Sociales

Por Raquel Poblet

Sabias manos

13|02|21 21:52 hs.

Tema de mujeres. Secretos de amigas


Entro yo a esta amplia casa desolada y despierta la envejecida Hera en su deslucido desabillé. Luego aparece el pequeño Hefesto y me ruega con su voz de cascabel que le haga el Nesquik y que se lo llene de alguna de esas piedritas marrones crocantes. Luego puede entreverse por entre las brumas de la escalera al Señor José Tonante envuelto en su pijama. Su paso cansino y sus monótonos golpes se detienen frente a la gran mesa que yo he colmado de bols con mermeladas artesanales; paneras con panes caseros amasados por mí; ordinarios grisines comprados en un supermercado; café; leche; manteca; quesillos dietéticos. Rodean la mesa, mastican y tragan. Exhalan largos bostezos sonoros y flatulencias leves. Es el gran momento mío para sigilosamente, como siempre he sabido hacerlo, despacio, con calma, sustraer algún tenedor con su cuchillo y cuchara. El amplio bolsillo de mi delantal me permite tomar lo que quiera de esta amplia casa. Así, sin la sospecha de sus adormecidos dueños, he podido munirme de los enseres necesarios para vivir y más: copas, cubiertos, ropa de cama, vestidos, sobretodos, frazadas, objetos extraños y antiguos que van desapareciendo. He sustraído una fuente de plata hace dos años y la envejecida Hera ni lo notó. No fue ni capaz de sospechar al ver mi caminar algo rengo debido al peso de la luminosa fuente en el magno bolsillo delantero. Tampoco llegó a notar el velador helénico voluptuoso que yo cargaba en un bolso azul que ella misma me había ofrendado como pago a mis buenos servicios. Sí, son buenos mis servicios, pero no mejores que el de muchas colegas que trabajan en el barrio country. La casa queda impecable desde donde quiera observársela. Los bronces y los vidrios parecen estrenarse luego de despuntar el alba. Baños y cocina relucen como el agua iluminada por la luna. Es que mis manos han recorrido todos y cada uno de los milímetros de las superficies y de los interiores de los roperos, placards, bargueños. Las han recorrido con el mismo esmero con que han recorrido los cuerpos de los dueños. El pequeño Hefeso ha tenido por mí a una verdadera madre. Lo he amamantado con mi calostro y mi néctar lácteo. El seguirá conmigo hasta el fin de mis días. Aún hoy sigo bañándolo, alimentándolo y vistiéndolo. Su cuerpo infantil es delicioso. Sus piernitas, su ano, sus orejas. Todo es dócil y dulce como una yemita de huevo azucarada. De él sólo he sustraído aquellas prendas que, dado su crecimiento, han quedado en desuso. 

A la envejecida Hera también atiendo y sirvo. Ingreso a la amplia casa en horas de la madrugada y la espero con todas las tareas cumplidas. Desayuno y demás colaciones diarias están disponibles para cuando ella y su esposo las deseen. Con mis atenciones los voy desvaneciendo. Y yo me energizo con mis botines. Vestidos, calzado, mobiliario, adornos, teléfonos móviles. Cada objeto que sustraigo, a ellos los va encegueciendo. Y siempre agradecen y pagan mis atenciones. Al señor José Tonante tengo que plancharle las camisas y prendas y también tengo que lamerlo. Como hacemos todas, según me refieren las colegas. El miembro masculino siempre destila un hedor a goma sin quemar, lo que hace para mí y para mis colegas, más tolerable la tarea de felación. De él he cargado pares enteros en mi bolsillo de botas, zapatillas y hasta calzado náutico; sobretodos, pulóveres y costosas corbatas. Poco dinero. Alguna vez ha sido una chequera entera y el American Express. Pero no preciso esas cosas tan livianas. Quisiera montar un buen mercado aquí en esta amplia casa. Y lo conseguiré. Mis colegas me animan al emprendimiento y sé que muchas colaborarán. Las medias de seda, las medias de red, los pañuelos sedosos y algunos collares de fantasía han dado forma a este proyecto mío. Un gran mercado como La Salada de Buenos Aires; o como El Rastro de Madrid; o como el colorido Porta Portese de Roma; o como el preferido de ella: el Marché Les Enfants Rouges de París; o aquel al que yo hubiera querido ir y al que pienso reproducir: el Mercado Popular de Rabat. Todos están en sus fotos de viajes y de todos han traído objetos exóticos que ya están en mi poder y que antes hube limpiado con el esmero de mis manos. A ella también debo lamerla. Con mis sabias manos me coloco un forro en la lengua y le hago un largo cunnilingus. Siento asco por los genitales femeninos. Hieden siempre como si en el fondo de una profunda caverna se pudriera eternamente el cuerpo de un lobo marino. 

El día llegó y empiezo a realizar mi proyecto. Ambos cónyuges duermen. El almuerzo y mi atención los sume en profundo sueño. Con este almohadón italiano embebido en perfume, asfixiaré primero a él. Después a ella. El pequeño juega en el jardín. Los cargaré en las valijas grandes. Los envolveré en las bolsas de consorcio e irán uno por uno al camión de la basura. En la amplia casa montaré el mercado. Destinaré un puesto a la ropa de mujer. Otro a la de hombres. Las joyas y los accesorios precisarán mucho espacio. El calzado ocupará varios sitios. Mis colegas me ayudarán. Las habitaciones serán dispuestas para la venta de los enseres del hogar, de la vajilla y los adornos. Sé que las vecinas y vecinos de la envejecida Hera y de José Tonante vendrán a comprar los bienes que he sabido sustraer. Luego me iré con el pequeño Hefesto y toda la ganancia a mi rancho del monte chaqueño, allá, adonde me esperan felices mis otros retoños y mi adorado marido.