Delia y Fabián, en el arco de la canchita que armaron frente a la despensa

Sociales

Delia Tolosa y Fabián Ibarlucía

El bien sin mirar a quién

30|05|21 11:34 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos: Marianela Hut 

"En la radio no hablaban de mí…” 

Creíste que todas son malas noticias, creíste que lo único que hay para leer es que “Argentina pasó los 40 mil contagios” o sobre el “Pico de contagios y de internados en terapia intensiva” o que hubo “Cuatro policías heridos durante una detención por venta de estupefacientes”. Creíste que no había buenas noticias. 

De pronto alguien te cuenta una historia, te dice que en Villa Italia hay un matrimonio que ayuda a los chicos del barrio, los lleva a la escuela, les compra lo que necesitan, los apoya, los escucha, los ve. 

Te vas para allá porque querés saber de qué se trata. 

Arrancás por la Ruta 228 en dirección a la Ruta 3 y doblás hacia la derecha en la calle Domingo Vázquez, al llegar al 1400, a la izquierda, está la despensa “Mi Vieja”. 

Hay dos referencias que podés tener en cuenta para encontrar el lugar: Un potrero muy bien mantenido en la vereda de enfrente, una canchita de barrio con arcos, redes y todo. Otra pista, la despensa está pintada con los colores de Boca. El azul y amarillo que alterna las letras del nombre del negocio es la muestra inequívoca de que Boca corre por sus venas, al igual que el Club Argentino Juniors. 

Te gusta disfrutar la lectura de las historias de domingo, no por bien escritas, sino por buenas. 

Querés saber qué pasa cuando todo pasa. Tenés la certeza de que todavía hay gente buena, mucha, que la generosidad no pasó de moda y que a pesar de la malaria hay esperanzas. 

Los empezás a conocer a través de sus palabras. Te dicen que las dos rutas nacionales que dividen Tres Arroyos marcan la diferencia. Están los que viven de “este lado” y los que viven “del otro”, “los de adentro y los de afuera”. Ni arriba, ni abajo, eso no. 

Delia Tolosa y Fabián Ibarlucía nacieron del lado de afuera de la ciudad, saben de las necesidades y conocen en primera persona lo que hace falta para sobrevivir y para ayudar. “El que no la vivió de chico ni se da cuenta, los que están de la ruta para el otro lado les cuesta ver la necesidad de todo que tiene un chico, también de educación”, dice Fabián. 


Hay equipo Delia y Fabián se casaron hace cinco años, ella tenía 40 cuando se decidió. “Estaba pensando que si no me había dejado antes ya no me iba a dejar”. Están juntos desde 1989 y no sólo comparten la vida, también el trabajo y el deseo de ayudar al






Llegás a la despensa, la puerta está abierta. La clientela guarda los protocolos de seguridad para evitar los contagios por Covid mientras compra lo que necesita para preparar el almuerzo. Mirás el reloj y te das cuenta que faltan treinta minutos para el mediodía. Desvías la atención hacia cuatro chiquitos que corren por la vereda y cruzan la calle hasta la canchita. “¡Cuidado, vienen autos!” dice Delia. 

Un nene de unos diez años carga la mercadería recién comprada en una bolsa transparente que lleva abrazada contra su pecho, ves que tiene entre los dedos un papelito con la lista. Los conductores de camiones, autos, proveedores que pasan por la despensa levantan sus manos para saludar a Delia y a Fabián que cuentan su historia parados frente a su negocio. 

Delia no te esconde nada, dice que cuando era niña conseguía comida para llevar a su casa pidiendo casa por casa. Fabián ayudó a parar la olla de su familia con la colaboración de los comercios de su barrio. Delia cuidó a sus hermanos menores y se ocupó de llenar sus pancitas. Tiene catorce hermanos, igual que Fabián, crecieron sin luz, sin agua potable, con muy poco para poner arriba de la mesa. 

Delia y Fabián formaron una familia, los unió la misma experiencia, los mismos dolores, ausencias, necesidades, los mismos deseos de superación y la búsqueda de sus derechos. 

Juntar voluntades 
Creíste que no había buenas noticias. Creíste que no ibas a leer lo que te cuentan desde Villa Italia.

“Hoy dijo la radio que han hallado muerto al niño que yo fui…” 

Delia tenía trece años y Fabián veinte cuando juntaron dolores y amores. En el ‘89 se fueron a vivir a un galpón de chapa en la casa de un tío, después en otro en la casa de la hermana mayor de Delia hasta que compraron el terreno de Domingo Vázquez al 1400. Ahí se armaron un galpón de chapa, una piecita y un baño. Cuando nació Leandro, su hijo mayor, agregaron una cocina grande. 

Fabián era panadero, después arrancó como vendedor ambulante hasta que tuvo un accidente en 2001 que lo alejó de las rutas. Aceptó la propuesta de su hermano para abrir una despensa en Tacuarí 1360 que se llamó “289”. Desde el año 2007 el matrimonio tiene su propia despensa en Domingo Vázquez entre Reina Margarita y Claromecó. “Le puse ‘MI Vieja’ en honor a mi madre porque si hubiera estado viva le hubiera gustado. Ella siempre quiso poner un negocio en este barrio”, dice Delia. 

El club 
“Pero nada decía la prensa de hoy de esta pasión…” 

Fabián te dice que llegó a Argentino Juniors cuando su hijo mayor jugaba en las inferiores motivado por un acontecimiento familiar. Se metió con alma y vida a trabajar por los chicos y por el club. Un sábado varias divisiones de las inferiores fueron a jugar a Copetonas, algunos, los que pudieron, llevaron plata para la merienda o algo para comer. Cuando volvieron le llamó la atención que su hijo tuviera tanto hambre porque le había dado plata para que se compre algo en el kiosco de la cancha. Lo cierto es que Leandro había repartido su comida entre los compañeros que no tenían nada. Al siguiente sábado la maquinaria para ayudar estaba en marcha. 

Después de cada partido los jugadores saben que van a comerse un sándwich bien contundente gracias a las donaciones de los proveedores de la despensa, del hermano de Fabián, de las rifas, del trabajo de campo. “Veían entrar la camioneta y salían re contentos, si no llevábamos hubiera sido una desilusión”. 

Si pasás por Almafuerte al 1400 vas a ver llegar chicos, chicas, mamás, papás, jugadores, jugadoras, entrenadores, entrenadoras, aficionados. Vienen de todos los barrios. No sólo hacen fútbol, charlan, se conocen, comparten sufrimientos, necesidades y alegrías. 

De cada anécdota sacás una enseñanza como la del chico que llegó al predio del club para entrenar con sandalias tipo crocs. Se puso a jugar y no le salían los pases porque se le escapaba el calzado cada dos por tres. Salió de la cancha enojado, molesto y no quiso regresar. Entonces Fabián y otros colaboradores lo fueron a buscar a su casa, pero no quería volver porque no tenía zapatillas, menos botines. Lo convencieron y para que la práctica se pudiera llevar a cabo Fabián se sacó su calzado y se puso las crocs del chico. 


La canchita, el potrero, el lugar donde los más chicos juegan, se divierten y crecen




Delia estaba en la cancha en su rol de entrenadora de las divisiones femeninas y se dio cuenta que al jugador le sobraban talles de zapatillas y además, descubrió que eran las de su esposo. Entonces decidió ir a un comercio céntrico y compró las zapatillas para el chico que hoy va a entrenar y se siente con los mismos derechos que cualquier otro. 

Ni Delia ni Fabián escatiman esfuerzos para demostrar que se puede. “En cualquier barrio si vas y hablas con los chicos o adolescentes, si los tranquilizas, podés tener su atención porque los chicos son iguales a los que están del otro lado de la ruta”, dice Fabián. 

El contacto permanente con los jugadores y jugadoras los ayuda a saber qué necesita cada familia; extrañan la presencialidad, pero siguen comunicados. Hacen un seguimiento telefónico y se enteran cómo está cada uno, si comen a la noche, si tienen leña, ropa, si hacen los deberes. 

“Muchas veces miramos para otro lado, para el costado, pero tenemos que ser como tenemos que ser”, te dice Fabián y Delia agrega “no me gusta los que aparecen para buscar votos, hay que estar en los barrios siempre”. 

Los dos conocen el significado de “pedir” como sinónimo de comer, saben de ayudar porque como te dicen, recibieron mucho y así devuelven. 

“Trabajamos con otra gente que tiene canchitas de barrio y organizamos campeonatos. En un encuentro con el Club Central jugaron categorías de siete a nueve años y de nueve a doce, les hicimos de comer y les encantó”. 

Cruzás la calle y te parás en el medio de la cancha, mirás a un lado y al otro del potrero y preguntás cómo lograron hacer semejante laburo. “Con mi vecino limpiamos el terreno, compré dos arcos y después la Municipalidad mando la Champion y agrandó el predio; además nos entregaron pelotas y algunas otras cosas que los mismos chicos pidieron”. 





La dinámica del barrio es la de todos los días, hay que cocinar y lo que falta lo podés ir a buscar a lo de Fabián. Un vecino que pasa completa la historia. “Ellos auspician trasmisiones radiales, están en la Liga Comercial, colaboran en Argentino Juniors, todo a fuerza de sacrificio”, dice el transeúnte. Fabián agrega que para eso hacen rifas, piden ayuda a proveedores, a la subcomisión de fútbol de mayores del Club Argentino Juniors que también colaboran mucho. 

Atrás del mostrador ven lo mismo que cuando eran chicos, gente que entra a pedir. Esa cercanía como en el fútbol les permite saber si los chicos están vacunados, si van a la escuela, si necesitan comida. “Te enterás cuando vienen a pedir y les preguntás. Yo ya lo hice, yo ya pedí, siempre les doy, pero los aconsejo, los trato de llevar por un buen camino”, dice Fabián. 

“Los derechos de la infancia/ no se escriben en la arena/porque se los lleva el agua/cuando sube la marea”. 

Los que les dieron 
“Hoy amor, igual que ayer, como siempre/El diario no hablaba de ti/ ni de mí…” 

Escuchás que Delia entrena a nenas de cinco a doce años “Enseñar fútbol es muy gratificante, pero mi sueño era poner un comedor y quisiera hacerlo sin que haya ningún político en el medio, quería hacer algo por mis propios medios, pero no fue posible, así que seguimos con lo que podemos. Me frustro cuando entregan una pelota y se sacan foto con los chicos porque ellos no están sólo para la foto, están todo el año, si pasaran una vez al mes a ver a los chicos van a saber qué les pasa”, dice. 

En una de esas, llegaron a la despensa dos hermanitos que viven a una cuadra de ahí y charla va charla viene cuentan que no van a la escuela. “No dudás, te hacés cargo y los apadrinás. Por eso los llevamos todos los días con nuestro hijo y nietas a la Escuela N° 12”. 

Delia dice: “No importa lo que nos gastemos ayudando porque trabajando lo volvemos a recuperar, ayudamos con lo que tenemos, es lo más lindo eso y la humildad. No hay que tener vergüenza de pedir ayuda, eso es lo que les decimos a las familias de los jugadores en los mensajes que les mandamos”. 

Te queda claro que si no pedían no comían, que sobrevivieron, sabés que no tenían luz, recién la pusieron cuando varios de la casa ya hacían changas. “No había ayuda de los gobiernos, mi viejo trabajó siempre en el campo y antes era más bravo para cobrar, en general eran sueldos bajos y como éramos muchos se hacía bravo para vivir. Teníamos que llenar la pancita. Capaz hoy hay más ayuda, pero la pancita hay que llenarla”, dice Fabián. 


Con la camiseta del Bicho. Delia es DT de las categorías femeninas de Argentino




El hombre valora la ayuda que recibió de la despensa “Noel” sobre la Ruta 3 o de la familia Ajargo de “Hostería La Huella” o la gente del “Petit Hotel”, o los Maidana que tenían una gomería. “Ibamos a pedirles y siempre teníamos un plato de comida, mi tío que vivía al lado de casa también ayudaba, al ser tantos hermanos era difícil llenar la panza. Los Ajargo me daban el desayuno, el pan y lo que sobraba de comida, si no me veían iban a buscarme, lo mismo me pasaba con la gente del Petit Hotel que nos dejaba mirar la tele, muchas veces lo hacíamos atrás de las ventanas”. Fabián cuidaba coches, pedía, hacía trabajitos para los vecinos que le daban una mano. “Por eso no me voy a meter nunca en política, no sirvo, mi corazón está como fui yo”. 

Entendés que la cadena de favores es infinita y que la decisión de pensar en el que menos tiene, en el más necesitado no es de ahora. “No voy a ser ni más rica ni más pobre porque me voy a morir y no me voy a llevar nada. Hay muchos chicos que no tienen nada, hacemos lo que podemos, pero hacemos”. 

“Pero nada decía el programa de hoy de este eclipse de mar/ De este salto mortal…” 

Creíste que las buenas noticias no se publican, pero sí.

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Hay equipo 
Delia y Fabián se casaron hace cinco años, ella tenía 40 cuando se decidió. “Estaba pensando que si no me había dejado antes ya no me iba a dejar”. Están juntos desde 1989 y no sólo comparten la vida, también el trabajo y el deseo de ayudar al que más lo necesita, especialmente a los niños del barrio o del Club Argentino Juniors. 

Delia cuenta que perdió dos embarazos y que tienen tres hijos: Leandro de 27 años, Delia de 25 y Carlitos -que llegó 18 años después- de 8. “Acá estamos peleándola”, dice. 

“Mi viejo tomaba y era golpeador”, sigue Delia, “esa situación de violencia que viví antes no la toleraría jamás ahora, siempre tuve claro que no había que soportar ningún tipo de violencia. En esa época no había donde denunciarlo o cómo defendernos con nuestros derechos. Teníamos que trabajar para comer y la escuela quedaba en otro lugar, en el último lugar”. 

Delia hizo la secundaria de grande “Cuando era chica tenía que buscar la comida para mis hermanos más chiquitos, por eso les digo a las mamás de mis jugadoras que cuando volvamos a los entrenamientos tienen que llevarlas con orgullo porque se ocuparon y sobrellevaron este momento difícil”. 


La familia unida. Delia y Fabián junto a sus hijos Leandro, Delia y Carlitos




“Son piecitos que andan descalzos/ lagrimitas que no se secaron/ es la leche y el pan olvidados…” 

Son muy unidos y siempre están juntos. Leandro tiene su casa y familia, Delia (hija) también, trabaja en el Hospital y con Carlitos es un volver a empezar. “Me volqué a estudiar, a hacer cursos y tecnicaturas para la atención de adultos mayores y asistente domiciliario. Nunca fue suficiente para mí, sé que los mayores necesitan cuidados como los chicos, pero me di cuenta que había que enseñarles a los más pequeños para que puedan ser personas de bien y trabajadores”, dice Delia que también estudió enfermería aunque tuvo que dejar a pesar de la insistencia de su profesora Mabel Elías. “No podía cuidar a mi hijo recién nacido y al bebe de mi hija que se llevan 19 días. Las dos cosas no se podían, así que decidí que estudiara Delia”. 

Para la mujer el estudio no es un imposible, es un sueño alcanzable, “siempre que quieras se puede, es sentarte a leer y te quedan los conocimientos”, dice. Fiel a sus principios continúo capacitándose como cuidadora en adolescencia y niñez, como promotora de salud. 

Juntos a la par, con la camiseta bien puesta, el partido se juega en la cancha y ellos, de eso, saben un montón.