Julia Amalia Porfilio Guzmán, “la Yuly”, conductora de la empresa familiar

Sociales

Julia Amalia Porfilio Guzmán, “la Yuly”, colectivera

Yuly la colectivera

09|05|21 11:50 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos: y producción Marianela Hut 

-¿Profesión? 
-Colectivera. 

“Nunca me gustó manejar, ahora sólo manejo la bicicleta” Detrás del enorme volante y escoltada por su padre, sonríe. Posa con su hermana Norma para el suplemento de La Voz del Pueblo del 9 de mayo de 1971. Cincuenta años después insiste: “No me gusta manejar, solo ando en bicicleta”, y señala el vehículo de dos ruedas con sillita incorporada para llevar a su nieta Magalí que reposa contra la pared frente a la puerta de entrada. 


El 9 de mayo de 1971 –hoy hace exactamente 50 años- La Voz del Pueblo destacó que Yuly y su hermana fueron las primeras colectiveras de la zona


Plantas de todo tamaño, verdes de todos los tonos, decoran las macetas caseras, el patio vibra al compás del sol y del aire fresco que anuncia la proximidad del invierno. Una mujer al volante es una cosa, pero al volante de un colectivo es otra bien distinta. Para Yuly esa historia bien vivida valió mucho la pena, tanto que a los 72 años no puede dejar de pensar en todo lo que pasó y lo que tiene para contar. 

Está jubilada, disfruta a diario de su jardín al que cuida con esmero, es un pasatiempo, también una forma de ganarse un pesito extra. Su nieta y su hija viven con ella, lejos del mundo de veinte asientos, cerca del vecindario que la reconoce y la respeta. Julia Amalia Porfilio Guzmán, para todos “la Yuly” –como “La Legrand”, acota su hija Laura- es la mayor de cuatro hermanas. Nació en San Luis y debe su apodo al cura italiano que la bautizó. El nombre es su firma, así, despojado de otro, es la rúbrica que usó en el banco durante los años en que formó parte de la empresa. 

El padre de Yuly, Obdulio, nació en Ramón Santamarina, trabajó con sus hermanos en una empresa constructora de asfalto “Sommariva de Carli y Cía.” con la que recorría todo el país construyendo rutas. Por esa razón, la hija mayor del matrimonio que Porfilio conformó con Blanca Argentina Guzmán nació en San Luis, la segunda hermana en Teniente Origone, partido de Médanos, la tercera también en San Luis y la más chica en Tres Arroyos.

La familia arribó a esta ciudad para construir una de las rutas circundantes, pero como el amor es más fuerte, aquí se quedaron. Oscar, el hermano de Obdulio, se puso de novio con una chica tresarroyense, razón más que suficiente para arraigarse en estos pagos. Así los tres hermanos -Orlando también se quedó-, su madre y sus familias echaron raíces en Tres Arroyos.


Con su hija Laura y su nieta Magalí


Los Porfilio se hicieron camioneros y Obdulio comenzó a realizar comisiones hasta Indio Rico. Un tiempo después extendió su ruta a la ciudad de Coronel Pringles. A pedido de la clientela los viajes para llevar encomiendas mutaron en transporte de pasajeros. El circuito que Obdulio hizo en su camión por la ruta 85, todavía de tierra, dio inicio a la empresa Porfilio que en ese momento comenzó a tomar forma. 

Yuly tenía 9 años cuando su papá transformó el camión en colectivo. Dos filas de bancos ocuparon la caja del vehículo y el traslado de gente empezó a ser continuo. Obdulio compró su primer colectivo a la empresa Rubio que iba a Cascallares. La renovación de la flota llegó con el tiempo, compró a “La Estrella-El Cóndor” un nuevo colectivo sin palanca, con encendido eléctrico, el preferido de su hija Norma. 

Las hermanas Porfilio integraron la empresa cada una en su rol. Susana atendía la boletería porque nunca le gustó manejar, Norma se sentó al volante, Yuly acompañó siempre a su padre y manejó años el colectivo. Mabel, la menor, fue la que menos participó por la gran diferencia de edad con sus hermanas. “El suspiro hidráulico repite su lenta pero maravillosa melodía".


Yuly atendiendo el pasaje en su época de colectivera


Nace la colectivera 
Yuly estudió en el Comercial de Fraccione y cuando se recibió subió las escalinatas del colectivo para andar con su papá y se bajó mucho tiempo después. Agarró el volante a los 17 años y recién a los 21 tuvo el carnet profesional. Su papá le propuso manejar y lo que él dijera era palabra santa. 

Los mandados, las encomiendas de botones y remedios se hicieron habituales, así como llevar a los hijos de los trabajadores rurales que vivían en los campos atravesados por la ruta 85 a visitar a sus familiares en Pringles o a la escuela en Tres Arroyos. “Tengo una ahijada en Tres Arroyos, sus padres trabajaban en un campo en la ruta. Cuando ella nació me la daban para que la llevara a ver a su abuela a Pringles” 

El desayuno en la confitería La Perla de la calle Colón se hizo habitual. Día por medio, invitadas por su padre, Norma y Yuly tomaban un té con leche, a veces con medialunas, a veces con facturas que les servían Coria o Arneaud, los mozos de aquel entonces.

“Mi papá nunca se bajó del colectivo, pero manejábamos nosotras. Hasta alcanzamos a ir a Buenos Aires y mi hermana manejó adentro de la capital, a ella sí le encantaba. Cuando se casó y no siguió, yo seguí manejando sola”. 

A pesar del empeño que puso nunca le gustó el volante, “cuando faltó mi papá en el año ‘78 manejé unos cinco años más, muy poquito, lo hacía porque a él le gustaba, pero ahora solo manejo la bicicleta. Me lamento que Laura, mi hija, no haya aprendido porque dejé el colectivo cuando ella era muy chiquita”. 


Sobre el colectivo, en 1971 y hoy. Desde que dejó la profesión, Yuly se mueve en bicicleta. “No me gusta manejar” asintió



Para Yuly ser mujer y manejar un colectivo de larga distancia era algo natural; rebasar a los autos, meter cambios, levantar y bajar el acelerador, agarrar el volantón o aprender el encendido eléctrico. 

Andar por el barro
Si el arroyo crecía, el colectivo se detenía en el puente de la ruta a Pringles. Ahí bajaban las encomiendas que los parroquianos pasaban a buscar, pero no fue la lluvia lo que amedrentó a la familia Porfilio. 

Las colectiveras sorteaban los escollos que les proponía el barro en días muy tormentosos cuando las cubiertas decían basta y no podían girar más, entonces Obdulio las cambiaba o desenterraba el enorme colectivo. “Mi papá era muy cumplidor y siempre guardaba compostura, cuando tenía que bajarse por algún arreglo los hacía de corbata”. 

Los vecinos conocían los horarios de la empresa Porfilio, así que si el reloj marcaba algún retraso era la inequívoca señal que algo había pasado. Entonces salían de los campos hacia la ruta a caballo, en tractores o camionetas para socorrer a Obdulio y a sus hijas. “Cuando llovía mucho, la gente se preocupaba y al rato se aparecían para rescatarnos”. En esas circunstancias adversas también los pasajeros se bajaban a empujar, no importaba si terminaban embarrados por desencajar el colectivo.


De la colección de Andrés Errea


Los Porfilio fueron más que colectiveros, fueron los amigos prestos a conectar a los trabajadores rurales, a los estudiantes, a la población de las pequeñas localidades con sus necesidades y resolverlas. Les encargaban pan, remedios y llevaron hasta canastos con palomas mensajeras a pedido de los colombófilos locales. Al llegar al cruce para seguir hacia Indio Rico, las conductoras y su papá bajaban del colectivo, abrían los canastos y soltaban las palomas para que regresaran a casa.

“Los pasajeros ayudaban si había que cambiar alguna goma, porque las cubiertas eran enormes. Trabajé en ruta de tierra, no había calefacción, en invierno mi papá ponía una garrafa con pantallita, entregaba una mantita para cada uno y la gente feliz”. 

Obdulio hacia asaditos para los pasajeros, estacionaba a la vera del camino y lo disfrutaban juntos. Otras veces llevaba a su casa a alguno que por cuestiones climáticas debía postergar su viaje hasta el día siguiente. Blanca Argentina, su esposa, y sus hijas se encargaban de preparar la comida y de acondicionar todo para alojar a los pasajeros y ahorrarles el hotel. “Mi papá ayudaba a todos”. 

Obdulio Porfilio recibió el premio como personalidad distinguida de Coronel Pringles y sobre su solidaridad se escribió el 17 de octubre del ‘76 en el diario Patria Nuestra de Benito Juárez. Un pasajero testigo de uno de aquellos viajes publicó: “Le preguntó a la cobradora de boletos –su hija-si traía la comida para el croto. Y así, cuando el hombre se arrimó, se la alcanzó. Si estos ejemplos de solidaridad cundieran… sin embargo, no todo está perdido”, escribió aquel pasajero.

La Yulita, como apodaron a Laura, la hija de la colectivera, nació en el ‘75 y fue desde pequeña la acompañante de los viajes que hacía su madre. Para la niña los pasajeros eran familia, como también los dueños del Hotel “El Indio”, lugar al que arribaba el colectivo en Indio Rico. “Mary y Tito Fernández eran mis abuelos postizos, actualmente nos seguimos tratando con sus hijos. La gente nos esperaba allí para abordar el micro, y también buscábamos y llevábamos las encomiendas”. 

Los vecinos sabían que el colectivo estaba en la localidad porque la conductora entraba al pueblo tocando bocina, esa era la señal de que el horario para abordar estaba cerca. Hace poco, antes de la cuarentena, Laura volvió con su madre a Indio Rico e hizo el mismo trayecto que recorría la colectivera, pero esta vez, en auto. Querían mostrarle a Magalí, la nieta de Yuly, cómo lo hacían por aquellos años. Así que transitó el camino hasta el hotel tocando bocina. 

La parada en Coronel Pringles la hacían en el Hotel España donde vivieron hasta que alquilaron casa en esa ciudad. En la nueva vivienda Obdulio abrió la oficina que atendía Susana, otra de sus hijas. Luego la empresa trasladó su dependencia a la recién inaugurada terminal de Pringles. “Llevábamos gente conocida que tomaba naturalmente que condujera una mujer. Siempre usé uniforme, por eso ahora no quiero saber nada de vestirme con camisa blanca y ropa negra porque me veo como si estuviera uniformada”. 


Las hermanas Porfilio (colección Andrés Errea)


Los pasajeros más pequeños hoy son hombres y mujeres que recuerdan a Yuly y la generosidad de los Porfilio. “Las aventuras traen recuerdos y la gente también se acuerda, me encuentro con algunos que me conocen y me llaman por mi nombre. 

Traía alumnos a distintas escuelas y cuando cumplían años se los festejábamos en la terminal o arriba del colectivo en el viaje. Teníamos un pasajero que vivía en el campo y venía en el colectivo a visitar a su novia. También traíamos a una chica -que se fue a vivir a Holanda- que vivía en una quinta y trabajaba en Tres Arroyos”.

“Estoy contenta con mi vida, con todo, muchos recuerdos, siempre estuve muy pegada a mi papá que decía: ‘La nena más linda que yo conozco es la Julita que de chiquita era bonita. Me gustan mucho las mujeres, tengo seis en casa -las cuatro hijas, la esposa y su madre-‘. Miro para atrás y me pregunto ¿cómo he vivido todo lo que ha pasado y tantas experiencias?”.

Yuly sale al patio, acaricia a sus plantas, gira y mira a su bicicleta que sigue acodada a la pared. 

“Nunca me gustó manejar”, dice la mujer que honró a su padre y a su familia con el oficio de colectivera. 

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La empresa Porfilo

Yuly, sus hermanas y su papá, integrantes de la empresa Porfilio

“Mi papá falleció un año antes que terminaran la ruta 85, siempre transitó por camino de barro, sabía que cuando llovían no se podía andar”. 

La empresa Porfilio, propiedad de Obdulio Porfilio, se inició en 1956 con un camión adaptado con una cabina especial. Transportaba pasajeros y encomiendas. 

Al año siguiente adquirió un micro que le compró a la empresa Rubio y lo condujo junto a su acompañante Escudero. El colectivo hacía el circuito desde Tres Arroyos, pasando por La Tigra, el boliche Marcos Paz, Indio Rico y La Virginia y finalizaba en Coronel Pringles. 

Tuvo varias oficinas, una de ellas en Betolaza 80, luego en Alsina y Pringles, finalmente en la Terminal de ómnibus local donde también estaban las boleterías de Yanacone que iba a Orense, Rubio a Cascallares y la Primera Dorreguense. Porfilio falleció en 1978 y con su legado continuó la familia.

Yuly conducía el micro, sus hermanas vendían los boletos. “Manejé unos cinco años más después de su fallecimiento y llevaba a Laura, mi hija, muchas veces durmiendo en los asientos de adelante”. 

En un tiempo manejó el marido de Mabel, otra de las hijas que llevaba las encomiendas a Indio Rico. “Primos y tíos siguieron conectados con las encomiendas y los viajes”.

Yuly continuó con la empresa, contrató choferes, pero ya nada fue igual. “Me estaba por fundir porque los pasajeros estaban acostumbrados a pedir fiado, algo que siempre habíamos hecho, pero había que pagar el gasoil, a los choferes, los gastos, entonces dejé antes de fundirme. Después me quedé trabajando en la terminal en Andesmar”.