El Campo

Ganadería de punta: el valor del personal

Tracción a sangre

28|03|21 01:27 hs.

El factor humano es determinante para lograr que los números den en verde en la Estancia Malele, en la bahía de Samborombón. Con suelos inundables, pocos recursos forrajeros y difícil acceso a agua de calidad, el éxito del planteo y de la apuesta genética depende del complejo manejo ejecutado. El veterinario Ariel D’Angelo cuenta cómo es el día a día



Hace 23 años, el veterinario Ariel D’Angelo recibió la propuesta de transformarse en el encargado de la estancia Malele. El ofrecimiento era todo un desafío. Desde lo personal implicaba irse de su De La Garma natal al partido de Tordillo, pegado al de Dolores, en el último tramo de la cuenca del Salado. Desde lo profesional era domar un campo de cría de parecía indomable: 12.000 hectáreas, la mayoría de ellas inundable, flaca oferta forrajera, un solo sitio para conseguir agua de calidad, y lograr mejorar y estabilizar el rodeo en 4.000 vientres. 
Ariel aceptó el desafío y en 1998 se instaló con Eugenia, su novia por aquel entonces hoy ya su esposa, en la casa de la estancia que la familia Vizzolini había adquirido tres años antes. Se puso al frente, entonces, de un equipo de trabajo compuesto por una decena de empleados, varios de ellos criados en el propio campo. Y con el impulso de las inversiones en infraestructura y en genética afrontadas por Arandú el proyecto empezó a evolucionar. 
“Acá hay un sello distinto, acá se hace genética. Para nosotros, los que estamos en la comercialización, es muy fácil rematar hoy cuando entra un lote de Arandú”, dijo el consignatario Roberto Mondino en el día de campo que Rústico organizó hace dos semanas justamente en Malele para lanzar el año.
La elección de la estancia por parte de Sergio Amuchategui nada tuvo de casual. “Queríamos que muchos de los compradores de estos terneros, vengan a ver cómo se producen, cuáles son sus madres, porqué muchas veces terneros que supuestamente vienen de provincia de Buenos Aires en tierras que uno cree extraordinarias, salen de aquí y terminan siendo los mejores novillos. No son animales sufridos, sino que tienen el concepto por el cuál nació Rústicos: son animales para cualquier campo”, explicó el mentor de Rústicos. 
“El grupo humano que se ha formado en Arandú es el pilar o la primer pata de la empresa. Sin ese factor humano que tiene la empresa, esto no se puede llevar a cabo. Esa es la realidad”, sentenció Federico Vizzolini a la hora de hablar sobre las razones que hicieron que un campo “difícil” se potenciara.

Hay equipo
Qué mejor entonces que escuchar la voz de Ariel D’Angelo en una apretada síntesis de cuáles son las pautas de manejo y cómo es un día en Malele. “El grupo está compuesto por 10 personas incluida la cocinera. Lo más interesante es que es gente con mucha experiencia y mucho conocimiento del campo, la mayoría ya estaba cuando llegué. A eso se le suma el respeto y el orden a la hora de trabajar”, comentó el veterinario padre de Ezequiel y Valentino, nacidos ya en Dolores. 


Ariel D’Angelo conduce desde hace 23 años el equipo de trabajo que se ocupa de las 4.000 vacas que se reparten en el extenso campo de la familia Vizzolini


El capataz de campo es Miguel Junco, quien junto a Pedro Vega son las dos manos derecha que Ariel tiene en Malele. Todo el personal durante la semana vive en la estancia.
“La rutina de trabajo es de lunes a la mañana a sábado a las 14. Pero los martes y los jueves se van a la tardecita y vuelven al otro día. En época de parición hacemos guardia los fines de semana”, describió Ariel. En verano, el día de trabajo en la estancia comienza a las 6, un poco más tarde en las otras estaciones del año.
“Junco y Vega se reúnen en la oficina y planifican la actividad. Ahora, por ejemplo, estamos organizando los destetes, qué lotes vamos a encerrar, y se arranca”. El capataz le da las órdenes a los seis empleados a caballo y el engranaje se pone en marcha. En tanto, Vega, se encarga de controlar la fumigación, a la cuadrilla de alambradores y otras tareas que se estén realizando. 
Ariel reparte su día entre el campo y las tareas de oficina; mientras que Eugenia colabora ocupándose de los bancos. La gran extensión de la estancia y la cantidad de hacienda que hay en producción obliga a que se cumpla hasta el mínimo detalle la planificación. 
Tras el descanso del mediodía, la misma rutina se cumple a partir de las 14, cuando se programan los trabajos de la tarde hasta la caída del sol. 

Al potrero
En los momentos de parición y luego el servicio, cada empleado tiene su sector del campo y un rodeo asignado. “Se les encarga unas 500 vacas a cada uno y él se hace responsable. Y cualquier cosa que pasa, le tiene que avisar al capataz. De esa manera yo puedo individualizar los problemas”, explicó el veterinario.
Después están los momentos de trabajo grupal, como ahora, que llevan toda la hacienda a la manga para el destete, el tacto y el análisis de los toros. “El movimiento de la hacienda siempre es con arreo, no hay otra manera, y hay que tener en cuenta que para traer los rodeos que están sobre la costa hay que recorrer unos 25 kilómetros. Porque si bien hay dos mangas, la de mayor actividad es la que está ubicada en la entrada de la estancia”.
Malele es un rectángulo de 27 kilómetros de largo, dividido por una calle central, pero que en muchos momentos del año no puede ser transitada ni por camionetas por el tipo de suelo. Es más, los últimos 10 kilómetros hay que recorrerlos sí o sí a caballo y sabiendo muy bien por dónde pasar. “Ahí empiezan las riachas de agua salada y se arman cangrejales”, contó Ariel. 
El campo está dividido en unos 30 potreros de diferentes extensiones. Los que están cerca de la ruta 11, en la mejor zona, son de entre 150 y 200 hectáreas, mientras que los que están sobre la costa son de 800, 900 y 1.000 hectáreas. “A los potreros que dan a la bahía va la hacienda parida cuando ya tiene un ternerito logrado de unos 80 / 90 kilos. Los llevo ahí porque en la primavera y el verano son campos muy buenos para darle un empuje al ternero y a la vaca para el servicio. Pero no para la parición, porque son muy sucios, de mucho pajal”, indicó.
Aunque hizo una aclaración clave: “La que va ahí es la hacienda criada en Malele o la que ya está adaptada al campo. La vaca que se compra la dejo adelante uno o dos años para que se adapte. Porque este es un campo muy duro y hay que tener un manejo aplicado. Y después sí, no tiene problemas, la podés llevar a cualquier lado”.
La asignación de los potreros es un juego estratégico. Hoy la hacienda ocupa los lugares que tienen mayor riesgo de inundación en el invierno, y se resguardan los potreros con menor posibilidad de quedar bajo agua para el momento de la parición.
“Aunque en realidad es algo muy relativo, porque si viene un año muy llovedor, las 12.000 hectáreas tienen riesgo de inundarse”, comentó. 
Ariel todavía tiene muy fresca en su memoria la inundación de 2017, en la que se murieron alrededor de 1.000 terneros. “Fue algo desesperante, estuve varias noches sin dormir por lo que nos pasó”, recordó. 


“El grupo está compuesto por 10 personas incluida la cocinera. Lo más interesante es que es gente con mucha experiencia y mucho conocimiento del campo, la mayoría ya estaba cuando llegué. A eso se le suma el respeto y el orden a la hora de trabajar”,


El agua
Con sólo un lugar en las 12.000 hectáreas de donde extraer agua dulce, el manejo del recurso es una tarea fundamental en Malele. “En el único sitio donde hay agua de calidad es pegado a la entrada, sobre la ruta 11. Nos encargamos solamente Pedro Vega y yo de todo lo relacionado a la provisión de agua, para evitar errores. En total hay 45 kilómetros de caños, contabilizando todos los ramales que van llegando a los tanques”, dijo Ariel.
El problema principal es que la cañería es de 1978 y es de fibrocemento, entonces hay que cuidar que no se pase la presión porque se rompen los caños. Por eso es complicada la logística. Pero también lo es porque hay que ser muy meticuloso en el cuidado del recurso. 
Ariel hace 15 años convocó a un geólogo, para hacer distintos estudios y saber de qué manera se podía cuidar el agua. “La conclusión fue que teníamos que hacer pozos distanciados 50 metros entre sí, que no superen los 12 metros de profundidad y no sacar más de 5.000 litros por hora de cada pozo. Por eso hay ocho bombas sumergibles prendidas que chupan un poco cada una para no elevar la napa de agua salada que está más abajo, porque si la llegás a elevar, no la bajás más”, detalló. 
“Es algo que te demanda atención, no prender muchas bombas a la vez por la presión y controlar de no pasarte en la extracción de cada pozo”, agregó. En un año normal, el bombeo de agua comienza en octubre y finaliza en abril. Los meses restantes los animales toman de los charcos del campo. 
“Este es un campo complejo, a mí me llevó más de 10 años aprender a resolver todas las particularidades y acomodar el sistema de trabajo. De todas maneras, hoy sigo aprendiendo y modificando cosas, sobre todo en lo que tiene que ver con el manejo del agua”, reconoció Ariel. 
“La clave es la dedicación, el amor y la pasión que uno le pone”, llegó a decir antes de despedirse a las apuradas. Tenía que empezar a supervisar la carga de los terneros vendidos en febrero. Ya lo dijo él, una de las claves de Malele es el respeto a lo planificado y a los horarios pautados. 


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