El gobernador Axel Kicillof, el intendente Carlos Sánchez y Horacio Verbitsky

Desde la Redacción

Por Enrique Mendiberri

Perdón, me he vacunado

23|02|21 10:21 hs.

Cómo el “caso Ginés” y la falta de ética a la hora de aplicar una vacuna que sembraba más dudas que certezas según el color político del paciente, derivó en una masiva e inédita intención de recibir una dosis de la Sputnik V.


Para los argentinos que vivimos de escándalo en escándalo, nada más exitoso que un buen ruido para convencer a los más escépticos de aplicarse la Sputnik V contra el Covid-19. 

¿Acaso alguien imaginó que, según ciertas teorías del ajedrez del poder, “sacrificar” al ministro Ginés González García alinearía a la población detrás del ahora imprescindible deseo de vacunarse? Sin embargo, esa parece ser la consecuencia más palpable del “vacunagate”. 

El intendente Carlos Sánchez, al recibir la vacuna contra el Covid-19


Para entender este inédito fenómeno vale recordar la filosofía de hace unos días atrás cuando, sin ir más lejos, en nuestro distrito se vacunaron el intendente Carlos Sánchez, el director asociado del Hospital Pirovano, Alexis Pogorselsky, y la concejala Claudia Cittadino, todos con foto en la tapa del diario incluída, con la intención de demostrarle a los vecinos que “estaba todo bien” y que no había nada que temer a la hora de prevenir el contagio de esta maldita pandemia que rompió ilusiones, trabajos, proyectos y programas de miles de familias argentinas. 

A nivel nacional, hasta se habló de una campaña de vacunación de “famosos” (obviamente todos k) para alimentar la tendencia de parte de las huestes opositoras que, sobre todo en redes sociales, en el mejor de los casos, se reían de la “vacuna rusa” y sus probables consecuencias, a las que asociaban con ciertos aspectos siempre cuestionados de la gestión política del presidente Alberto Fernández.

El gobernador Axel Kicillof recibiendo la Sputnik V


Así, mientras la “grieta” ahora se ensanchaba entre “Kirchneristas pro vacuna” y “Macristas antivacunas”, tuvo que ocurrir algo que nos toque a todos por igual: la falta a la ética que todo funcionario no debe tener sobre los suyos.

La indignación surgió de manera progresiva después de la declaración de un referente de la comunicación oficialista como Horacio Verbitsky. Pero fue tan sorpresivo el impacto de la noticia sobre la vacunación al autor de “Robo para la Corona”, que ni el periodista que le recibió el testimonio en vivo se lo cuestionó. Ni siquiera de casualidad se le ocurrió preguntar “¿pero usted no tenía turno? ¿Recibió un favor?”. 

El periodista Horacio Verbitsky, con su columna radial del viernes, generó indignación y provocó el pedido de renuncia a Ginés Gonzáez García


Claro, si hasta ese preciso momento vacunarse “era de k” o de fanático que se mete cualquier cosa en el cuerpo con tal de sostener al líder. Recién empezaba a hacer efecto la publicación de The Lancet, esa prestigiosa revista de medicina que bendijo la Sputnik V e hizo reflexionar e ir marcha atrás a más de uno con sus dudas sobre la tan mentada efectividad de una de las variantes mundiales de vacuna anti Covid-19.

Y así, en el transcurso de las horas siguientes a esa entrevista en Radio Cut a alguien se le ocurrió apuntar a Ginés y acusarlo, “¿cómo tus amigos si y nuestros abuelos no?”. Como si fuera la primera vez que tener un contacto en Argentina no nos ayudara a zafar de algo. Pero en este caso, de la nada, se transformó en el final de la carrera política del ministro. 

De esta manera, la pelea entre kirchneristas puros que llegó a generar una violenta despedida de González García a la salida del Ministerio de Salud en la noche del viernes, terminó resultando la campaña más efectiva para el cambio de parecer de miles de opositores que encontraron un bálsamo en esa inesperada “interna”. 

Así, en medio de un rebrote de gataflorismo, empezó la persecución de los “vacunados” que ahora, sino son médicos o enfermeros, además, pasaron a ser VIP. Así, en La Nación llegaron a publicar una edición multimedia con la foto de funcionarios nacionales, legisladores, gobernadores y hasta intendentes (llegó a aparecer Julio Marini) que recibieron la vacuna. La publicación es objetiva, el contexto subjetivo. 

Entonces, buscándole el lado positivo a este tsunami de acusaciones y críticas, encontramos una sola consecuencia valorable: ahora todos queremos vacunarnos. 

Parece que atrás quedó el fantasma de un Putin que vendía al exterior lo que no aplicaba en su Rusia natal, los supuestos negociados del Ministerio o el payasito que contaba los muertos en plena cuarentena. Parece que la desconfianza a la vacuna rusa es historia y ahora desde el libertario más extremo hasta el progre que siempre quiso la inoculación, todos quieren su primera dosis. Entonces, el desafío parece que será el respeto de la fila, la eliminación de los privilegios y la confianza en que todo va a mejorar. Y si es con ética y responsabilidad, tal vez sea con mayor celeridad, si es que no faltan vacunas… Pero bueno, esa es otra historia. Tal vez el nuevo round de una pelea que no termina nunca en un país que, por lo menos en esta, se unió (contra los vacunados que no son de riesgo o esenciales, al margen de su color político) y no es para menos, todos queremos salvarnos la vida.   


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