

Opinión

Más palabras dedicadas al 10

Ausencia de mí

29|11|20 22:10 hs.

Por Pablo Tano (*)

Muere el hombre y nace el mito. El Héroe de la mitología griega. El ser sobrenatural. La fusión de humano y Dios. La inteligencia, la fuerza y la sabiduría. Los planetas lloran porque la expresión artística más tallada sobre la Tierra se ha apagado por un pedacito de tiempo. Nada más que eso. Maradona partió al Universo de origen: el cielo, con ese color blanco y celeste como la camiseta de la querida Selección Argentina que siempre amó y por la que muchas veces inmoló su cuerpo y alma para no claudicar. 

Apolo, el Dios del arte en la mitología de la Antigua Grecia. El Diego, acá abajo, más cercano a lo terrenal. Ese héroe colectivo de masas que nunca escondió su rostro para defender a los más olvidados, a los sin voz. “Para mí la vida es negro o blanco, nunca gris”, repetía el genio de la redonda. La necesidad de alzar su impronta contra los poderosos. Porque él sabía de dónde venía y hacia donde soñaba ir. Aborrecía el desprecio por la vida humana. 

Odios, amores, tragedias, victorias, derrotas, lágrimas, sonrisas, alegrías, glorias, temores y desencantos en una sola persona. El hombre de las mil vidas. Parece demasiado. La idolatría es privilegio de unos pocos. Maradona no toleraba la injusticia, no porque la haya vivido en carne propia en el Mundial de 1994 cuando inventaron una escena cinematográfica con la enfermera Sue Carpenter. Esa mano “negra” que lo llevaba al control antidopaje antes las cámaras del mundo. Esa fue la primera muerte del ícono popular. Él conocía las miserias porque del barro surgió. 

“Yo vivo en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de luz, agua y teléfono”, fue otra de las frases que inmortalizó y sin querer queriendo lo iba convirtiendo en una celebridad a medida que el tiempo pasaba. Porque el tipo venció muchas veces al tiempo. A la muerte. Hasta ese aura tenía. 

El amor de su familia y el pueblo no lo dejaban partir tan pronto. Gambeteó a la muerte como a tantos ingleses. Aún quiero despertar y que todo sea un sueño. Como expresó Dalma en el velatorio, según reveló Claudio “Turco” García; “este loco no murió, se va a despertar y va a salir caminando. Ese cajón se va a abrir”… 

Frases y dichos que lo mantendrán vivo para siempre en la memoria de todos. En la cotidianeidad el mito y la leyenda tomarán una dimensión enorme. Nos acompañarán sus reacciones y sus reclamos. Sus revelaciones y su rebeldía ante la FIFA y el Vaticano. El encantador y característico gen argentino. Diego podía abrazarse con Fidel Castro o Lula; también podía colaborar en una causa solidaria para que un club del interior recaudara unos pesos para contar con iluminación artificial; podía besar a Cristina y a Hugo Chávez; era capaz de dar cátedra en la aristocrática Universidad de Oxford y romper con los protocolos al aceptar el desafío de hacer jueguitos con una pelotita de golf. El auditorio se vino abajo de la ovación señorial. Ah, y fue en ¡¡Inglaterra…!! 

Todo eso era el fenómeno Maradona. Ese mundo. Lo inesperado. Aquel que para salir del fango en momentos de turbulencia deportiva y personal se refugiaba en una playa desconocida de la provincia de Buenos Aires o en un campo de La Pampa, en Santa Rosa, para esconderse del asedio y poder entrenar para resurgir pensando en Estados Unidos. “¿Adónde me trajiste, hijo de puta?”, preguntó un sorprendido Maradona a su preparador físico personal, Fernando Signorini. “A Fiorito. Esos once días junto a la familia y a amigos recordaban a Fiorito, sus luchas y eso lo ayudó”, respondió. En el modesto lugar sólo había un televisor chiquito, blanco y negro y se veía todo nevado. Tenía las condiciones básicas para no distraerse. 

Quien escribe estas líneas tuvo la posibilidad, el privilegio de verlo dos veces e intentar vociferar alguna pregunta. Fue en la despedida del Beto Acosta, allá por el 2003… Cuando un periodista gritó: “¡Diego, ahí viene Diego”! Todo el enjambre de colegas corrimos hacia el Mini Cooper que estacionaba. Fueron dos minutos. Una estampida… Mi pregunta como la de tantos otros quedó en el aire… Su presencia congeló las palabras y el grabador… Fue tremendo tenerlo tan cerca e intentar decirlo algo… Fue tan efímero como encantador. Entró raudo, sólo saludó y no contestó nada. 

El Diez. Un artista que improvisaba y maravillaba. Los hechos están registrados. Un mago. Aunque a él no le gustaba que lo llamaran así ni tampoco Dios o Genio. “Yo no soy un mago. Magos son los que viven en Fiorito con mil pesos por mes”, sostenía. Amaba a su ex mujer y a sus hijas, Dalma y Gianinna. A todos lados con él. Seguro Dalmita te seguirá colocando una margarita en las medias para decorarlas antes de cada partido. Hasta pronto, Pelusa. Diste todo sin pedir nada a cambio. Un apasionado de barro. 

Eternamente, gracias. “Si me muero, quiero volver a nacer y quiero ser futbolista. Y quiero volver a ser Diego Armando Maradona. Soy un jugador que le ha dado alegría a la gente y con eso me basta y me sobra”.

(*) El autor es periodista, tresarroyense, y reside en la ciudad de Buenos Aires 


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