Opinión

Escribe Sergio Manganelli

Poema 39

04|04|21 14:04 hs.

La arena de los relojes 

hizo crecer el desierto. 
No digas que aquí hay silencio, 
podrás decir que no oyes.

Ismael Serrano

Me voy 
nos vamos 
marchándome bien lejos 
de amparo y asesinos, 
sin llaves en la puerta
ni voltear la mirada, 
sin ticket de primera 
ni remedio asumido, 
ni premio al maletero, 
o pan para el camino. 

Ni compás, ni bitácora, 
como cuando vinimos, 
con palabra de honor 
y razones de peso, 
sin abrir el paraguas 
ni alimentar al perro, 
ni atarse los cordones 
o putear al destino. 

Casi humo o marea, 
viento de sudestada 
o trenes de regreso. 

Me voy 
nos vamos 
sin pensar 
ni sufrir 
la estrechez del servicio, 
lo breve del abrazo, 
el precio de estadía, 
ni las muelas del juicio.

Sobrevolando el fango 
de la última llovizna, 
a pulso 
por calles del suburbio, 
donde el futuro 
tiene la mirada aturdida, 
donde las sombras 
son caridad de la luna, 
estampita sin dios 
en las manos de un chico,
avispa alucinada 
que estrella los cristales, 
con ahogo de llanto 
o la furia de un grito. 

Me voy 
nos vamos 
algo de ustedes 
se viene conmigo, 
un poquito de vos 
se dormirá en mi siesta,
tu sonrisa 
en agosto 
me aliviará del frío. 

En procesión marchamos, 
abrasados de soles 
y abrazados por ríos. 

Para extrañarlo todo, 
sin pena y sin rencor, 
feliz por el sendero,
alerta por la fiesta 
de colores que viene, 
desde un lugar incierto 
del que soy peregrino.

Me voy 
nos vamos 
con verbos y murmullos,
flores silvestres 
y rescoldos aún tibios, 
hambre de amor 
y leche de destierro, 
lo que nos dieron 
o nos despojaron, 
pan nuestro 
de día por medio 
y horizonte espejismo. 

Con pelusa de dicha, 
miguitas de turrón 
en los bolsillos, 
pero ni un puto céntimo,
hartos del buffet froid 
y el bobo consumismo. 

Sobre veleros 
de la Plaza Francia, 
con pena a sotavento 
y un padre sin mirada
que se tragó el olvido. 

Me voy 
nos vamos 
antes que se nos pudran 
las manzanas, 
o el cuerpo acalle 
el pecado carnal del optimismo, 
sin que el silencio 
hiele la cama del delirio, 
agitando sábanas de hospital, 
una niñez trapecio 
y alegrías sin red, 
ante el abismo. 

Sin exigir respuestas 
ni deshilar motivos, 
con el último sorbo 
y el beso fugitivo, 
un golpe de timón, 
casi volcar la copa 
sobre el lienzo extendido. 

Cruzar la línea fatal 
en las baldosas, 
caer al surco 
como semilla estéril, 
que el viento apuesta 
a añoranza u olvido. 

Me voy 
nos vamos 
solos y en multitud 
paso tras paso, 
con canciones de cuna 
y ataúdes de espanto, 
con ecos que se apagan 
o agitando los brazos. 

Radiantes y jodidos,
intrigados o cautos, 
sin pólizas ni lágrimas, 
sin pudor y sin mito, 
ni rabia, ni milagro,
solos 
con nuestro atado de confusión 
y huesos carcomidos. 

Me voy 
nos vamos 
con mentiras piadosas 
y verdades suicidas, 
como ebrias golondrinas
aleteando en los bares, 
entre la multitud que envejece 
en las plazas, 
bajo puentes infectos 
y en mercados con prisa. 

Me voy 
con una escala tierna 
sobre su geografía, 
sombra del más acá,
revolución de sangre, 
torbellino en las venas, 
colofón y morada 
en medio de sus piernas,
que retienen palabras 
y prolongan latidos. 

Y ser un huerto,
un charco, 
un recuerdo, 
un racimo. 

Para ya no volver
—mi corazón y yo— 
porque nunca estuvimos.

Sergio Manganelli 


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