Sociales

José Luna es molinero, futbolista, padre y abuelo

Con la fuerza del viento

06|06|21 19:28 hs.

Por Valentina Pereyra 
Fotos: Marianela Hut 

Las aspas empujan el viento, son parte del paisaje pampeano aunque rompan su armonía. Las aspas relucen como margaritas de hierro incrustadas en la torre del molino. El agua y el aire conjugan sus fuerzas para que la tierra reciba los frutos de esa unión y los multiplique. El trabajo es la chispa que enciende ese fuego. 

 El viento descargó la tormenta sobre la casa de José Luna. Tantos nubarrones cegaron sus recuerdos. Sólo una foto mental del abuelo sentado en una silla o de su papá bajando del camión recolector de residuos con una bolsa con juguetes viejos. 

Se hizo amigo del viento y lo domó. 

 “Me acuerdo que crucé la avenida San Martín, me quedó esa imagen cuando crucé por los pajonales y fui a buscar al abuelo, tengo ese recuerdo, pero nunca lo creí, ¡no lo podía creer!”. 

José Luna al que apodan Pepe, o gordo, o Lunita, empezó de cero, desde abajo. Estuvo ahí, donde apenas el aire es respirable, logró subir con la ayuda de sus tías, tíos, amigos, de su abuela. Le tiraron una soga, lo levantaron. 



 “Siempre fui molinero desde que vivía en la Villa Italia con las tías y la abuela, antes de terminar la Escuela N°7 empecé a trabajar con el tío Ricardo Osorio, ellos me adoptaron en el trabajo”, dice José. 

Se recibió de molinero después de ejercer el oficio durante todas las vacaciones de invierno o los sábados y domingos que acompañó a trabajar al campo a su tío. “No tuve tiempo de andar en la calle. ¡Ni en el verano! Porque también trabaje. Si hubiera agarrado la calle con todas las necesidades que tenía… ¡No sé qué hubiera sido de mí!” 

El sol reacio, pero en su puesto de trabajo, recorta la figura esbelta del molino de viento que se yergue imponente en la pampa húmeda. “Arreglar los molinos de campo es como todo, así como a algunos les parezco bueno y a otros malo, a algunos les parece fácil y a otros difícil, los tanques, los bebederos, las máquinas, cilindros, todo lo que se trate de agua hay que arreglar y de eso vivo”. 



 Renacer 
José tenía cuatro años cuando su mamá los dejó. “Mis tías y abuela me criaron en Villa Italia, mi hermana Rosa era bebe cuando ellas nos agarraron y Mabel, la del medio, tenía dos años. Cuando fallece mi papá nos quedamos a vivir con ellas”. 

La abuela Graciana se convirtió en su mamá de la noche a la mañana y se puso al hombro, junto con sus hijas, la crianza de los tres hermanitos. “Tenés cosas que te faltan, pero la comida siempre la teníamos, ellas hicieron todo lo que pudieron” 

El viento empuja las astas. El molino gira otros recuerdos infantiles como los que tiene de la Escuela N° 7 donde aprendió a hacer quinta y a pesar de las escapadas fue el lugar en el que pasó muchas horas de su niñez. Ya sea en las aulas o en el comedor los aprendizajes que circularon por allí lo fortalecieron. 

Es molinero, tiene cincuenta años y le hace honor a la palabra resiliencia. “Uno se hace con los chicos en la calle, todo lo que me enseñó la calle fue para bien. Cuando terminé séptimo grado me independicé y fue una carga menos para las tías y la abuela porque no era sencillo, ellas trabajaban en lo que podían, tenían que darnos de comer a los tres”. 

José se independizó hace 29 años, empezó con su tío Osorio y cuando se casó lo hizo con Clerieri, el padrastro de su patrón. Compartieron herramientas y movilidad hasta que Pepe pudo tener sus propios elementos de trabajo. Todos los fines de semana iba a algún campo a hacer un laburito extra, y eso lo animó a arrancar solo. “Con este trabajo siempre mantuve a la familia”. 



La energía del viento mueve los cilindros y la maquinaria bombea el agua necesaria para vivir. José encontró esa fuerza a pesar de las faltas con las que convivió desde que perdió a sus padres. 

 Está convencido de que sus hermanas sufrieron más que él esa ausencia porque pasaron por otras necesidades para poder tener un buen trabajo o estudio, “pero se hicieron bien, tienen familia y salieron adelante, pienso que les dolió más o sufrieron la falta de contención de nuestros padres. Gracias a Dios les fue bien. Siempre contamos con las tías y con la abuela”, eso los salvó. 

El motor se enciende y bombea el agua desde las entrañas de la tierra, el molino echa a andar las astas. 

“Por ahí no tenías lo mismo que otros chicos, nos criamos sin nadie que nos defendiera, sin padre y sin madre. Las tías y tíos, la abuela no podían estar en todos lados aunque nos contuvieron siempre. De mi papá recuerdo poco, casi nada. Nunca tuve recuerdo de haber charlado, solo como una foto de él”. 





 José se hizo en la calle, lo que sabe lo aprendió ahí. “Gracias a Dios me engancho el tío, por ahí, si no salía a trabajar enseguida, hubiera sido un vago”. 

 El molinero 
“Ocre y abierto en huellas, el camino/ separa opacamente los sembrados.../ Lejos, la margarita de un molino” 

 Desde los doce años sube a los molinos o baja más de treinta metros para arreglarlos. Hace un trabajo de lunes a sábado que empieza a la madrugada y no sabe cuándo termina. 

 En Tres Arroyos hay diez personas que tienen su oficio, si bien en el campo ya no vive tanta gente como hace treinta años, hay trabajo. José educó a sus hijos con este oficio, todavía hay muchos molinos que requieren arreglos y mantenimientos. “Se ha achicado, el que tiene cinco arregla uno, pero me sigo manteniendo con esto desde hace casi treinta años”. 

Tiene clientes en toda la zona, alguna vez trabajó también en Monte Hermoso, “hasta que el cuerpo aguante seguiré”, dice. “¡Hay que bajarse en los pozos, en Cascallares, tenés 30 metros y te cuesta respirar ahí abajo. Por eso llevo a mi hijo y a mi amigo Orellano, les cuesta subirme, sufren al levantarme desde esa profundidad, más si le avisás que te falta el aire. Bajo a cambiar los cueros, arreglo todo lo relacionado al agua que en esa zona está muy abajo. Es peligroso porque también hay desmoronamientos”. 





“¿Quién habrá hecho esta siembra/ por la campaña/ de estas flores de hierro/ altas que giran?”. 

 El molinero sabe que pudo elegir entre dos rumbos: “Tenés dos opciones, salís chueco o derecho, a mí me tocó que mi tío me enseñó a trabajar y eso fue una oportunidad para mi bien, algo muy bueno, siempre lo reconozco”. 

José arrancó de cero, del subsuelo, levantó la cabeza lo suficiente como para aprender el valor de lo poco. “Tal vez sea por eso que le doy todo a mis hijos porque nunca tuve nada, a pesar de que mis tías trabajaron hasta en nueve casas para alimentarnos. Teníamos lo que podíamos, sin ningún lujo”. 



 ¡Como un molino de viento, enfrentada a la lluvia y al trueno, siempre seguro en ti mismo, siempre con los brazos abiertos! 

 La tormenta cayó impiadosa, de ese día José tiene una imagen borrosa, fue cuando cambió su vida. Las ráfagas le traen la imagen de su hermanita Rosita atada a una cuna, no recuerda si su hermana Mabel dormía, pero se ve cruzando por el terreno de la avenida San Martín al 1500 hacia la quinta de su abuelo. “Sabés más por lo que te contaron que por lo que vos te acordás”. José pasa todos los días por la casa en la que vivieron con su madre, mira la palmera que limita la vereda con el terreno que ya no tiene el ranchito donde nacieron. “Algún día lo voy a comprar”. 

El viento sacude la flor de hierro, parece que la va a doblegar, pero la torre la sostiene y no va a ser tan fácil. José sube hasta el cielo y desde allí contempla la obra de sus manos.  


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La mejor foto

-Abuelo se me rompió la tablet, mamá no la quiere arreglar, ¿venís vos?, dice Catalina, una de las nietas de José Luna. 

Se casó en el año ‘89, una época muy difícil para cualquier economía, tenía 19 años, y alquilaba. La realidad, otra vez más, lo ponía a prueba. Acostumbrado a redoblar esfuerzos agregó horas a su jornada laboral. “No me puedo quejar, me fue bien, sin tener nada pude mantener a mi familia”, dice. 

Pepe tiene tres hijos, Joaquín de 24 años que tiene un hijito, Santino de un año y medio; su única hija mujer, Yanina, tiene 30 años y es la mamá de Benjamín de 12, Catalina de 4 y Mateo de dos meses y su hijo del medio, Damián de 28 años. 

Para José el trabajo fue la opción y la salvación, pero hoy, piensa que el estudio es lo primordial y así se lo inculca a sus hijos. Ese camino lo siguió Yanina que se está por recibir de maestra, Damián estudió profesorado de geografía y por ahora, dejó la carrera para empezar a trabajar, Joaquín trabaja en una empresa local que se dedica a la venta de alarmas.

 “Ando con mis nietos para todos lados, el más grande, Benjamín, es más compañero, va a la quinta conmigo, a pescar, de vacaciones, al fútbol, a todo lados, es el mayor y tiene mucha diferencia de edad con los otros, por eso es el que más está”. 

José reconoce que protege a los suyos más de la cuenta, que está al pie del cañón siempre y ante cualquier necesidad. Se trata de estar presente, de ser el sostén y de cuidar. Lo que no tuvo de sus padres, de eso se trata. 


Con la camiseta de Argentino Junior, el club con el cual jugó en la Liga local


“Acostumbré a mis chicos a que dependan de mí, a cubrir sus necesidades, mis chicos son grandes, mi hija tiene su casa con mi yerno, mi hijo Joaquín también tiene su departamento en la casa de sus suegros y Damián vive con su mamá en la casa donde crecieron”. 

Vive en una quinta en la que tiene mucho por hacer, la disfruta con sus hijos y nietos, su amigo “Panto” Orellano tiene vacas ahí, también hay una potranca que le regaló a su nieto 

Benjamín y una cancha que hizo para los chicos. “Lo que me piden yo les doy”. Benjamín, su nieto mayor, es el compañero de pesca, llevan cuatro o cinco concursos de la Corvina Negra, “Siempre al lado mío. A mí me llevó a pescar mi tío Osorio, aprendí de él en las lagunas, ríos, y también en el mar. Siempre me quedó el gusto y el nieto me salió igual”. 

 José se encarga con mucho gusto de llevar a Benja a fútbol, juega en la ACDC, a la escuela…”Voy desde la quinta, lo dejo en la escuela y de ahí al campo a trabajar”. 





 Forjó el trabajo de molinero desde los doce años, sin embargo piensa que las cosas cambiaron. “Hoy les pedimos más que estudien, es lo que le pedía a mis hijos, también hay trabajos, pero por ahí a los más jóvenes les falta constancia o aprender a cumplir horario. Yo trabajaba con mi tío, pero si tenía que estar a las seis de la mañana y se me ocurría llegar tarde, ¡Lo tenía que aguantar! Uno ya se hizo, lo que viene ahora es distinto y el trabajo en el campo también se va terminando porque ya no hay tanta gente viviendo en la zona rural”. 

 El fútbol 
El fútbol ocupa un lugar preponderante en la vida de José. La pelota en cualquier cancha o potrero es sinónimo de amistad. Su cercanía con el deporte empezó cuando era chico, en tiempos en los que vivía con su tía Marta y su abuela en la casa del barrio Fonavi. Rodó la pelota primero en los potreros de su barrio y más adelante, a los doce años, en la Sexta de Argentino Juniors. Los vecinos de su edad lo llevaron y ahí empezó su camino de amor incondicional con el fútbol. “Fui al club por amigos, éramos todos vagos, hoy gracias al deporte tengo muchos más”. 

Es protagonista de los campeonatos de los sábados en la Liga de Veteranos, juega para el equipo que coordina Claudio Zelarrayán. Comenzó en los torneos de barrio y llegó a competir para la selección de su categoría en Chaco, Catamarca, La Pampa. Las nuevas restricciones por la pandemia lo sorprendieron entrenando para otro campeonato que se llevaría a cabo en Mar del Plata.


Como dice, en el fútbol se ganan muchos amigos como Luis De Francesco con quien hace años colabora laboralmente; entre los dos se ayudan para que el sábado no se malogre por ningún motivo. Así que comparten ese día de la semana el reparto de frutas y verduras para finalizar lo más rápido posible. “Terminamos y nos vamos cada uno con su equipo”. También le hace de chofer a su hijo que tiene a su cargo el reparto de papas. 

 “En el fútbol hice muchos amigos y pasé lindos momentos. De la infancia no disfruté mucho, sino más cuando fui grande, aunque tenés también problemas grandes”. 

 La calle le dio el fútbol, el fútbol le dio amigos, los amigos buenos momentos que endulzaron una vida con carencias, y las carencias le dieron fuerza, educación y motivación.