Infografía: DIB

Policiales

Informe Especial

Los dos disparos a quemarropa a Glasman y la sospecha de un sicario

10|04|21 19:25 hs.

Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB


Al reconocido médico Felipe Glasman lo ejecutaron a sangre fría a metros de su Renault 11 TS rojo. Fue en el frío invierno de 2002 cuando el asesino, tras un intercambio de pocas palabras, le disparó de corta distancia. Fueron dos proyectiles calibre 9 mm que impactaron en el cuerpo y en la sien. 

Su humanidad terminó boca abajo y quedó con la cabeza en el agua que corría por el cordón, en esa noche donde la lluvia caía de manera copiosa en Bahía Blanca. Glasman murió camino al hospital, mientras el homicida, vestido con ropas oscuras, huyó del lugar en un Chevrolet Corsa gris. 

Unos testigos, desde lejos, pudieron ver la escena y aportaron datos a la Policía que llegó al lugar. Allí encontraron, entre otros objetos de valor, la vaina servida de un proyectil con la inscripción “F.C. Luger”. Este tipo, Federal Luger, ya no se vendía en las armerías de la ciudad, lo que hizo pensar que el atacante podía ser un forastero. 

El “sicario”, como lo definió horas después del hecho el entonces gobernador Felipe Solá, se tomó unos segundos entre el primer y segundo disparo. Es decir, tras el certero balazo en el pecho, se acercó aún más y lo remató, a quince centímetros de distancia, con un tiro en la cabeza. Todo un “profesional del hampa” que no podía dejar nada librado al azar. 

Glasman, de 67 años, era secretario general de la Asociación Médica de Bahía Blanca. Profesional de alta exposición pública, era crítico del manejo del hospital local y del PAMI, y el día del ataque, el 28 de agosto, había firmado un acuerdo con la obra social para eliminar el cobro de un plus.

Cuando eran pasadas las 20.30, dejó su consultorio y caminó rumbo a su auto, estacionado a siete cuadras del centro bahiense. Allí, antes de subir encontró la muerte. Cuentan los que lo conocieron, que era un administrador del sistema de salud que no admitía negocios turbios. Y la “pelea” en la que estaba metido, de acuerdo a una investigación del diario La Nueva Provincia, movía anualmente unos 100 millones de pesos. Esto es, unos 27 millones de dólares, por ese entonces. 

Descartado ya en las primeras horas el móvil de robo, todo apuntó a las actividades del médico, quien también mantenía disputas con ex empleados de los hospitales de la Asociación Médica y un conflicto con los directivos de un establecimiento privado. Además, había un fuerte conflicto entre la entidad de la que era secretario y el Consorcio Integral de Salud Bonaerense (Cisbo), integrado por el municipio local, por la competencia entre ambas entidades en la prestación de servicios médicos a los jubilados. 

Además de la Justicia, por el personaje reconocido y el dolor que generó en la sociedad, hubo intervenciones directas del ministro de Seguridad bonaerense, Juan Pablo Cafiero, y los familiares hasta contrataron a un comisario retirado para que investigara en forma paralela.

También la Asociación llegó a ofrecer una recompensa para quien aportara datos certeros sobre el asesino. Sin embargo, un año después no había ningún detenido y solo sospechas de por qué lo mataron.

Lo que sí se habían propagado eran amenazas contra personas cercanas a Glasman, cambios en declaraciones de testigos y cartas documento contra periodistas que estaban detrás del tema.

Cayó el “carnicero” 
Recién en 2006, Vicente Colman (49 años), ex marino de la ESMA y que se definió como un “simple carnicero”, fue detenido al ser considerado aquel hombre vestido con una gabardina oscura que vieron en la escena del crimen. Entre las numerosas pruebas que apuntaban a su responsabilidad, figuraba el Corsa gris que la Policía le secuestró, un vehículo similar al que testigos vieron que el homicida se subió aquel invierno de 2002 para escapar. 

Curiosamente, el detenido había sido demorado horas después del asesinato en Tres Arroyos por conducir con exceso de velocidad, pero lo liberaron en tiempo récord por la Policía previo pago de una importante suma de dinero. 

La familia de la víctima siempre apuntó al crimen por encargo, vinculado a los intereses del negocio de la salud y a funcionarios corruptos que atacaba con sus denuncias. Pero la línea de investigación del fiscal Cristian Long, para los hijos de Glasman (no para su viuda), no fue la ideal. Pese a eso se llegó en octubre de 2008 a un juicio condenatorio. 

El Tribunal en lo Criminal (TOC) 1 de Bahía Blanca condenó a “Tito” Colman, ex agente de la SIDE, a 27 años por “homicidio simple”, con el agravante de haber sido cometido con el uso de un arma de fuego. Sin embargo, para dos magistrados, Mario Burgos y José Luis Ares, no existieron pruebas de un crimen por encargo, algo que para el otro integrante, Enrique Montironi, sí. 

Al revisar el fallo, el Tribunal de Casación Penal bonaerense bajó la pena a 23 años, pero tanto este órgano como la Suprema Corte de Justicia provincial consideraron que no se probó la participación de un ideólogo o de “alguien que haya pagado” para la consumación del asesinato. 

Colman sigue preso en la Unidad 4 de Villa Floresta, y una pregunta sobrevuela Bahía Blanca: ¿pudo venir alguien del Gran Buenos Aires a la ciudad y pegarle dos tiros a una persona sin tener una motivación específica? Pasaron el juicio, varias instancias de revisión pero a casi 20 años esa respuesta no está. (DIB) FD