Peter y Hannie Polhuijs

Sociales

Los hermanos Peter y Hannie Polhuijs

El colegio, un segundo hogar

04|04|21 09:35 hs.

La familia de Peter y Hannie Polhuijs llegó a Argentina en 1949 y un año después su padre abrió una fábrica de premoldeados en la esquina de Liniers y Azcuénaga de nuestra ciudad.


En 1951 Hannie se contagió de polio por lo que aislaron en el campo a su hermano y a todos los chicos de barrio por ser una enfermedad muy contagiosa. “En estos tiempos de Covid 19 recuerdo muy bien lo que es estar incomunicado”, recuerda.

Fueron las lecciones de ballet que tomó con el profesor Jacka hasta los 17 años las que la ayudaron para desarrollar sus piernas afectadas. “Éramos miembros de la Iglesia Reformada que en esa época era muy estricta y mi padre tuvo mucho que explicar porque yo tenía que bailar y eso era pecado como muchas otras cosas inofensivas”. 

En 1955 se mudaron a una vivienda de la calle Primera Junta al 300, frente a la Ruta 228, a una cuadra del Colegio Holandés que se convirtió en su segundo hogar. En 1952 Hannie ingresó con seis años a la institución y su hermano Piet lo hizo un año después. 

Llegaban caminando al colegio, pero no iban solos. “Por las mañanas muy temprano nos venían a buscar las chicas mayores de Griffioen y Buldain desde su casa en calle Azcuénaga. Era una larga caminata.... Y éramos demasiados pequeñitos para ir solos”. 

Por las mañanas la rutina escolar correspondía al programa oficial y por la tarde aprendían durante dos horas el idioma holandés. 

“Cuando nos venimos a vivir a la casa de Primera Junta, fuimos vecinos de Marta y Mabel Lamas. Yo iba al colegio todos los días con Mabel. Y después del colegio nos veíamos en nuestras casas para jugar”. 

Hannie desempolva hermosas anécdotas, “algunos fines de semana invitaba amigas que tenían que quedarse a dormir en casa porque vivían en el internado. ¡Qué diversión! Mi hermano hacia lo mismo y mamá nunca se oponía. Todo era posible en casa”. 


Grado De Hannie


El internado 
Hannie recuerda que “el colegio tenía un internado donde vivían los chicos holandeses que venían de afuera. También había alumnos de padres holandeses que asistían a clases, pero no se quedaban en el internado porque era demasiado caro, entonces vivían en pensiones o con familiares”. 

A los chicos que se quedaban internados y vivían en el campo, sus padres los pasaban a buscar los viernes para que pasaran en familia el fin de semana, pero los que vivían en Buenos Aires , Mar del Plata y Bahía Blanca se quedaban todo el período escolar en el internado y sólo volvían a sus casas durante las vacaciones. 

Las maestras 
“Me acuerdo de mi primera maestra Waterdrinker era bastante exigente, pasábamos todo el día en un saloncito muy chiquito e incómodo. Mi vida cambió en el segundo grado con la señora Teresa Tiemersma. ¡Qué amor de maestra! ¡Cómo quería a sus alumnos! Fue un placer aprender de ella”.

 Otro de los docentes que menciona es al “Señor Roberto”. “Era buenísimo, amaba a sus alumnos tenía un gran sentido de humor. Olga Tierno fue una maestra severa, pero muy buena enseñando”. 

Meester Selebos fue el maestro de Hannie y de Piet en 4° grado. “Me acuerdo sus historias, sabía contar muy bien, daba las clases bíblicas también. “A veces me parecía un poco injusto porque cuando le pedíamos jugar afuera contestaba: “Lo tenía planeado, pero ahora que me lo piden no lo haremos. Y nos daba mucha que rabia”. 

Piet fue un asiduo visitante de la dirección, meester cuando se portaba mal, lo agarraba del mentón y lo sacaba del salón mientras le decía: “¡Don don, afuera! Lo mismo con otros alumnos que hacían travesuras. “Me acuerdo muy bien que una vez mi madre intervino furiosa, fue a ver a meester y le dijo: La que castiga a mi hijo soy yo”. 

 Durante la tarde los alumnos recitaban los salmos en holandés de memoria. “Llegábamos con el himnario a su escritorio y comenzábamos a decir los versos. Muchas veces se dormía, ¡pobre lo cansado que tendría que estar! pienso ahora. Así leíamos nuestros versos sin que se diera cuenta. Después de 10 versos nos daba una figurita”. 

Piet tiene muchísimos recuerdos, uno de los más lindos es el que comparte para LA VOZ DEL PUEBLO. “Durante las vacaciones íbamos al colegio y encontrábamos al Maestro Slebos preparando las clases para el próximo año y se pasaba el día guardando cosas y leyendo artículos. Nosotros a veces íbamos a ayudarle. Siempre trabajaba en un aula grande que estaba completamente llena de papeles y libros que había que ordenar. Todavía recordamos las historias que nos contaba cuando encontraba un libro o un artículo que le parecía interesante para nosotros”.

 El último año de escolaridad primaria la cursaron con la señora Olga Tróccoli “Fue fabulosa. ¡Qué maestra! Tuvimos contacto con ella durante muchísimos años más porque fue profesora de geografía e historia en el Colegio Nacional al que asistimos”. 

La rutina escolar 
Los días se iniciaban al izar la bandera, los alumnos cantaban una canción conmemorativa a la enseña patria y lucían sus guardapolvos bien blanquitos y almidonados. “Piet nunca lo usaba”. 

Para Hannie esa ceremonia fue”un rito que nos daba la estructura y la seguridad tan necesaria para jóvenes”. 

 Los juegos 
 Los alumnos se reunían al mediodía para jugar a las rayuelas, al matador, buscando hoyos con arañas. “Poníamos un palito y las sacábamos para que pelearan. ¡Qué cruel!, pienso ahora”, reflexiona Hannie. “Patinábamos, caminábamos en zancos, luego almorzábamos en el comedor del internado. ¡Cuánto orden había en esa organización! 

La mayoría del alumnado era descendiente de holandeses, también asistían algunos chicos del barrio. “Tenemos los mejores recuerdos del ambiente, la amistad, el cariño, la ayuda durante nuestro paso por el colegio”. 

Asistieron a los famosos picnic que los holandeses de Tres Arroyos organizan desde la década del ´60. “Asado con chorizos, alfajores, queso y dulce, el inolvidable mate, canciones y juegos de los que nuestros hijos también tienen los mejores recuerdos”. 

Internados 
 En 1956, cuando los hermanos Polhuijs tenían 10 y 9 años sus padres se fueron a Holanda a visitar a sus parientes y los dejaron en el internado. “¡Qué cambio para nosotros! Dormir en una sala con muchas chicas…Pero ¡cómo nos divertimos! Me acuerdo que a veces aparecía el meester, de puntas de pie, silenciosamente y nos pescaba charlando entre todas en una o dos camas. ¡Qué mala suerte! Nos retaba y nos mandaba al comedor. ¡Qué horribles eran esos desayunos de Quaquer con agua, color verdoso. Pobres los que siempre comían así! Nosotros estábamos muy mimados por nuestra querida madre, ¡pero a todo uno se acostumbra!. Aprendí a tomar el mate cocido a la tardeque preparaba una señora italiana”. 

Más allá de Tres Arroyos 
A Hannie le fascinaban las procesiones desde la Iglesia Católica. “Nosotros no participábamos, pero yo me colaba de la ventana para verla pasar y me encantaban las canciones. Hoy les canto el Ave María a mis nietos”. 

Hannie terminó la secundaria en 1963 y se fue de viaje a Holanda para conocer a su familia, había visto a sus abuelos cuando los visitaron en Argentina. Una vez en el país de los tulipanes Holanda decidió quedarse a estudiar en ese país. “Quería elegir por una cultura y no sentirme siempre marginada. En Argentina no era holandesa, holandesa, pero tampoco argentina. Me costó mucho acostumbrarme a Holanda y extrañaba horrores. Cada vez que pude visité Argentina. El año que estudié antropología en la Universidad me fui a Chile para hacer una investigación y pasé por Argentina”. 

Piet se radicó en Holanda en 1965 y comenzó a estudiar en ese país. Extrañó mucho a su Patria que siempre siguió siendo Argentina. 


Grado De Piet


Trabajó en empresas internacionales, vivió en muchos paises: Zaire (Congo) , Korea del Sur, México. “No me costó adaptarme a otras culturas”. El año pasado visitó Tres Arroyos con su hijo y nietos, y el año anterior con su hija Els, dos nietos y una nieta. Regresó al Colegio Holandés con Popi Verkuyl con su familia.“Les pude contar mucho sobre aquellos tiempos tan distintos”. Actualmente reside en Barcelona. 

“Nosotros tuvimos muchas oportunidades en nuestras vidas gracias a la mentalidad y el empeño de nuestros padres. Pero la base fue en Tres Arroyos, en ese hermoso colegio con un grupo bárbaro de maestros al mando del fantástico meester Slebos. Nos dio la base para participar en cualquier lado, somos multiculturales. Fue una experiencia que nos dio ventaja para toda la vida”.

Hannie vive en Amsterdam con su marido. Tienen tres hijos varones. “Trabajamos mucho, pero ahora llevamos una vida tranquila, cuidando a los tres nietos que tenemos”. 

Estuvieron en Tres Arroyos para el cincuentenario del Colegio Holandés en 1996, llegaron con su padre y regresaron en 2006 para compartir otro festejo de la institución. 

 La madre de ambos falleció hace ocho años y su padre en el 2003. “Ellos vivieron en Brasil, pero los últimos 20 años estuvieron a media hora de nuestra casa y hasta el final lo pasamos fantástico”. 

Los hermanos siguen en contacto con compañeros de la primaria y secundaria. “En este colegio nos formamos y establecimos amistades con chicos que ahora casi 70 años después todavía son nuestros amigos. Algunos viven en Holanda, pero la mayoría están en Argentina y gracias a Internet estamos siempre comunicados”. 

Finalmente Hannie y Piet afirman que “tenemos muchísimo respeto y cariño para todos los maestros y trabajadores, los de antes y los actuales. Todos han hecho de este colegio uno grande, conocido y con tan buena fama por sus profesores y por tantos alumnos que pasaron y pasan por él. Dios los bendiga”.