El ministro de Economía, Martín Guzmán, sumó un logro con la renegociación de la deuda con bonistas.

Opinión

Editorial

Incógnita

20|12|20 13:17 hs.

La pandemia, que tomó por asalto la realidad del mundo y de la Argentina, atempera, brinda excusas, sofoca malestares, expone atenuantes y parece otorgar la cortina necesaria para disimular y ocultar errores políticos propios. Pero no siempre es así, menos aún hoy. 


El gobierno de Alberto Fernández, durante este año excéntrico, exhibió quizá un solo éxito concreto, que se diluyó en la maraña de ensayos y errores, que generó el combate en el frente de la salud pública. La renegociación de los vencimientos de la deuda con bonistas privados (queda pendiente la del Fondo Monetario Internacional), es sin dudas un acierto. Luego, como se comentó oportunamente en esta columna editorial meses atrás, se puede discutir si era o no posible un mejor acuerdo. Debates aparte, este punto a favor, mal que le pese a la alianza gobernante, se diluyó rápidamente a causa del vértigo de un año inesperado. 

En forma posterior, el gobierno se concentró en sofocar distintos frentes con escasos recursos. Los propios de una economía recesiva, que sumados a la incapacidad o imposibilidad de desplegar un plan económico concreto, dejaron traslucir desorientación en el rumbo a seguir. 

El parate brutal y obligado de la actividad, el aislamiento físico, la incertidumbre global y el titubeo local, agudizaron los efectos negativos de la pandemia, desplomando índices económicos y sociales, a niveles inéditos, desconocidos hasta ahora en la historia contemporánea de nuestro país. Este contexto, desnudó la enorme desigualdad que sufre Argentina. Asimetría visible, no solo en términos de ingresos, sino en los abismos de distancia de recursos y acceso a derechos y libertades, que existen y crecen, entre percentil más rico y el más pobre de la pirámide social vernácula. No existe área social ajena, a salvo o al margen de las consecuencias funestas del contexto actual. La educación, por ejemplo, es una muestra evidente de lo que estamos diciendo. Si dejamos de lado los esfuerzos de la mayoría de los educadores por realizar su tarea, las escuelas muestran de manera acabada, por constituir ellas una caja de resonancia social sin parangón, la pérdida de trabajo de los adultos a cargo de los hogares; la falta de acceso a la vivienda propia; la imposibilidad de pagar alquileres, impuestos y servicios; la inestabilidad laboral incrementada por la informalidad creciente; la inequidad en el acceso a la salud y ni que decir, a la justicia, que padecen la mayoría de los argentinos y argentinas. 

El esperable rebote de la economía, natural consecuencia de una reapertura paulatina de la actividad, es, en la situación actual del país, apenas un alivio. Qué, además es desigual, dado que no va a ser, ni está siendo pareja para todos los sectores de la economía. Es cierto que diversas acciones del gobierno (congelamiento de tarifas, ATP, programas sociales y otros dirigidos por ministerios) atemperan y contienen frágilmente una situación dramática. Pero la enfermedad todavía no está siendo atacada de raíz. 

Luego se encuentra la dimensión política, en una alianza gobernante (al igual que en la opositora) en donde conviven fuerzas con perspectivas muy dispares acerca de lo que hay que hacer. Este factor es natural y propio de cualquier coalición política, pero, en este caso, cuenta con un detalle relevante: la vicepresidenta es visualizada como el factor de poder central en el ejecutivo y en el conglomerado oficialista, sea esto cierto o no, aunque es más lo primero que lo segundo. Una percepción de estas características es imperiosa modificarla radicalmente, para darle aire y energía a un gobierno que navega en aguas turbulentas. Una administración sin un vértice de liderazgo, concreto y visible, se fragiliza al ritmo de lo que tarda esa circunstancia en ser eliminada. 

Por si faltase algo, un factor opera de agravante: la comunicación del gobierno. Esta área es confusa, contradictoria y parece no tener una centralidad de origen basada en lineamientos claros. Todo lo que estamos viendo, vinculado a la compra de tal o cual vacuna para el combate de la pandemia, deja en evidencia esta deficiencia en materia de gestión gubernamental. En los tiempos actuales, adolecer en materia comunicacional, desvaloriza cualquier administración, incluso, si esta tuviese planes consistentes y creíbles. 

Los frentes son muchos y los temas a resolver, variados y urgentes, pero la incógnita, luego de un año, es una sola: ¿Cuál es el rumbo que quiere y desea transitar el gobierno?