Alicia Hoffmann posa su mirada en el cuaderno y recuerda su vida (M. Hut)

Sociales

Alicia Hoffmann de Jensen, 33 años en el Holandés

Lazos de tiza

03|04|21 22:11 hs.

Por Valentina Pereyra

“Gracias por todo Alicia”, dijo el maestro. 

Su figura la impactó. Una nochecita el hombre altísimo, de gesto serio, tocó el timbre de su casa. La niña abrió y levantó la vista hasta el límite entre la sombra del visitante y el cielo. Con acento argentinizado preguntó por su mamá y pidió pasar a hablar con ella. Fue el primer contacto que tuvo la niña con el colegio.

Alicia Hoffmann de Jensen nació el mismo día que el Colegio Holandés a una cuadra de la “Quinta de Ferrario” en el cuadrante entre Alvear, Istilart, Olavarría y Pellegrini. La institución cumplió 75 años, ella 78. 

 El forro de papel algo ajado en los márgenes envuelve un cuaderno que descansa sobre la mesa del living de su casa. Acompaña a una bandeja donde se apoyan dos tazas naranjas con ribetes dorados que le regalaron cuando se casó. En otro ángulo, el libro que está leyendo “Amores Inmigrantes” de Diana Arias y el álbum del 50 aniversario del Colegio Holandés. 

“Cuando falleció mi mamá –Elvira de Hoffmann- me di cuenta que había muchas cosas de la familia que no me había contado. Entonces pensé que para no olvidar nada lo mejor era escribirlo”. Sin dudarlo puso manos a la obra. Hojas entintadas de azul y decoradas con letra bien legible descargan sus vívidos relatos infantiles, profesionales y de familia. 

El hombre alto, trajeado y delgado entró a su casa, se sentó con su madre, habló con ella y acordaron el ingreso de Alicia al Colegio Holandés. “En ese entonces la institución no estaba incorporada a la enseñanza oficial y yo había cursado primero inferior y superior-en un año- y segundo grado con las maestras Valderrey de forma particular. Para ingresar a la educación formal tuve que rendir examen, pero no tenía la edad para el tercer grado, así que repetí segundo”. Apoya el cuaderno sobre sus rodillas y pasa la hoja.

Al día siguiente de la charla entre su madre y el director Cornelio Luis Federico Slebos un taxi estacionó en su casa de calle Alvear. “El maestro vino a buscarme muy temprano en un auto, ¡todo una novedad!”. Alicia tenía que validar sus saberes antes de ingresar a la educación formal. Llegaron a la Escuela N° 5 donde rindió la prueba que acreditaría sus conocimientos. “Estaba nerviosa y meester se dio cuenta, así que decidió ayudarme. Se sentó atrás y me dictó los resultados de las cuentas hasta que muy amablemente lo hicieron salir del aula y seguí asustada, pero sola”. Los buenos resultados que obtuvo le dieron el pase al Colegio Holandés. Era el año 1950. 

“En un salón estaba segundo, tercero y cuarto grado con dos maestros, la señora Alicia González y el señor Roberto Zijlstra. Quinto y sexto grado lo hicimos con la señora Olga Tierno. Egresé de sexto en el año 1955. Roberto fue mi maestro, mi colega, mi director y mi ayudante en secretaría”. 

Meester Slebos preparó un gran festejo el día que llegaron a los 50 alumnos del que Alicia participó. “Cuando me jubilé en 2005 había 800 alumnos entre los tres niveles”. 

En el corazón del barrio Residencial, una manzana cercada por alambre y ligustro verde, bien verde, albergó una escuela con un aula de 6 por 8 metros, dos aulas de 4,40 por 6,50 metros, un hall de 4,25 por 6,50 metros. Los bancos de las aulas eran dobles y de madera. Todos con uno agujero para el tintero que la maestra o algún ayudante completaba con tinta que se compraba en frascos grandes de un litro. El edificio contaba con dos baños para alumnos y una vivienda –el antiguo Chalet de Ferrario- utilizada como internado. “Los chicos pupilos cenaban a las seis de la tarde y después hacían deberes. A mí me daban permiso para acompañarlos porque en mi casa no había enciclopedias y allá podía encontrar toda la información que necesitaba, también hacer los mapas con tinta china y plumín”. 


El patio interno y el ingreso a los salones, lugares que tantas veces Alicia recorrió (M. Hut)


Repasa con el índice unos renglones hacia atrás y lee. 

Los actos escolares se hacían al aire, cerca de la calle Olavarría, en un camino interno rodeado por una glorieta. Los bancos del comedor constituían el escenario al que se montaban los alumnos para recitar prosas y poesías. Cuando el frío impedía las representaciones al aire libre el tabique divisorio entre dos salones se levantaba para recibir a la familia. 

Los alumnos del Colegio Holandés participaban de los actos patrios que se festejaban y conmemoraban en la plaza San Martín. Los abrigos no estaban permitidos, el blanco del guardapolvo tenía que ser la base inmaculada de la escarapela. “Don Juan Verkuyl invitaba a los abanderados, escoltas y la delegación de unos 10 chicos a La Perla -en la calle Colón- a tomar chocolate caliente con masitas después del acto. Así compensábamos el frío”. 

Apoya ambas manos sobre las hojas, levanta la mirada celeste y lee. 

En 1960 estrenó su guardapolvo blanco de recién recibida. Comenzó la carrera docente en el Colegio Holandés hasta 1964 cuando decidió dejar de trabajar y dedicarse a Alan, su hijo mayor, que estaba por nacer. Un año antes, en vísperas de su casamiento, alumnos y compañeros de trabajo organizaron su despedida de soltera en una de las aulas del colegio. Los diez años siguientes los dedicó a la crianza de sus hijos, Alan y Miriam, a la vida en el campo y en otras localidades lejos de Tres Arroyos. 

De vuelta al pago, en el año ‘74, recibió un nuevo ofrecimiento del colegio de su barrio para hacer distintas suplencias por nacimientos y por viajes. 

“Meester pocas veces iba al salón a ver cómo dábamos clases sino que se sentaba en los bancos al lado de los chicos para mirar los cuadernos. Con dos o tres líneas dibujaba alguna hoja y así ‘visaba’ la tarea”. 

Incorpora el cuaderno a la pila de libros que yacen sobre la mesita del living. 

La mayoría de los alumnos vivían en el campo, eran vecinos o parte de la colectividad holandesa. La estadía en el colegio toda la semana se hacía larga y los más chiquitos necesitaban mayor contención. “Me encuentro en el banco con Ticho Groenenbeg -hoy concejal- que me grita: ¡Hola seño Alicia, nunca creíste hasta dónde pude llegar!”. La titularidad le brindó experiencia docente, fue casi una madre con los niños que dormían en el internado. “A Ticho siempre lo recuerdo, porque cuando escribía la palabra mamá en el cuaderno, escondía la cabeza entre los brazos y lloraba, tenía seis años y extrañaba su casa”. 

En marzo del ‘77 sonó el timbre de su casa como en la década del cincuenta, atendió y levantó nuevamente la mirada con la que recortó la silueta de su maestro. Slebos la fue a buscar, esta vez, para que fuera su secretaria, cargo que ejerció por 28 años. 

La tinta de las palabras en su cuaderno se quiebra como su voz, la salud del maestro flaqueaba. 

Representante Legal 
Las comunicaciones no eran inmediatas, para recibir normativas e instructivos los y las secretarias de todos los colegios de gestión privada tenían que viajar a recibir las directivas, tanto para los propietarios de las instituciones, como para su personal. Salían de Tres Arroyos en combi hacia Necochea, Tandil, Azul, Bahía Blanca, Buenos Aires. 

Alicia representó a la Comisión Directiva ante la Asociación de Escuelas primarias, fue el canal de comunicación en situaciones con los supervisores, para notificar novedades o leyes nuevas. El cargo no la soltó tan fácilmente y aún después de jubilada ejerció unos años más. 

 Actas de creación 
Alicia participó de la creación del Jardín Semillitas y del Nivel Secundario del Colegio Holandés, las actas fundacionales llevan su firma como representante legal de la Comisión Directiva. 

“Tuve recuerdos buenos y pocos malos, no se puede negar que hubo situaciones que no me gustó que hubieran pasado, pero a cambio, conocí mucha familias, tuve hasta los nietos de mis primeros alumnos y los míos en la escuela”.

Veinte años antes había participado de la creación de “El Fanal”, al que llamaban “el huevo” por el formato del primer edificio que se construyó como salón para usos múltiples y gimnasio. 

Para poder concretar su construcción Slebos preparó una cartulina en la que dibujó ladrillitos y la colgó en el hall de ingreso al Colegio Holandés, al lado de la estufa. Puso una alcancía frente a la chimenea y un cartel que invitaba a la donación de veinte centavos a cambio de ladrillos. Cada colaborador accedía a un ladrillo con su nombre en la cartulina. “Compré uno y fui también parte de esa edificio”. 


fotos Marianela Hut


 Secretaria 
“Tuve la suerte de hacer lo que me gustaba y con amplia libertad de parte de mis compañeros y directores. Estoy muy agradecida con la colectividad de la que me siento partícipe. Después de tantos años puedo decir que tuve un trabajo agradable, me sentí libre para cumplir con lo que tenía que cumplir”. 

Entre las tareas en las que meester la entrenó aprendió a confeccionar planillas de sueldos, boletas de cobro, libros de actas. “Hacía a mano por cuadriplicado, con dos carbónicos las boletas de cobro y cada familia tenía distinto arancel, los que tenían descuento por familia, si iban o no a la tarde, si estaban pupilos o medio pupilos, si tenían comedor. Todas las boletas diferentes y hechas a mano”. 

Sirve el café y convida amaretis, toma el cuaderno y con los dedos presiona las hojas. 

Los legajos docentes se apilaban prolijos sobre unos estantes que por falta de espacio colgaban sobre el baño y en un depósito. “Un día se rompió un caño y se mojaron los legajos de los maestros”. Hubo que improvisar cordeles sobre la cocina a leña del internado viejo para secarlos. Justo ese día llegó un inspector y solicitó visar esa documentación, “así que hubo que llevarlo a la cocina para que los viera, el mío lo tengo todavía medio arrugado”. 


Sus manos hojean el cuaderno donde están volcados sus recuerdos (M. Hut)


Relee las últimas páginas, pero decide volver unos párrafos para atrás. Meester Slebos estaba enfermo, uno de los primeros síntomas fue una afonía que hizo difícil la comunicación. Por eso decidió escribir papelitos en los que manifestaba lo que necesitaba. “En cierto momento recibo uno que decía: ‘Estoy afónico, pero no sordo’”. 

Alicia empezó a notar que su maestro desmejoraba y trató de aprender rápido. “Recuerdo que después de un acto en la plaza del 17 de agosto en el año ‘77 cayó en cama, luego se fue a Buenos Aires hasta que volvió meses después a Tres Arroyos. Lo veía cansado, hacia los cantos para los casamientos, la liturgia para los domingos, la contabilidad… no era muy ordenado, tenía mucho trabajo y pilas de carpetas, así que muchas veces andábamos buscando las ordenes de Alfa que se traspapelaban”. 

Los primeros días del mes de enero del ‘78 Alicia volvió de Claromecó a Tres Arroyos para hacer las planillas de sueldos. Después de trabajar saludó a su maestro que descansaba mirando el parque. “Gracias por todo Alicia”, le dijo. 

“Me contó su hija que fue lo último que pronunció en voz alta. Unos días después falleció. Cuando murió, su esposa Tante Lidia, me dijo: “No te pongas triste, él no lo hubiera querido”. 


El aljibe original de la Quinta Ferrario, donde se emplazó el Colegio Holandés (M. Hut)


 Ser feliz 
La conducción y dirección del colegio recayó primero en el maestro Roberto Zijlstra y luego en Geraldine Slebos de Bongarrá. 

“Geraldine tenía un don, era abierta para los chicos, una forma muy especial de ser, jamás levantaba la voz, solo contaba con sus dedos y todo el mundo hacía silencio. Los hijos de meester vivieron un tiempo en el internado y fue difícil compartir a sus papás con tantos otros chicos y además, porque en realidad, era como si fueran realmente los papás de todos, no fue fácil para ellos”. 

Alicia no se jubiló del colegio cuando se jubiló del trabajo, siguió yendo, como abuela, como representante legal, como amiga. “Siempre estoy al tanto de lo que pasa en el colegio. Trabajé disfrutando de mi trabajo, algo que no todos pueden decir. Disfrute toda una vida en el colegio, 33 años dentro de esa manzana”. 

La contratapa de su cuaderno cae sobre la pila de hojas y la tinta espera un nuevo despertar.  

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Recuerdos. Anécdotas
Recuerdo. Anécdotas. El puntero que el señor Roberto Zijlstra, maestro de grado, usaba para señalar el pizarrón y como correctivo. El resultado inequívoco de una muy buena guerra de almohadas la noche anterior era la larga hilera de alumnos que marchaba hacia la dirección del colegio desde el edificio del internado. “Hep, hep, doncito”, decía messter al son del golpecito de su mano sobre cada cabeza. 

El ruido rasposo de los trozos de mármol gastándose en el cemento para dar forma a las payanas. Los autitos que pasaban silbando por los angostos pasillos, hechos con las horquillas -con las que las abuelas se recogían el cabello- y monedas. Las arañas que trepaban por los palitos que los alumnos metían en las madrigueras. La soga, el elástico, las bolitas, la poda de los árboles que se constituían en las mejores chozas. Recuerdos. Anécdotas. 

El aroma a mandarina delataba a los alumnos que partían resignados hacia la dirección después de guerrear con el fruto que nunca dejaban madurar. Recuerdos. Anécdotas. 

Las kermeses recibieron el nombre de “Bazar” y comenzaron en los pasillos y las aulas del colegio. Juegos como la tómbola o embocarle al sapo, los remates de canastas con comestibles cocinados por las chicas solteras que los muchachos corrían hasta lograr la cena esperada con la cocinera. Algunos hacían trampa y se pasaban la descripción de sus canastas para concretar la cena en el patio del colegio. 

La nota cultural de los bazares la daba meester Slebos con su stand de libros. Recuerdos. Anécdotas.