Nacional

Editorial

Aniversario

13|12|20 09:08 hs.

“La tarde de ese lunes 9 de diciembre, tras la sentencia propuse que nos juntáramos a la noche…nos quedamos primero en el jardín tomando copas y después fuimos adentro a comer, a contar anécdotas, a cargarnos…terminamos a las seis de la mañana con todos los hombres tirados en el suelo...era natural, era una catarsis… nadie más que nosotros sabe cómo hemos vivido tan fuertemente nuestra independencia como jueces…” (R. G. Lavedra, “Los nombres del Juicio” de Pepe Eliaschev). 


El consenso es un acuerdo general de ideas, al que se le suman las consecuencias prácticas, políticas o de otra índole, que le siguen, en torno a un tema relevante para una sociedad. Su verdadera dimensión y grado de profundidad, es posible medirlo y valorarlo, por su perduración en el tiempo. 

El solapamiento de informaciones, la velocidad del paso de una hacia otra, el descarte rápido que esto supone, al mismo tiempo que el análisis superficial y por momentos frívolo que a veces este modo frenético conlleva, no permite visualizar lo persistente en la sociedad. En especial lo bueno. Porque lo negativo tiene oficinas de publicidad y promoción activas, sin distinción de ideologías y que exhiben un pluralismo de origen, envidiable. 

 Ricardo Gil Lavedra miembro del Tribunal (integrado también por los jueces Torlasco, Arslanián, Ledesma, Valerga Aráoz y D´Alessio) que juzgó a las juntas militares, recordaba esta semana la importancia de ese juicio y su significado. Decía que es uno de los grandes consensos de la democracia y, quizá, el más importante. Indicaba, que a pesar del contexto, difícil e inestable, infectado todavía por la amenaza persistente del elenco militar y civil que formó parte del denominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), se pudo llevar adelante. Ocurrió entre el 22 de abril y el 9 de diciembre de 1985. 

El otro proceso, el de consolidación de la democracia, en un diciembre como el que transitamos, terminaba de edificar los cimientos perdurables de la libertad y de los derechos que hoy gozamos. Derechos, que gracias al oleaje favorable, que solo un sistema como el nuestro puede propiciar, no dejan de incrementarse. 

Más que un puntapié inicial, en esos meses de la primavera de la democracia argentina, se jugó un partido definitorio, que facilitó los avances que en materia de Derechos Humanos, llegaron después. 

Sin esos meses de 1985 es difícil imaginar un presente como el actual. El espejo de Chile es elocuente: Pinochet dejó el poder en 1990, luego de un plebiscito (1988) que decidió que no continuara al mando del ejecutivo de su país (54% voto por el no. Por cierto, una mayoría no abrumadora). Hubo informes, en el vecino país, sobre violaciones a los DDHH y juicios a responsables, pero recién con una reforma constitucional, la del año 2005, los resabios principales del pinochetismo fueron eliminados. Pinochet murió bajo arresto domiciliario, en el año 2006, luego de un juicio que lo condenó en el año 2004. En la Argentina, la decisión histórica del Presidente Alfonsín, tomada el 15 de diciembre de 1983, apenas cinco días después de haber asumido, por medio del decreto N° 158/83, no dejó lugar a dudas y vacilaciones, ni otorgó la tregua del tiempo. 

Por eso, entre el fárrago de informaciones, es importante recordar que han pasado 35 años de ese hito histórico, hito que tiene un doble significado. Significados que nos ayudan a ver mejor la evolución más profunda de los procesos, dejando de lado la superficie, que a veces impide observar las corrientes más persistentes que están detrás de los acontecimientos. 

El primero, es que la democracia, aún con sus carencias, dificultades, errores, contramarchas e injusticias, es el único camino posible. Y que el debate debe darse dentro de ella, nunca fuera de su seno. 

Salirse de su escenario propicia las aventuras de los liderazgos autoritarios, ricas en promesas fáciles, tan simples, como impracticables. Su segundo significado, nos recuerda que somos capaces de consensos perdurables. Y por esa razón, mejorables a través del tiempo. No es cierto que los argentinos y argentinas no seamos capaces de ponernos de acuerdo. 

Hace 35 años un grupo de jueces y fiscales, construyó un faro que sigue iluminando con dignidad la senda, a veces claro-oscura, por donde transcurre la historia presente de nuestro país. Recordarlos honra su memoria, y también, la de aquellas y aquellos, que con su sentencia, vislumbraron justicia, luego de la noche más oscura que sufrió la Nación.