Opinión

Tema de mujeres. Secretos de amigas

Victorine

04|04|21 11:33 hs.

Por Raquel Poblet 


En las entregas pasadas conté vidas estrafalarias de amigas mías. Conté la historia de Katerina y Rigoberto, que trocaron su cómoda vida burguesa por las inclemencias de la calle. Conté la aventura de Tatiana Ramira, una chica a la que quiero mucho y que llevan ella y sus amigas el complejo de ser mujeres-jirafas o jirafezcas mujeres; conté la historia de Pilar, de cómo ella se supo proteger de la inseguridad suburbana, y detallé con bastante rigor el ascenso social de una conocida mía que luego de trabajar duramente para una familia acomodada, pudo volver sana y rica a su chaco natal. Ahora presento la vida de una amiga que tengo y que vive en el siglo XIX. Ella así me lo cuenta, es ella la que habla. Quizá hoy su vida nos parezca estrafalaria, pero no lo es. Y estoy segura de que en su época tampoco lo era. 

Victorine No te asombres al verme desnuda junto a Monsieur Gustave y Monsieur Ferdinand. Ese día vino conmigo mi fiel Alexandrine. Ella ha preferido portar la túnica de sedas blancas que yo misma le confeccioné. Alexandrine ha elegido la vida entre caricias al igual que yo. Juntas compartimos el apartamento de alquiler de la rue Descartes. Tú sabes cuán dura ha sido mi existencia anterior. Cuando núbil, mis padres me casaron con el dueño de la Posada de Rennedón, Jacques, el gigante fortachón, una bestia de trabajo, generoso y bonachón. Generoso con sus vecinos y clientes. Pasadas las tres de la mañana se ponía a alegrar las copas de los parroquianos, y ahí debía estar yo, esperándolos y sirviéndolos hasta el amanecer, para disponerme luego a fregar las vomitadas y los orines que descargaban por doquier. Dormía poco, muy poco. La posada quedaba reluciente luego de mi trabajo. Y ahí llegaba Jacques, que muy bonachón era con su anciana madre y sus beatas hermanas, pero luego a mí me asestaba golpes, algunos en las mejillas, otros en el abdomen. Causas, las había. A veces, luego de la dura faena de la noche y la mañana, yo quedaba algo deprimida y distraída para cocinarle su tortilla con café. De todos modos cumplía con mi marido. A mis catorce años ya fregaba y guisaba como una experta ama de casa y madura y cocinera de la corte de Luis XV. Y perdona si nombro a un monarca. No he querido hacerlo. Se ha escapado de mi boca. La experta y madura cocinera que yo era, a veces quemaba la tortilla o hervía el café. A veces, no llegaba a tiempo la provisión de huevos, leche, hierba y harina, lo que provocaba demora en las viandas y el estómago insaciable de mi vigilante marido, crujía. Esas eran las causas de las furiosas golpizas de Jacques. O, más bien, eran los hectolitros de vino que él consumía junto a sus clientes lo que lo energizaba hasta la exasperación. Todo ese esfuerzo mío se traducía en unos magros napoleones que debía emplear en la compra de enseres y vituallas para la casa en que vivíamos y que se hallaba en el piso alto de la posada. Mis vestidos fueron tornándose harapientos, pero mi cuerpo, todavía adolescente, seguía reluciente. 

Así fue mi vida matrimonial. Una lucha contra mi cansancio, una resistencia sin claudicación para soportar las iras del gigante Jacques. 

A mis diecisiete ya estaba yo sumida en la costumbre y bien adiestrada para la faena y la violencia diaria. Cierta vez, una moza blanca, de larga y oscura cabellera castaña, se presentó en la puerta de la posada. Me pidió conchabo, y, por supuesto, la acepté sin dudar. Éramos dos para fregar, guisar y servir. Mi pequeña Alexandrine fue siempre muy solícita, dispuesta y comedida. Sabía también soportar los golpes del gigante y sabía devolverlos también. Jacques, a veces, y gracias al efecto del ingente alcohol, quedaba rendido en la lucha y éramos nosotras las que teníamos que acarrearlo desmayado y golpeado hasta el lecho. 

Fuimos entrenándonos en golpes, patadas voladoras, arañazos, mordidas. Más de una vez tuvimos también que luchar contra clientes beodos, que eran casi todos. Desde el alto mostrador de estaño yo saltaba por el aire hasta alcanzar la araña de madera que pendía del techo y patear los cráneos alcoholizados. A veces los reunía con mis tobillos y pies golpeando una cabeza con otra y lo hacía con tal fuerza y destreza que no teníamos más remedio que enterrarlos en la yarda de atrás de la posada. Ahí yacen unos cuantos. En algunos, la ingesta de vino había sido tan cuantiosa que la tierra se teñía de un morado bermejo, color que subsiste en ese lugar hasta el día de hoy.

Una noche cálida, vino un primer cliente. Llevaba un saco marrón, de muy moderna usanza, un pañuelo marrón anudado en el cuello de su camisa blanca y blancos pantalones también. Su cabellera castaña abundante parecía continuarse en una barba con forma de U y unos bigotes muy simpáticos completaban el adorno de su fisonomía, muy acorde a estos tiempos napoleónicos. Con acostumbrada caballerosidad tomó mi codo, que en ese momento estaba desnudo, y rozándome el antebrazo hasta sostener mi mano, me dijo: “Bella Victorine, se habla mucho de ti en la ciudad. Ven con tu amiga a la hora que quieras para dar un paseo. Puedo pasar a recogerlas con un coche de alquiler. Me llamo Gustave. Vendré con mi amigo Ferdinand de Leenhoff.”

-Oh, Caballero, me compromete.
Alexandrine, que había oído todo, se adelantó coqueta y le contestó: 
-Permítame darle una respuesta el día pasado a mañana. Debemos resolver un asunto primero. 

El curioso Jacques vio, y quizá, hubo oído algo de la contestación. Antes de que viniera a amenazarme, cosa a la que ya no se atrevía mucho, le alegré un vaso con el más potente de los ajenjos. Ya estaba harta yo de luchar a lo bruto. Alexandrine adivinó mi estrategia y yo adiviné la de ella. El ajenjo era nuestro aliado. Al amanecer, antes de preparar yo la tortilla, el cuerpo de Jacques dio su batalla final contra el letal bebedizo. Alexandrine y yo lo enterramos en la yarda de atrás, junto a los otros. Y mi vida cambió completamente. La posada quedó a cargo de la anciana madre, que, aunque longeva, resultó más alcohólica que su hijo. Las dos beatas bobas se le unieron. Prometí, y lo mantengo, no osar mirarlas a la cara ni saludarlas. Y lo mismo mi fiel Alexandrine. 

Mi existencia reposa en una nube de pétalos, siempre unida a mi amiga en esta coqueta buhardilla de la Rue Descartes. Gustave vino a buscarnos con su amigo Ferdinand ese día y, ¡oh! nos llevó a conocer París. Por primera vez superé el derredor de la posada. Recorrimos el Seine, cruzamos el Pont Neuf, nos besamos en un bote, vimos artistas, acróbatas y músicos. Gustave es cariñoso, galante, buen mozo. Sabe los mejores versos de la lengua francesa y por las noches me los dice al oído con su voz grave y profunda. Ferdinand es histriónico y locuaz como mi querida Alexandrine y se aman con locura. A veces intercambiamos los lechos. Ferdinand es un jovenzuelo movedizo y me da felicidad, pero nunca tanta como mi amado Gustave. Alexandrine también goza de mi Gustave como una mariposilla con su sabroso polen. Mis días se emplean en la costura de livianas prendas de mujer; en la confección de fina lencería, en tejido de encajes y hasta pasamanería. Sólo coso para mis amigas queridas. 

Una vez, pasó por la Rue de Micheaux, Monsieur Devín, el viejo proveedor de leches y huevos. Quedó embelesado al verme en mi nuevo aspecto comprando cintas e hilos en la mercería de madame Monier.

-¿Oh, Joven Victorine,-me dijo con expresión cariñosa- ya no luchas más? 
- Por supuesto que no.   

Y es que, realmente, vivo entre caricias. Caricias embriagantes, caricias surgidas de la tierra, caricias como pétalos. 

Ese día en Argentuil quise quitarme la ropa para sentir la caricia de la brisa del río. Nuestros compañeros prefirieron mantener sus ropas de dandies. Soy y he sido muy feliz en la hierba junto a mis amantes ese día verde de verano. 


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