La cara en el retrovisor, la foto que lo empezó todo

Sociales

La casa embrujada 2

Qué ves cuando me ves

25|04|21 11:18 hs.

Por Valentina Pereyra

Fotos y producción Marianela Hut 

El rostro aparece en el retrovisor.

La cabellera enmarañada de Erik también se refleja. 

Un ojo verde y otro celeste se fijan en los suyos, marrones.

Erik al volante. Sofía en el asiento de atrás, saca la foto que la revela. 

No se puede penetrar el silencio sin consecuencias. No se puede interrumpir a los que descansan. 

La vieja casona de la estancia “Don Armando” no siempre estuvo deshabitada. Los Pinnel disfrutaron del campo que supo tener hasta 100 caballos, miles de cabezas de ganado, sembrados y abundancia. Don Miguel murió en el lugar y su hija, Susana, la predilecta, lo cuidó hasta su último suspiro. 

Otras familias dieron vida a esas paredes, hoy descascaradas, antes lucidas y resplandecientes. Otras familias festejaron entre sus glorietas, disfrutaron del jardín bien iluminado por bombitas alimentadas con el motor instalado en la casa del cuidador. Otras familias, dicen, hicieron bailes gloriosos, como en el que cantó la mismísima Libertad Lamarque. 

Una foto, fue una foto de la casona que atrajo la desgracia. Una foto que circuló entre los jóvenes y los alentó a visitarla, a pasar las rateadas en el sótano o a jugar un fulbito en el enorme galpón central. Fue esa foto, la primera, la que robó el fotógrafo que ingresó sin permiso, la que la desnudó. 

Otra foto confirma la leyenda que niegan los sucesivos habitantes de la casa. Ninguna familia propietaria vio vírgenes, o fantasmas, sólo búhos que huían asustados de la presencia de intrusos. La casa quedó sola, la abandonó el destino. La vegetación y el dolor de la despedida se mezclaron con la algarabía de verano y los encuentros familiares. 

Los visitantes furtivos la desmembraron, le quitaron todo, menos el alma. Esa está, intacta. 

La foto la desvela. 


La tranquera, vista desde la calle. Allí los jóvenes, dentro de un vehículo, capturaron la imagen que los marcó para siempre


Sofía recibió como regalo de cumpleaños una cámara compacta Olympus roja. Se la había pedido a sus padres porque según ella, la necesitaba para rendir el final de plástica. La joven no sabe lo que su cámara captará ese 4 de octubre de 2008.

La previa se hace en lo de Sofía. Cursa el último año de la secundaria y eso se festeja. Vienen Juan y Ceci, su novia; Erik, Tommy y Fran. La anfitriona invitó a Mariana y a su hermana Carolina. La Barrita, el boliche de moda, abre a las 2 así que hay unas horas para charlar y tomar algo antes de ir a bailar. Erik trajo el Volkswagen Gol que le prestó su papá, al que previamente lavó y lustró. Ceci y Juan llegaron en El Chevrolet Corsa de la familia, el chico tiene el carnet desde principio de año. 

En el garaje de la casa de Sofía suena “Gotas de agua dulce” de Juanes hasta que las chicas ponen el CD de “Don’t stop the music” de Rihanna y discuten si la música latina, si la internacional. Tommy, Fran y Mariana conversan sobre un nuevo trago que probaron el fin de semana pasado mientras Sofía pone un paquete de papas fritas sobre la mesa y los demás buscan en sus mochilas las cervezas y snacks que van a consumir antes de salir. 

Fran y Tommy abren las sillas de playa que los padres de Sofía guardan en el fogón y se sientan, los otros ocupan los bancos de madera largos que rodean la mesa extensible que está cerrada. Parece una noche como otras. No saben que no la van a olvidar nunca. No imaginan que ella los va a mirar.

Erik les cuenta sobre la Casa Embrujada, dice que sabe dónde queda y que ya estuvo ahí varias veces. No le prestan mucha atención, las chicas están ocupadas en organizar la salida y los varones comentan el picadito que jugaron en el Lawn Tennis esa misma tarde. 

Marina escucha a Erik y les pide que se callen. Dice: ¡Paren! Erik insiste: ¿No fueron nunca a la Casa Embrujada? 

El grupo no toma en serio las palabras de su amigo que comienza a relatar lo que sabe sobre el lugar. Dice Erik: Queda en la avenida San Martín al 3000, pasando el puente, unos 300 metros más o menos. Para mí es pura joda, yo fui y nunca vi nada. Vayamos, podemos entrar y sacar fotos, capaz encontramos algo. O a alguien, interrumpe Juan. O a alguien, repite Erik. 

Sofía corre hasta su habitación y desconecta la cámara que dejó cargando un rato antes. El grupo se organiza y sube a los dos autos. En el Corsa, Juan y Ceci, adelante y en el asiento trasero, Tommy y Fran; con Erik va Sofía, Carolina y Marina. 

Salen de Lavalle al 500, van hasta la calle Dorrego, doblan hacia la avenida Rivadavia, la cruzan y siguen por Bolívar hasta Ameghino, de ahí van hacia San Martín y le pegan derecho hasta la Ruta 3 que cruzan para seguir hacia su destino. Carolina dice: ¿Sofía, tenés preparada la cámara? Erik mira a la chica por el retrovisor y la ve blandir el estuche rojo de la máquina. No saben lo que captará la lente, sólo ven una cámara.

En el Gol, Juan y Ceci discuten. No sé a qué venimos, piensa Tommy que llegó al grupo de rebote, sólo porque juega al fútbol con Fran. El conductor sube el volumen de la radio, suena, “Lloro por ti” de Enrique Iglesias, Ceci lo baja y vuelve a decir: ¡Qué hacemos acá! Erik es un loco, ¿por qué le damos bola? Silencio. Ella no sospecha, pero tiene un pálpito. Lloro por ti, piensa.

Ceci tiene compañeros que fueron a la Casa Embrujada. Conoce la historia que contó Patricia -con la que comparte el banco de escuela- que fue en bici con su novio. Dijo que pedalearon hasta la estancia un viernes después de comer y que pasaron por arriba del candado, entre el poste del alambrado y la tranquera, primero ellos, después sus bicicletas. 

Avanzaron por el camino, no sabían que los vecinos lo llaman “El pinar de los Pinnel”, avanzaron sin saber nada de nada. El crujir de las ruedas de un carro los sobresaltó, el relincho del caballo que lo tiraba rompió la serenidad de la tarde de primavera.

Frenaron la marcha, esperaron unos segundos. 

En cualquier momento, el paisano que vieron de reojo arriba del carro, los iba a llamar, los iba a echar o peor, les daría con el rebenque por intrusos. No pasó. Ese minuto eterno, en el que se detiene el corazón y se desboca, los inmovilizó. Luego, giraron esperando el castigo merecido. Sólo vieron pinos. No había carro, tampoco caballos, menos el paisano vestido como en los años cincuenta, nada.

-Yo lo vi, dice Patricia. 
-Yo lo escuché, afirma el novio.   

La tierra o la atmósfera fresca de la tarde se habían tragado hombre, bestia y carruaje. Montaron sus bicicletas y regresaron sobre sus huellas, rápido, sin darse vuelta. No volvieron a girar la cabeza hasta que llegaron a la Ruta 3. Tuvieron que orillarse para respirar. Patricia y su novio fueron con el cuento a la escuela, pero nadie les creyó.

Ceci no lo sabe, pero presiente que debería tener en cuenta ese relato. Todos tendrían que haber tomado más en cuenta a Patricia y a su novio. Nadie les creyó.

Ceci piensa fuerte en aquella historia, tarde, porque ya llegaron.

Estacionan en el camino que enfrenta la tranquera del campo. Van a cometer un delito. Eso no lo piensan ahora, pero les va a pesar. Un arco de madera vieja y despintada les da la bienvenida. Las dos hojas bien labradas parecen fáciles de violar.

Y lo hacen.

Descienden de ambos vehículos, los varones saltan por encima de los viejos maderos que sostienen con alambre la tranquera, las chicas los siguen. Sofía lleva el estuche colgado al cuello que se bambolea al ritmo de sus latidos cada vez más fuertes. Toma la cámara entre sus manos. Nadie percibe su miedo. Tal vez suceda lo que teme. 

Avanzan entre las dos hileras de pinos, oscuridad y negrura, silencio. No ven por dónde andan, sienten a su paso la caída de los yuyos y el aplastamiento de la hierba. 

Erik y Juan llevan las linternas que sacaron de la guantera de sus autos, Tommy encontró una portátil adentro del cajón de pesca del papá de Sofía. Avanzan y llegan al descampado. 

Van en hilera, siguen la sombra de los álamos. A lo lejos algo brilla. Le luz de la linterna de Tommy choca con los últimos vidrios de la puerta de la casa, la de ingreso. 

Dos hojas de hierro majestuosas, una estructura que admitió el reparto de un colorido vitreaux se abre con solo empujar. El ingreso de los jóvenes ahuyenta a las palomas que emprenden vuelo y rozan la cara de Ceci que pega un grito. Mariana se agarra fuerte del brazo de Fran que se detiene en el último escalón de mármol antes de entrar a la Casa Embrujada. Sofía sigue con la cámara entre los dedos y el estuche golpea fuerte su pecho, va al ritmo de sus palpitaciones. 

El vals envuelve a las siempre vivas, a los pinos, se enamora de los gladiolos y de los cerezos, juega con el cabello suelto de las niñas que corren entre las mesas, enrojecidas por el sol del mediodía. Es la hora, dice ella. Llama a su padre y a su hija. Ambos, en el centro del galpón, bailan. La quinceañera sonríe tímida y su abuelo la abraza. Una de sus hermanas corre a buscar las tortas, están en el sótano. Su madre oscureció la cocina, como no ve nada, abre la ventana y baja. 


Las paredes descascaradas guardan recuerdos de otra vida y secretos de visitantes nocturnos



Frente a ellos, apoyada sobre una de las paredes despintadas, una hoja de la persiana verde de la ventana de la cocina señala el comedor con su sombra. Entran y ven el sótano. Erik dice: Bajamos. Ni loca, piensa Ceci que se aleja de Juan soltándose bruscamente de su brazo. 

Sobre los azulejos blancos que circundan la cocina, los rastros de hollín añejo. La linterna de Erik apunta primero al grafiti escrito con pintura roja, tal vez sea aerosol, luego hacia el sótano. Lee Erik: Ons Heemecht. Deletrea. El silencio se corta por la ráfaga que entra por el agujero donde hubo una puerta de servicio, la que da a la cocina.

El himno envuelve a las siempre vivas, a los pinos, se enamora de los gladiolos y de los cerezos, el himno suena y les recuerda de dónde vienen, quiénes son. “Su gente puede reclamar la felicidad. No hay sueños huecos: Si vives en una casa así, Qué bueno es estar en casa”, cantan.

-¡Vamos! Dice Erik.

Las tres luces bajan por los escalones que van hacia el sótano. Desde el último peldaño hacia el fondo la oscuridad es total. La tenue iluminación descubre escombros producto de algún derrumbe, la linterna de Juan lo descubre. Ya en suelo firme alumbran las paredes, ahí aparece. Creerán que otros jóvenes, antes que ellos, lo dibujaron. Pero no, más adelante lo entenderán. 

Un pentagrama pintado sobre el fino de una pared descascarada muestra varias notas musicales. Llaman a Sofía que baja a tientas con la poca iluminación que le ofrece Erik desde el fondo del sótano. Tommy la conduce hasta la pared y le pide que saque una foto. No se lee bien, se confunden las corcheas con las manchas de humedad, pero la joven pone el flash y gatilla. Se acerca más. Lee: “El ansia de independencia, desde la infancia pusiste en mí”. Se aleja, gatilla la imagen de la pared completa. Sílaba por sílaba encajan las palabras debajo de las notas musicales. 

Carolina les pide que suban, ya es suficiente, ya vieron bastante. Los del sótano emprenden retirada, Sofía, última, sigue con la vista fija en el pentagrama y cree ver otra mancha más cerca de la escalera. Extiende su mano y empuja la linterna de Erik hacia el lugar. Clavan la luz en la mancha y les parece ver una cara, el yeso cae sobre el rostro como un pañuelo blanco, Sofía levanta la cámara, pero su amigo le da un manotazo certero y se la quita. No imaginan que la volverán a ver.

Recorren el resto de la casa, circulan por el baño y la habitación que conserva en el límite del cielorraso una pintura maravillosa en forma de guarda. Van hacia el galpón, inmenso y mudo. Mariana les ruega la retirada. Mientras tanto en el hall, Ceci, Juan, Fran y Tommy cruzan la puerta de entrada y esperan en el jardín desierto de flores, cubierto de follaje. 

Erik no quiere salir, pero Sofía lo empuja hacia la puerta del fondo y desde ahí, rodean la casa hasta reunirse con sus compañeros. No saben que la vieron, aunque no la vieron. No saben que la van a llevar a casa, para siempre. 

Las luces de las tres linternas corren intermitentes entre las ramas de los pinos, se cruzan entre los cardos y se clavan en la tierra indicando el camino. 

Saltan la tranquera, corren y suben a los autos. Destellos azules y rojos estallan en la noche, vienen apurados del lado del puente. La sirena inconfundible de los patrulleros agita la ruralidad. Ceci dice: ¡Vamos ya, me la veía venir, nos metimos sin permiso! 

Juan sube al Corsa, arranca e intenta dar marcha atrás, patina y avanza por el camino opuesto a las luces.

Erik apura el encendido de su auto y Sofía apura la captura de la última imagen con la que dejarán constancia de su paso por la Casa Embrujada. Dispara. El Gol derrapa y su conductor maniobra para no chocar a Juan, ninguno de los dos enciende las luces.

Llegan a la primera bocacalle que encuentran y doblan. Ven estacionar a los patrulleros en la Casa Embrujada. No se puede entrar en la propiedad ajena, sabían que era un delito, pero zafan. 

La noche sigue de fiesta en La Barrita, bailes y silencio. Juan se enoja con Ceci. No lo saben, pero ya no serán novios. Tommy y Fran se miran de reojo. No lo saben, pero no volverán a jugar juntos al fútbol. Carolina y Mariana se quedan en su casa, lejos de los sonidos del silencio. No lo saben, pero ya no harán otra previa en casa de Sofía. Erik propone un encuentro para el próximo fin de semana. No lo sabe, pero será el único que irá. 

Sofía pregunta: ¿La viste? ¡No puedo creer que la tengas!

Erik regresa a la casa de Sofía el sábado siguiente, solo, nadie más quiso volver. Sin preámbulos buscan el cable para bajar las fotos y la notebook. Una vez en la computadora crean la carpeta: “Noche en la Casa Embrujada”. Terminan y se disponen a pasar una a una las imágenes obtenidas el fin de semana anterior. 

Aparecen las fotos de la previa, la de Tommy robando la portátil de su padre, la de los autos, el camino, el puente y la que Sofía sacó en el sótano. Juntos googlean las palabras que encontraron en la cocina: “Ons Heemecht”, Nuestra Patria, el himno de Luxemburgo. La frase debajo del pentagrama en el sótano, es parte de sus estrofas. Llegan a la última, la que Sofía tomó desde el asiento de atrás del auto. No lo saben, pero la van a ver. 


La cara en el retrovisor, la foto que lo empezó todo


Ahí estaba, con la vista clavada en ellos, el rostro nítido en el espejo retrovisor, el pañuelo blanco cubriendo su cabeza. Un ojo celeste y otro verde. No lo saben, pero ella no quiere que vuelvan. No van a volver.       

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El rostro en el retrovisor

El lugar es mágico y lejos de ser una frase hecha, manida, trillada o literaria, como se quiera plantear, la verdad es que es un lugar mágico. 

Tal es así, que sin querer queriendo, nuestras energías, la mía y la de la fotógrafa Marianela Hut, atrajeron otras energías. Las del más allá, o las del más acá, pero reveladoras.


Escondidos entre los árboles yacen los restos de la Estancia Don Armando


Un joven leyó la nota y recordó su experiencia en la Casa Embrujada, corrió hasta su computadora, abrió su mail, buscó en los recibidos de 2008 y encontró la carpeta de fotos que su amiga le envió tantos años atrás. Bajó la de la mujer. El secreto cobró nuevo sentido. 

El Whatsapp sirvió de medio para circular la imagen. El whatsapp de Marianela la recibió. 

Primera aclaración, “la foto no está trucada, en el auto estaban mis amigas y yo”, dijo el chico que la guardó en su computadora y siguió: “Fuimos a la casa, entramos, la recorrimos, sacamos fotos y cuando nos íbamos, mi amiga gatilló desde el asiento de atrás para llevarse la imagen de la tranquera de ingreso a la casa”. 

La segunda aclaración, “la foto la saqué -dijo la chica- con una cámara compacta Olympus, el 4 de octubre de 2008”. 

La tercera aclaración, “de ese día nos acordamos todo de punta a punta, es re loco que ahora, con la nota del diario, esto vuelva a salir”. 

La foto que se publica es la original, no sufrió ningún retoque, la historia que se cuenta en la nota es ficción igual que los nombres, pero todo basado en hechos reales que surgieron del relato de sus protagonistas. 

Lo que vendrá, sólo ella lo sabe.   


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