La economía nacional sigue afectada por la inflación

Opinión

Editorial

Explicando lo del alfajor

20|03|21 18:57 hs.

Si ganás 100 y gastás 90, podés ahorrar 10; si ganás 100 y gastás 110, lo que te falta lo tenés que conseguir de otro lado, por ejemplo, de una tarjeta de crédito o de ahorros que tengas guardados. El problema surge cuando el gasto de más deja de ser una excepción y se convierte en costumbre. Es el inicio de los problemas. Se genera un círculo vicioso que termina mal, porque seguís gastando más alto que tus posibilidades reales y de pronto, en algún momento, los ahorros se agotan y las tarjetas se cortan, porque no las saldás completas, solo en un mínimo, que cada vez es mayor. La ficción termina, el cuento feliz se convierte en tragedia, en el mismo instante en que no podés pagar más. 


Probás con ajustar gastos, pero el cinturón nunca es suficiente. Arrancás con lo menos importante, pero los intereses de la tarjeta o del banco o el peso de no poder devolverle la plata a tu amigo o familiar, te matan la tranquilidad que te queda. Entonces seguís con lo importante. Pero tampoco alcanza, porque con suerte tus ingresos son constantes, pero la bola que generaste no deja de incrementarse. 

 Y si tu conducta micro se repite a un nivel macro, lo mismo termina ocurriendo con los países. Pero ellos tienen un recurso más: fabrican plata. De ese modo compensan la que no generan de verdad exportando, vendiendo a otros países, produciendo cosas o vendiendo servicios. El punto es que ese papel, el dinero, necesita un respaldo. Vale lo que vale, porque hay algo detrás que lo determina así. Las reservas, se llaman. Deben ser muchas y tener una paridad con la cantidad de papelitos con cara de próceres que tenemos en los bolsillos o digitalmente. Las reservas están compuestas, en nuestro país y en muchos otros, principalmente por dólares y si cada vez necesitamos más papeles criollos (pesos) para comprarlos, significa que nuestra moneda vale menos. Los salarios también. Quizá, como alternativa, pedimos dólares prestados para evitar eso (que luego hay que devolver, claro). Pero si producimos poco y vendemos menos, no ganamos los dólares suficientes para dárselos nuevamente a los que nos los prestaron y por si fuera insuficiente, los pesos que necesitamos para comprar esos fascinantes billetes verdes, cada día son más. ¿Entonces? Estamos en un problema severo. 

Se produce menos; se exporta menos; el crédito se encarece; el dinero local se devalúa; los precios suben; los salarios apenas compiten con la inflación; el empleo se destruye, los comercios cierran y la esperanza, esa idea de que el futuro va a ser mejor, se esfuma. 

 Esta historia repetida, que cada día deja más heridos, más tullidos, más desahuciados, es sencilla, adolece de sofisticación. Se podría argumentar acerca del mundo, de factores extranjeros, de grupos de poder, de corporaciones, del individualismo o de la naturaleza del planeta en el que vivimos. Todos o algunos, complotados contra el país. Podría haber lugar para ello. Pero, en rigor de verdad, la historia circular en la cual está presa la economía y sociedad argentina, no tiene un único hacedor. 

Hace unos meses (diciembre de 2020) el dueño del diario Perfil y también periodista, Jorge Fontevecchia, entrevistó al ex ministro del Interior Rogelio Frigerio, quién se expresó con una enorme sinceridad ante una reflexión de su entrevistador, en la que este descreía de la afirmación de que el peronismo era la causa de los problemas argentinos. “…Tiene que ver con algo que le ocurre a toda la dirigencia política: la falta de humildad. Si desde la recuperación de la democracia lo único que hacemos es retroceder en todos los indicadores económicos y sociales, probablemente lo más lógico sea que todos tengamos alguna cuota de responsabilidad en el fracaso. Probablemente no la misma; hay quienes gobernaron más que otros, quienes tuvieron más bonanza al momento de gobernar y hay quienes se equivocaron más…”, decía el ex ministro. 

Lo escrito al comienzo de esta editorial fue un intento de poner en palabras sencillas lo que viene ocurriendo en el país de manera circular y repetida. Intentando, al escribirlo, desentrañar la paradoja argentina, que pasó en menos de un siglo, de poseer un destino excepcional a debatirse entre la pobreza y la frustración. 

 Buscando explicar lo que para Frigerio es responsabilidad de la clase política argentina, sin excluirse él mismo de su propio veredicto. Y de la sociedad que la elije también. Tratando de encontrar la manera de responder a cuestiones más pueriles y cotidianas, pero no por ello menos importantes, como las de un adolescente de 12 años que intenta comprender por qué necesita más papeles y con números más altos, para comprar su alfajor de siempre.  


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