Opinión

Por Jorgelina Ouwerkerk

El lobo y el cordero

28|03|21 10:00 hs.

Había corrido más de una hora por el parque aquella fría, aunque soleada tarde. Los ocres de otoño eran su despeje. 


A su regreso, luego de darse una revitalizante ducha de agua tibia, se preparó su tazón cerámico con grandes trozos de frutas frescas, cubriéndolas con dos cucharadas de yogur natural. Comió en silencio. Tenía una extraña sensación en la boca del estómago hacía ya meses. 

Llenó un pocillo con tilo previamente preparado y endulzado con miel y se lo llevó consigo al living, donde le gustaba sentarse a leer sus novelas policiales. Encendió el mini parlante portátil, clickeó el youtube en su móvil, y activó el bluetooth: "Música ultra relajante para calmar la mente y meditar, con ondas alfa" anunciaba el título. 

Dejó encendida solo una tenue luz que iluminaba la pecera gigante del lateral izquierdo de la sala, y se recostó sobre el sillón de dos cuerpos entrecerrando los ojos por unos instantes. De pronto recordó su tisana; bebió un sorbo, pero estaba demasiado dulce y casi fría y la suspendió. No tenía bríos para ir a calentarla de nuevo. Se acomodó como si estuviera dentro de una hamaca paraguaya. El sillón se hundía a su peso y la rodeaba, como abrigándola. Y de a poco empezó a aflojar el cuerpo sumida en sus pensamientos. Esta vez no necesitaba siquiera la novela. 

Instantes más tarde una voz suave le susurraba palabras dulzonas al oído, mientras percibía una mirada azul, tan azul que la perdía hasta que le oyó decir “enseñan barbaridades”. Y recordó. Y se paralizó. Y quiso levantarse de ese sillón que la retenía y huir de eso tan malo que sabía la acechaba. Con todas sus fuerzas intentaba moverse, tenía que lograrlo. 

Ese ser nefasto estaba ahí. Y ella debía hacerlo desaparecer por el bien de la humanidad y por el suyo propio. 

Poco a poco movió su torso hacia adelante y logró impulsarse afirmando bien los pies sobre el gélido suelo. Como si flotara en la luna se acercó muy despacio a la cocina y tomó de uno de los cajones la cuchilla de punta más afilada y volvió sobre sus pasos. Era una situación extraña. Caminaba lento casi sin tocar el suelo. Su descomunal fuerza interior le decía que lo tenía que terminar de una vez, pero su cuerpo no acompañaba a sus deseos. 

“Tenía que mentir para defenderme”, “sueño todas las noches que la estoy violando”, “yo no lo saqué”, “enseñan barbaridades”. Lo escuchaba, y por otro lado seguía viendo ese ser disfrazado de cordero. ¡Bien sabía ella que era sólo un disfraz! 

Le costó lo que le pareció una eternidad llegar hasta él, y mientras lo hacía empuñó el cuchillo con toda la fuerza de la que era capaz, levantó su brazo derecho, con extrema violencia lo incrustó en su pecho y lo retorció de un lado a otro. La figura cayó pesadamente sobre la avejentada alfombra persa. Él en ningún momento luchó, no se resistió. No podía ser real lo que estaba viviendo, pero estaba ahí, sangrando, a sus pies… 

El ruido de una alarma en la calle la sacó del ensueño, transpirada, agitada, exhausta. Y sus lágrimas bañaron sus mejillas. 

De día o de noche, siempre era lo mismo; esa figura maléfica acechando. Pero esta vez había sido tan real… 

Cuando por fin amaneció y se dispuso a desayunar mientras leía la página del periódico local en su celular, una noticia cautivó su atención. Había sido hallado muerto en su casa un hombre de mediana edad, de profundos ojos azules.

Según los peritos, el occiso habría sufrido una brutal puñalada en el pecho, que, retorcida con saña en el lugar, le habría sacado el corazón fuera del tórax. En la pared con grandes letras rojas decía “Justicia al abusador” 

Y ella por fin se sintió aliviada al descubrir que los sueños a veces se hacen realidad, aunque no siempre de la manera que los soñamos. 


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