Vicente Di Rocco tiene 62 años y desde los 14 dedica su vida a hacer ladrillos

Sociales

Vicente Di Rocco, ladrillero

Tierra, aire, agua y fuego

02|05|21 10:32 hs.

Por Valentina Pereyra

Fotos y producción Marianela Hut 

Una lona negra de plástico cubre la materia prima. Varias cubiertas de auto sostienen los bordes de la lona negra de plástico. La materia prima asoma por el borde que levanta el viento. El viento azota sobre la cancha de ladrillos y los seca. El barro, el agua y la paja apisonados se cubren del viento que azota. La carretilla espera a la materia prima, el molde al barro y el hombre a que el sol, el aire y el fuego hagan lo suyo. 

Vicente Di Rocco tiene 62 años, aprendió a hacer ladrillos a los 14. Es el arte y el trabajo con el que crió, educó y sostuvo a su familia. Fue a la Escuela N°26 a la que también asistía su amigo Gutiérrez, un hornero ladrillero que conocía bien la actividad. Ya adolescentes, su compañero lo invitó a trabajar con la familia. A Vicente le gustó la fabricación de ladrillos así que se quedó. Lo primero que aprendió fue a cortar, trasladar en la carretilla, apilar… luego pudo hornear. “Empezamos a unas diez cuadras de acá, en otra quinta”. 

La quinta está iluminada, en el cenit, a 90° del horizonte, el sol descarga toda su fuerza de otoño sobre la gorra del hombre que se cubre la cara con una de sus manos. El barro delata su trabajo, presente entre sus dedos, en el ambiente, en los rectángulos perfectos que duermen desde temprano en el centro de la cancha. 


La lona negra cubre la materia prima que, a priori, se convertirá en ladrillo


Las plantas y las flores decoran el ingreso de su casa, esa a la que nombra rancho. El pasto bien cortado sirve de alfombra para su bien preciado, el jeep gris. Posa para la foto y declara su amor por el vehículo. Atrás, un carrito para trasportar caballos, habla de otra pasión. 

Su perro descansa a la sombra del tractor recién lavado. Ayer trabajó, pisó por horas y horas la mezcla que Vicente preparó para moldear, cortar, secar y hornear. Perro y máquina descansan del sol del mediodía. 

En Sadi Carnot al 3500 se cuecen ladrillos desde que Vicente habló con su padre y le pidió hacer un horno en esa quinta, en la que vivían. Desde ese día hasta hoy, la fabricación de ladrillos no cesó. 

Vicente levanta la lona, se arremanga, remueve el barro y carga dos o tres paladas a la carretilla. 

“Es un trabajo como cualquiera, ahora nos mató el ladrillo hueco y los bloques que traen de afuera, fue mermando la venta del ladrillo común que se hace con tierra negra, o colorada y se fija con el abono de caballo, de vaca o viruta. Esto es muy livianito, hasta un pibe la puede cargar”. 

Vicente tracciona la carretilla que lleva casi en el aire, muestra lo fácil que es transportar la mezcla hasta la pileta de moldeado. Apoya el adobe sobre una madera rectangular con dos divisiones exactamente iguales. Mete la mano en el barro, manos acostumbradas a esa humedad que se escurre entre sus dedos. Apisona con los nudillos, con la palma derecha, repasa por arriba la mezcla para que quede lisa y la recorta con otra madera del mismo tamaño que el molde. 

Con delicadeza lleva su obra hasta la cancha. Se agacha, dobla el lomo hacia la tierra apisonada y limpia. Apoya el molde y con maestría lo levanta. Dos rectángulos perfectos, de puntas angulosas completan la fila que comenzó esa mañana, cuando el sol empezaba a asomar entre los árboles de la quinta vecina.

El pisadero está en el centro de la propiedad, por ahora, porque la patrona le pidió que lo saque de ahí. Tiene varios metros de diámetro y está cubierto para que se mantenga húmedo. “Acá se hace el barro, en el pisadero, con cualquier tierra limpia, tierra, tierra, la preparo con tractor y pala. Antiguamente se pisaba con caballadas, yo iba a hacer el trabajo este a otros hornos con mis caballos, ahora se hace con el tractor. Agua, tierra y abono, que pisa el tractor hasta que tenga la consistencia como debe ser”. 

Después de tres horas de dar vueltas arriba del pisadero, baja del tractor y prepara la mezcla que cortará y pondrá en la cancha.

-¿Qué es la cancha Vicente? 
-¡La cancha, como la de fútbol, lo mejor que hay en el mundo, el fútbol! 

La cancha está a unos metros apenas del pisadero. Es un sector plano de terreno donde se ponen los bloques recién armados a secarse, está bien regada y lisita. A un lado, el tinglado que fabricó con chapas y maderas. 

Vicente va y viene con la carretilla, echa adobe una y otra vez sobre los moldes. Lo que deshecha lo sacude, cae sobre el barro que espera la transformación. 

Es un trabajo artesanal, de precisión. El verdadero arte es desmoldar sin que se desarme el rectángulo de barro. “Los mejores son los que tienen la punta bien angulosa, son para ladrillo visto. Aprender lleva años, siempre hay gente a la que se le puede enseñar. Hay que enseñarles a trabajar, hay que aprender a trabajar”. 


La secuencia. Vicente pone la materia prima en la carretilla, la transporta a la pileta de moldeado y allí, con sus manos, arma los ladrillos, que reposarán al sol durante algunas horas. Luego descansarán bajo un tinglado hasta entrar al horno. “Mirá que








El día de Vicente empieza a las 7.30 de la mañana. Al atardecer habrá 1500 ladrillos dispuestos sobre la cancha a la espera del proceso que completan otros pasos con la ayuda de la naturaleza y la paciencia. “La cancha debe estar completa desde la mañana temprano y a la tarde, cerca de las 17, ya se pueden apilar. Se trabaja más en el verano, se preparan las pilas para el invierno que no se hacen. Producimos en verano”. 

Vicente hizo la mezcla, los cortó, los apiló, ahora queda trasladarlos a la hornalla. “Tenemos que esperar que se sequen en el tinglado y recién ahí quemar. De tocarlos nos damos cuenta que están bien. Los cargo con un carro y de ahí crudos al horno. Se queman para que el agua no los atraviese.” 

El horno se va armando con los mismos bloques, tiene una forma trapezoide a un metro y medio del suelo o un poco más. Tiene dos boquillas: adelante y atrás. Vicente pone la leña en la boquilla y enciende el fuego que con ayuda del viento y del tiempo quemará todos los rectángulos de adobe de la pila. “Se cierran las boquillas y el fuego empieza a caminar. El fuego trabaja solo a lo que Dios salga. Quemás una primera camada y de ahí avanza”. 

El fuego se expande, el adobe, esa mezcla seca y compacta, se empieza a convertir en ladrillo. A medida que se queman se colorean, a los del medio les entra mejor el fuego, por eso son de primera, los que están abajo o afuera no reciben tanto calor, por eso no se usan para la venta, sino para arreglar las boquillas o mejorar el horno. “Los que están listos van al pallet y los de arriba y el medio son de primera”. 

Una hornalla tarda una semana para convertir el adobe en ladrillo, recién ahí están listos para la venta. “Ver cómo arden esos cinco días es un lujo, ver cuando se queman… aunque hay noches que no podemos dormir por el humo que se va para el lado de la casa”. 

“Y se dijeron unos a otros: Vamos, fabriquemos ladrillos y cozámoslos bien. Y usaron ladrillo en lugar de piedra, y asfalto en lugar de mezcla”. Génesis 11:3


Vicente levanta los ladrillos, los que tienen una cara blanca, esos son de tierra bien negra, los otros, los más rojizos de tierra colorada. “Mirá que hermosos son, mirá las puntas perfectas que tienen”. Los compradores pueden elegir, llegar al lugar y revisar con cuidado y con el asesoramiento de Vicente los mejores, eso sí, tienen que tener la plata porque experiencias anteriores lo hicieron desconfiado. “Alguna vez me jodieron, por eso ahora tengo cuidado. Trabajo mucho, tengo bien a los empleados, ahora viene un chico a ayudar que no falla una, es de fierro, pero yo no paro nunca”. 

Con la cara sobre la palma de su mano, el pecho apoyado en las últimas filas de ladrillos del horno, señala. La quinta, la cancha, el pisadero, las pilas, el tractor, el sembrado, el rancho. El sol pega y se revuelca entre las ráfagas del viento que lo acompañó toda la mañana. Vicente busca dos ladrillos, los levanta. Señala sus diferencias y dice: ¡Son hermosos! 

Tierra, agua, bosta o viruta, la materia prima que Vicente convierte día tras día en pan para su mesa, en enseñanza y en aprendizaje. 

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La mejor horneada


Di Rocco y su familia; junto a su esposa Nélida tuvieron ocho hijos


   “Mis ladrillos son de amor 
   de sacrificio y de sueños
   sauce lunero el empeño 
   y montielero el sudor”.

El cigarrillo le pasó factura hace dos años. Un infarto lo alejó del pucho y le dejó un stent. “Tengo que hacer ejercicio, dejé el cigarro, pero no lo puedo olvidar”. 

Vicente Di Rocco y Nélida Natividad Pérez tienen ocho hijos, el mayor 37 años y la menor 20: José Alberto, María Celeste, Anabella, Yanina, Ceferino, Julio, Martín, Brian y Brisa. Todos educados en el valor del trabajo, el estudio y el amor por la tierra. Vicente y Naty quedaron en el nido vacío, los chicos alzaron sus alas y salieron al mundo laboral tal como les enseñaron sus padres. “No sabés qué conducta la de Naty para criar a los chicos, mucho trabajo, todos fueron a la Escuela, algunos a la 26 como yo”. 

Los hijos y las hijas del matrimonio Di Rocco conocen la tarea del horno, ayudaron a su padre siempre que los necesitó. “Hicieron este trabajo, pero no me gustaba que se quedaran conmigo, quería que hicieran su vida. Uno es alambrador, otras chicas son maestras, otra es gestora. Todos hicieron su camino. La educación fue tipo militar: levantarse a la mañana tempano, lavarse la cara, ir a la escuela, hacer los deberes, después me ayudaban, las chicas también saben apilar ladrillos. Los mandamos a la escuela secundaria al agropecuario, al colegio nacional, los llevábamos al pueblo, pero también iban en bicicleta”. 

El lote en el que está el horno lo vio nacer, trabajar, esforzarse sin ayuda de nadie, solo con sus manos, los brazos fuertes, el lomo doblado y la cara pegada al barro. “Siempre trabajé para mí, siempre, desde que le pedí permiso a mi padre para poner el horno en esta quinta que es mía. Mis hijos fueron haciendo las suyas cerca, en el mismo lote que era de mis papás”. 

La familia de Vicente es de muy buena madera, de buen adobe, fuerte y bien cocido. “Arranqué acá, me hice el rancho, me puse la luz. Ahora trabajamos de otra manera, queremos cuidar el medio ambiente, así que siembro para darle a los animales, cuidamos el ambiente, tenemos gallinas, chanchos y nos ocupamos de todo”. 

Vicente levanta el dedo pulgar hacia arriba y sonríe en la puerta de su casa. Mira hacia el infinito. Las siluetas de las viviendas de sus hijos, de ladrillos, bien forjados hacen honor al sacrificio y al trabajo. 

Nombra a sus hermanas: Graciela y María que vive en Olavarría, trae memoria de la infancia, de los juegos, de la escuela primaria. “El único año que falté en el horno fue cuando hice la colimba en Azul, soy clase ‘59. Había un horno ahí, me dijeron si quería ir, pero me negué, elegí descansar un año del trabajo”. 

En un criadero a pocos metros del horno los chanchos y las gallinas, en el lote lindero a la quinta la parcela sembrada para alimentar a las vacas y para los caballos. “Tengo como veinte caballos, son mi vida, sin caballos me muero, los amanso, vamos a las cabalgatas siempre que podemos”.

Camina entre la pila de ladrillos, da vuelta alrededor del carro que está cargado, acomoda la carretilla y dice: “No estoy cansado, no quiero dejar nunca, me levanto siete y media y en invierno hago leña, arreglo, siempre hay algo para hacer, por eso te digo, si me dieran un plan se los devolvería. Hay que trabajar, no hay que vivir de los demás”. 


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