Interés General

Por Sandra Cirulli

Buscando un lugar donde nacer

24|12|20 09:34 hs.

Mi madre se llamaba María, era muy jovencita y estaba comprometida con mi padre, como se acostumbraba en esa época, el honor y la decencia marcaban la vida de las personas. Había poco margen para el error, para salirse de los convencionalismos y las historias se repetían más o menos iguales. Pero mi nacimiento no fue uno más, provoque asombro, espanto, incredulidad, comentarios diversos, algunos acusaban a mi madre, otros se alegraban por su inesperado embarazo, hubo quienes sacaban cuentas, tal vez sospechaban sobre la identidad de mi padre. 


Mi madre recibió visitas insólitas, misteriosos saludos, extraordinarios mensajes. También por aquellos días se enteró que su prima tan querida estaba embarazada como ella, tantas cosas habían compartido en la niñez y ahora coincidía la dulce espera. 

Mi padre no recibió la noticia con mucho agrado, no eran esos los planes que tenía, de repente debió trabajar muchas horas en la carpintería para poder juntar el dinero necesario para lograr acceder a una casa y todo lo que eso trae aparejado, además venía yo en camino. 

Cuando el embarazo estaba avanzado, la panza pesada y yo no paraba de dar pataditas en el interior de mi mamá, ellos tuvieron que viajar a otra ciudad para hacer unos trámites importantes, parece que el traqueteo del Ómnibus y los nervios del viaje no le cayeron muy bien a mamá, comenzó a sentir contracciones y los pies se le hincharon. 

En cuanto llegaron a la terminal de colectivos comenzaron a preguntar por una pieza para alquilar y los mandaron de acá para allá, nadie tenía un lugar disponible o no querían meterse en problemas cuando veían a una pareja joven con poco dinero, desalineados, perdidos en la gran ciudad. 

Se dirigieron a los hostels de las inmediaciones, pero los que tenían lugar cobraban tarifas altas, al menos valores que ellos no podían pagar, ya agotados y desorientados se sentaron en un banco de la plaza para pensar en alguna alternativa. Era una noche tibia de diciembre, a lo lejos se escuchaban las sirenas de las ambulancias, el rugido de los motores de los cientos de vehículos que se desplazaban apurados por llegar a sus hogares, cada tanto se disparaba alguna alarma y se escuchaba música de los más variados géneros. 

En un momento, mi padre posó su mirada en un vagabundo que alimentaba a una cantidad indefinida de perros callejeros y pensó ¿Cómo hace ese hombre para dar de comer a tantos perros? Si se nota que él no tiene dinero, ¿acaso pide para darle a los perros y él se alimentará? ¿Será feliz con la vida que tiene? ¿Dónde vivirá?

Tan abstraído estaba en sus pensamientos qué se sobresaltó cuando mi madre pegó un grito de dolor y lo tomó fuerte del brazo, se dio cuenta que era inminente mi llegada ya que mamá rompió la bolsa y el líquido se esparció por el banco y por el piso, apurado se dirigió al señor de los perros y le pidió ayuda, un lugar donde acostarse y asistencia médica eran urgentes. 

Don Benigno, así se llamaba el hombre, que luego fue mi padrino, señaló un galponcito de chapa donde se guardaban las herramientas de los placeros y hacia allí fueron mis padres, con bastante dificultad para caminar. El lugar era muy chiquito, oscuro y sucio pero Don Benigno supo ambientar un rinconcito con unas lonas y un saco que llevaba puesto. 

Mientras tanto, los perros miraban expectantes y mi madre se acostó y con ayuda de papa pujó y pujó hasta que yo me asomé. ¡Otro esfuerzo más y ya está! dijo papá. 

Fui el primero de una serie de hermanos que tuvieron otras oportunidades, más higiénicas y asistidas por profesionales. Mi nacimiento siempre fue comentado en cada reunión familiar, decían que yo era un bebé hermoso como un sol y que no tardaba en dormirme. Los perros contemplaban la escena y de cuando en cuando se inclinaban hacia mí y me calentaban la improvisada camita, mis padres vigilaban mi respiración y me miraban absortos, paulatinamente comenzaron a llegar algunas personas del barrio, un tanto curiosos por el insólito lugar de nacimiento, todos querían ayudar y daban consejos hasta que un señor fue haciéndose un lugarcito para llegar a mi lado y se presentó como Salvador, de profesión médico, se inclinó y me tomó en sus brazos, observándome concienzudamente, pidió permiso a mis padres para revisarme y así todos se quedarían más tranquilos. 

Parece que aprobé el examen porque Salvador sonreía y me hablaba muy dulcemente, luego tomó su celular y llamó al hospital donde él trabajaba, pidió una ambulancia e indicó que tengan preparada la sala de neonatología. 

Después que transcurrieron 8 días a contar de mi nacimiento inesperado recibí el nombre de Jesús, como le había dicho el ángel que se le apareció a mamá en sueños. 

Bueno la historia siguiente no tiene nada de raro, crecí, jugué, fui a la escuela, como todos los chicos, ¡de grande tuve muchos amigos y enemigos también! Mi vida no fue fácil, pero no me quejo. Considero que vine al mundo con un propósito y lo cumplí.