Opinión

Por Elina Amado

La licenciada

21|02|21 13:30 hs.

Esto de limpiar el consultorio no es algo que Magdalena consideró cuando se graduó de Licenciada en Psicología. Estrategia doméstica no es lo suyo. Lo suyo tiene que ver con Lacan, algo de Jung y obviamente el inefable Sigmund. Marta se ocupó largo tiempo de estos frecuentes menesteres pero tristemente partió sin previo aviso. Cumplió por años celosamente con su responsabilidad en un rol casi patronal, hasta que una grave dolencia pulmonar le truncó la vida. 


La licenciada recurrió a una suerte de experiencia concreta de terapia cognitivo conductual. Descubriendo in situ cómo es esto de quitar meticulosamente el polvo y algunas atrevidas pelusas de cada rincón del coqueto consultorio. 

Abrir la ventana para airear el ambiente, facilitando el vuelo de los malos recuerdos, de los sufrimientos más dolorosos de lo necesario y de todas las frustraciones de sus angustiados pacientes. 

Entre suspiros, la pequeña y proporcionada mujer, poseedora de un temple inquebrantable, se toma el respiro y descanso de su ardua tarea con algo tan prosaico como el higienizar su bufete. El fregado, el plumero y la franela resultan una ocupación tremenda pero más grata que purgar las miserias y conflictos de los atormentados y sus patologías 

Sobre el coqueto secretaire la laptop que utiliza para sesiones virtuales. La pandemia de coronavirus obligó a cambiar metodología y ya no son presenciales las sesiones sino vía Zoom.

Llegado el horario de una sesión se acomoda en el sillón Luis XV, cala las lentes e inicia su meritoria terapia. La pantalla se ilumina. Establece la conexión de vídeo, cara a cara y voila. Aparece el rostro irritado de una cuarentona. Innecesario preguntar, se saturan los pequeños altavoces con la verborragia de la mujer.

¡Estoy desequilibrada, que digo, chiflada… estoy más que trastornada! Y te lo digo yo que no estoy facultada para diagnosticar. Magdalena con la mano derecha apoyada en el mentón pregunta con tono suave y tranquilizador que cómo es eso. 

¿Cómo es eso? Eso es que tengo a mis hijos desde hace más de cuatro meses en casa. Dejaron su departamento de estudiantes y aquí están cumpliendo sólo rol de hijos. En una suerte de hostel sui generis. Comen, duermen y hacen como que estudian. ¡Y sabés qué, mi querida psicoloca, el presidente quiere amesetar la curva, ¡¡¡le preocupa la curva!!! pero a mí me preocupa la curva de la ropa sucia… lavo, tiendo en la cuerda y junto… y siempre hay más… no se aplana mi curva de ropa sucia. Ni hablar de los horarios. El mayor con sus veintiséis añitos, con la boca llena de dientes porque ya no es un bebé aunque se conduce como tal, duerme profunda y relajadamente hasta pasado el mediodía en que una suerte de reflejo de Pavlov le recuerda que tiene apetito. Ayer entré a su dormitorio, me acerqué sigilosamente y le disparé certeramente un chorro de soda en la cara. Se incorporó como una yararacusú y me espetó que una madre no hacía eso. A lo que contesté que un muchacho de esa edad con testículos creciditos tampoco. 

La psicóloga, suspirando, intentó frenar el alocado discurso, pero vía virtual no es tan sencillo pausar el monólogo desenfrenado. Como bien reza el dicho hasta para dar es necesario que la hora sea propicia .Su intervención sesuda y reflexiva quedó en espera. 

La nena de catorce no me hace los deberes, bah hacer no me hace nada, pero antes de este mal bicho que nos cambió la vida al menos estudiaba. Y cuando no estudiaba el anhelo de ir a Disney para los quince servía para presionarla. Ahora tal como estamos no puede ir ni a la casa de sus amigas asique hay que soportarla en Tres Arroyos, aunque bien podría ser Tandil porque mi casa es el Calvario. Le llamé a la directora del colegio y le dije que la chica ya no quiere hacer las tareas por Internet, que me parece que se aburre, que a ver si le ponen pila las docentes como para motivarla. ¿Y sabes qué me contestó la muy fresca? Que el cuerpo docente está muy desmotivado… que a esta altura del año y con el Covid ya están muy agotados… 

Obviamente dije que entendía, que esperaba a su vez ella entendiera que yo iba a estar desmotivada para pagar la alta cuota mensual. 

Magdalena irrumpe rápida antes que retome su paciente y le pregunta qué clase de intervención tiene el padre en este escenario. La respuesta no tarda.

¿El padre? El padre sigue con sus rutinas, inmutable… y sólo se alteró cuando la carne de ayer al mediodía salió dura. Qué culpa tengo yo que el carnicero diga que es carne de novillito y esta no resulte lo suficientemente blanda para el paladar del hombre de la casa. 

Licenciada estoy harta, quiero que vuelva mi normalidad. No tolero un día más así. Abren la puerta si acaso salieron a estirar las piernas y la frase reiterada es “Má, ¿qué hay de comer?” Y se comen dos kilos de milanesas y todo lo que sobre la mesa se encuentre. Nunca el alivio de que haya un sobrante de comida para la noche y pueda yo pensar en un momento de ocio contemplativo.

La profesional acota dos o tres tips, intentando que la desquiciada pueda inferir por sí algunas ideas de negociación para que la rutina y convivencia familiar sean más llevaderas. 

La hora pasa… y pesa. 

Son muchos los años invertidos. Mucha la admiración y agradecimiento de los pacientes También el prestigio alcanzado entre colegas. Tiene un renombre que trasciende cualquier presentación o introducción. La ciudad donde vino a trabajar no es tan grande, es muy reconocida.

Pero está transitando el final de esta etapa. Tramitando el duelo de dejar el consultorio. 

Quiere para sí el tiempo, sin agenda ni reloj.

Quiere tiempos para su inquieto intelecto y profundizar por ejemplo de etología. Ansía espacios para su pasión por la lectura. Disfrutar del placer de leer sin prisa ni culpa. Seleccionar quién puede interrumpir su solitud y quién no. Porque aprendió a decir no hace mucho y de eso se trata ya a estas alturas. Pocas personas tienen el privilegio de estar dentro de su círculo de confianza y le bastan. 

“La información del Universo está intrínseca en todos los individuos” planteó Jung. Ella ya sabe demasiado. Está llegando su tiempo de años dorados. El reposo de la guerrera. Una eximia profesional de la psicología que lidió para guiar muchas psiquis a la liberación de sus permanentes y agotadoras contiendas.

Cuando quite el polvo del secretaire del consultorio por última vez tendrá muy claro que se retira de pie. Como los árboles, que aún castigados por las inclemencias permanecen erguidos… que aún con raíces cansadas y sufridas siguen dando bellísimas flores. 


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