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23|05|21 09:11 hs.

La Argentina entró en cuarentena estricta hasta el 30 de mayo con el objetivo de controlar los desbocados contagios que desató la segunda ola. Con un sistema de salud al rojo vivo, no existía margen para medidas de otra índole. El interrogante se encuentra en si efectivamente las más de cinco millones de dosis que recibirá el país, en lo que falta del mes, llegarán en tiempo y forma. También, en si la dinámica de vacunaciones será más ágil. Las respuestas a estas cuestiones son claves, en un país que no puede resistir por mucho tiempo a un cierre total. Pero como hemos comentado en otras editoriales, la clave está en la conciencia social sostenida en conductas y acciones individuales. 


Al otro lado del océano hay situaciones que persisten, no son nuevas y se ven agudizadas por la pandemia. En el enclave español Ceuta, ubicado al norte de África, en el lado sur del estrecho de Gibraltar y al norte de Marruecos, se produjo una nueva crisis de inmigrantes. Mujeres, hombres y niños que buscan desesperados el ingreso al territorio español y a Europa, para intentar proveerse un mejor futuro. O al menos, algo mejor de lo que padecen en sus países de origen. El gobierno español quiso buscar explicaciones políticas a una cuestión que en esencia es humanitaria, vinculándola a disputas entre España y Marruecos, relacionadas con el Sahara Occidental, antigua provincia española y ambicionada por el país africano. Lo cierto que el drama no ocurre solo en esa región: Grecia, Italia, Francia y distintos países de Europa oriental son afectados por el problema de los denominados inmigrantes ilegales. En el actual contexto internacional, dominado por la pandemia, la migración ilegal encendió la alarma sanitaria en naciones que han comenzado a resolver el lado más oscuro de sus efectos. Pero los seres humanos siguen allí, a la deriva en un mar sofocado por la política, la economía y ahora, por los efectos de una pandemia. 

Las salidas individuales tienen un corto recorrido en términos sociales


El tema deportivo, en una semana convulsionada y tensa, dejó un buen sabor. La figura de Enzo Pérez, lesionado y oficiando de arquero, liderando un equipo sin suplentes, con dos debutantes y con medio equipo contagiado, explicita los buenos efectos que tienen los proyectos que se sostienen en el tiempo. El equipo podía perder, empatar e hipotéticamente ganar, pero la sensación previa era de confianza, basada en la percepción de que había un estilo de juego, un convencimiento, un propósito compartido que una crisis grave ni siquiera podía desarticular. Y no lo hizo, porque además, River Plate ganó. 

Es indudable que la pandemia modificó en muchos la forma de ver el mundo y dentro de él, el trabajo, la educación, la cultura y la economía. Pero hay algo que no cambió y que persiste definiéndonos como especie: nuestra sociabilidad. Países como el nuestro que enfrentan la pandemia, personas que huyen de sus territorios de origen en búsqueda de un mejor destino y equipos deportivos que afrontan desafíos adversos colectivamente. Estos ejemplos nos muestran de distinta manera que las salidas individuales tienen un corto recorrido en términos sociales. 

Recordar las viejas clases en las que nos decían que somos animales sociales, es volver reafirmar en tiempos turbulentos lo mejor de nosotros y, al mismo tiempo, es la estrategia más óptima para solucionar nuestros problemas, locales y globales.


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