José y Ceferina en la cancha de Argentino, el club que los enamoró

Sociales

José María Chinali y Ceferina Bornatici

El Bicho que les picó

13|06|21 10:06 hs.

Texto y fotos
Valentina Pereyra

El sol alarga las sombras sobre el césped de la cancha de Argentino Juniors. Un tractorcito descansa sobre el camino de ingreso al predio, a unos metros del portón rojo y blanco. En la cancha principal el verde toma distintas tonalidades según la altura del pasto recién cortado. Atrás, al fondo de la cancha en la que entrenan los más chicos, cinco palos esperan sujetar las redes que hay que poner para que la pelota no se escape al terreno lindante. A la derecha de la cancha en la que juegan las divisiones mayores, otra, que se prepara para el fútbol cinco y la posibilidad de generar un ingreso extra para el club. 

Todo a pulmón. 

José María Chinali y Ceferina Bornatici comparten lo que tienen con los más de cien chicos que participan de las actividades del club, lo que pueden, lo que consiguen. Es cierto y sabido los milagros que ocurren alrededor del fútbol, el club de la avenida Almafuerte al 1400 no es la excepción. El fútbol reúne amistades, motiva sueños, consigue cambios. 

El amor es más fuerte. 

Ceferina pisó por primera vez la cancha del Bicho cuando su hijo empezó a jugar en las inferiores. Se involucró como mamá en todo lo que le pidieron, se subió al tractorcito, manejó la máquina de cortar pasto, pintó postes, paredes, ayudó a conseguir la merienda para después de los entrenamientos.

José entró al predio con su hijo y ya no se fue. De a poco compartió su tiempo, trabajo, ideas. El césped está bien cortado y crecido para que reluzca después de cada entrenamiento y a la espera de los partidos que llegarán cuando concluyan las restricciones que impone la pandemia.

Te la toco de primera/ Vos si querés la agarras/ Cada jugada que sueño se hace realidad. 

Ceferina y José armaron la jugada perfecta, con la pelota como excusa se calzaron los botines y salieron a la cancha. Tomaron la delantera, gambetearon la pobreza y con un giro habilidoso llegaron al área. Cada día de la semana, al cierre de su negocio, se suben al auto y van a trabajar al predio que Argentino Juniors tiene en la avenida Almafuerte. También ocupan los tiempos de los sábados a la tarde y de los feriados para pensar nuevas jugadas y estrategias para hacer. 

El matrimonio tiene un comercio en la intersección de la avenida San Martín y Bernardo de Irigoyen, venden productos avícolas. “La Familia” es la pollería que abrieron como proyecto de vida y que les permitió ayudar a los que más necesitan según el ritmo de crecimiento del negocio. El proyecto familiar comenzó hace siete años como consecuencia de una situación personal, José se había quedado sin trabajo. Era empleado de un comercio del mismo rubro, su propietario decidió cerrar el local de venta al público, pero lo ayudó para que se pudiera independizar. El desafío lo tomaron juntos, José con sus conocimientos, Ceferina con su voluntad para aprender ya que nunca había trabajado con pollos y las hijas con su ayuda para la atención del negocio. José estuvo diez años en el rubro de los pollos. “Nos ha ido muy bien para sostener a la familia”. 


En la pollería, el proyecto familiar que tienen desde hace 7 años


La pollería les permite tomar contacto con la necesidad, “cada día se nota más y aparece gente nueva a pedir. Desde que abrimos vienen dos nenas a las que ayudamos con lo que podemos”.

"Pelea por lo que quieres / Y no desesperes / Si algo no anda bien / Hoy puede ser un gran día / Y mañana también". 

Los dos vivieron y se criaron en el Barrio de los Ranchos de la Virgen de Luján hasta que se casaron y con el fruto de sus trabajos compraron una casa en la avenida San Martín hace catorce años. 

“Todos somos de los Ranchos, no teníamos papá y mi abuela -con la que vivíamos- era muy grande así que nos ocupábamos de lavar la ropa y de todas las cosas de la casa. Mis hermanos laburaban para llevar la comida a casa. Después no me quedó otra que trabajar, la escuela me gustaba, pero el trabajo más”, dice José.

Trabaja desde que tiene doce años a pesar de que se había anotado para iniciar el secundario en el Colegio Industrial. Vivió con su abuela hasta su fallecimiento -tras la pérdida de su mamá a temprana edad- y luego fue su hermana la que se hizo cargo de su crianza. Después de culminar los estudios primarios en la escuela la Virgen de la Carreta, cuando le faltaban unos días para cumplir trece años, eligió iniciar un oficio en la panadería “Arco Iris”, en calle Sadi Carnot 1041. “Arranqué primero por seis meses y después quedé, de ahí hasta que la panadería cerró y me dieron la oportunidad de trabajar en la pollería. Me encanta ser panadero, ahora no puedo cocinar porque no tengo tiempo, le metemos muchas horas al trabajo para poder salir adelante”, dice José que tiene cinco hermanos varones y una mujer que fue quien lo cuidó hasta que se fue a vivir solo. 

La familia de José vive en el mismo barrio donde nacieron y se criaron, en ese sector del vecindario rodeados por gente amiga. 

Ceferina vivió en el campo hasta los trece años cuando llegó a los Ranchos con su familia. Sus padres, tiempo después, se fueron a vivir a otro lado y ella se quedó por seis años más. “La crianza es lo que hace la diferencia más allá del barrio donde vivas, o de tus vecinos que en nuestra zona salieron buenos pibes. Mis cinco hermanos y yo somos trabajadores porque todo arranca desde casa y es lo que mi papá nos enseñó, que teníamos que trabajar o estudiar”, dice Ceferina. 

Tienen siete hijos, Gerardo, Gabriel, Aylén, Yamila, Aymara, Naiara y Maico, cinco de ellos son de Ceferina y dos en común. Estudian y trabajan, incluso dos de las chicas los acompañan en la pollería. “Nuestras hijas mayores están en el negocio desde que abrimos, primero colaborando y cuando nos fue mejor ya lo hicieron como trabajo, por eso les damos un salario”. 

El matrimonio recorrió un largo camino que tuvo sus momentos difíciles porque como dice Ceferina “tener una familia grande es complicado, educarlos, mantenerlos bien, siete hijos maravillosos, trabajadores y estudiosos”.

Argentino Juniors
“Amo al campo, cada vez que puedo ir, voy. Por eso me gusta tanto la cancha, no hay nadie, solo pasto, plantas, silencio, aire puro, voy por más que esté sola. Corto el pasto, arreglo alambres, hago cualquier tipo de trabajo”, dice Ceferina.  

En un picado cualquiera/Mi alma se echa a rodar.

Ceferina recibe el título de mamá de Argentino Juniors cuando su hijo empieza a jugar en las inferiores. Todas las manos eran bienvenidas y ella aceptó el convite. “Los padres queríamos ayudar. Me fui prendiendo para atender el kiosco, para la Fiesta del Trigo y formamos una comisión muy linda”. 


Entre tantas labores con las que colabora la pareja, se encuentra el mantenimiento del campo de juego


A José el fútbol le gusta desde chico. Formó parte de los equipos del club Colegiales y a través de Nacho Gutiérrez -de quien es amigo- llegó a Argentino: “Me ofrecieron hacerme cargo de las subcomisiones de escuelita e inferiores y acepté”. 

El matrimonio cierra su jornada laboral matutina a las doce y media, para la una de la tarde ya están en el predio de la cancha del Bicho y se quedan hasta las cuatro que tienen que volver a la pollería. “Todo el tiempo libre vamos a la cancha; pintamos, cortamos el pasto, la pintura que nos donaron la usamos para las paredes que rodean el club. Cada vez que nos donan algo lo usamos. Nos reunimos con los profesores, con el presidente que es muy bueno y nos deja meterle para adelante y siempre piensa en las mejoras”. 

Cuando hay entrenamientos nadie se va a su casa con la panza vacía. Junto a otros padres preparan la merienda y aprovechan el momento que comparten para escuchar u observar las necesidades de los más de cien jugadores que tiene el club. “Les preparamos chocolatada, ropa, botines, zapatillas. Nos gusta trabajar para los más chicos”.

José y Ceferina mencionan a las personas e instituciones de las que reciben ayuda, afirman que siempre que piden algo hay voluntades dispuestas a conseguir lo que cubra una necesidad.

“Los chicos vienen descalzos, tuvimos la desgracia y la suerte de ver chicos que venían descalzos. Así que buscamos para que tengan qué ponerse. José le regaló sus botines a uno de los chicos porque conseguir números grandes se hace difícil”. 

Las subcomisiones y la comisión directiva del club juntan los recursos a través del esfuerzo personal de varias familias, bonos, rifas, donaciones que son parte del combo necesario para pagar los gastos y el sueldo de los profesores. 

Por los protocolos propios de la pandemia no pueden ofrecer la merienda en el club, pero eso no amedrenta el trabajo solidario. Todo lo contrario, lo multiplica. “Llevamos mercadería donada casa por casa. La gente colaboró mucho, el presidente Garcimuño tiene muchos allegados que colaboran activamente, también hay verdulerías que nos donan bolsas de papas. Nosotros las fraccionamos y se las llevamos a los jugadores”. 

El matrimonio sigue la tradición que tiene el club de estar cerca de todos los vecinos, así que ante la necesidad, no importa la edad, llevaron la ayuda a muchos adultos mayores que están solos. “Argentino siempre ayudó gente de su barrio y sabe a dónde ir a colaborar”. 


El Osvaldo Sosa ocupa los días de José María y Ceferina


Ceferina recuerda épocas complicadas de su vida, “las pase feas y ahora que no estoy pensando en si me alcanza para un plato de comida, cuando alguien necesita algo, se los doy, no me fijo en qué gasto, sino a quién ayudo. Tuve muchas necesidades en la infancia y con mis hijos, no es que me sobre, pero puedo compartir lo que tengo. Ojalá fuera millonaria, pero todo lo que esté a mi alcance lo hago”.

La mujer está acostumbrada a trabajar, de chiquita se subía al tractor de su papá con una galleta abajo del brazo y lo acompañaba en la jornada laboral. “Agacho la cabeza y le meto para adelante. Soy inquieta por eso tengo proyectos como por ejemplo hacer un pelotero para los chicos del club y que ahí puedan festejar sus cumpleaños. Sería tocar el cielo con las manos tener festejos con tortas, eso sí ¡con todo el protocolo, no queremos que se enferme nadie!”. 

Los moviliza la idea de mejorar las instalaciones del club y sobre todo, para que los chicos puedan entrenar en óptimas condiciones. “Todo lo que se pueda conseguir para los chicos es poco, se trata de dar algo para ayudar. Algunas veces no es plata, sino tiempo y ganas de pintar, cortar el pasto, ganas de ayudar a otros. Somos un grupo con el que trabajamos para el bien del club”.

Uno de los últimos trabajos que se realizaron fue la colocación de unos postes que servirán de sostén para una red que se comprará con lo obtenido de la rifa para el Día del Padre. “Después ya se piensa en cómo seguir”.

Comedor 
Una construcción techada y con aberturas se levanta pegada a los vestuarios. Ese lugar sin nombre todavía, tiene una misión: Convertirse en el comedor del club. Se trata de una emprendimiento que llevan adelante la subcomisión del futbol mayor y la de escuelita e inferiores. “Es otro proyecto que vamos a terminar para que se pueda utilizar un espacio que además, será más fácil de calefaccionar”. 

Otro proyecto incluye al emblemático salón de usos múltiples del club que se podría acondicionar para alquilarse ni bien se levanten las restricciones. Eso representaría una entrada extra para la institución. “Lo que entra es por la ayuda de mucha gente y todo lo que el presidente consigue, pero hay que pagar luz, los tres profesores… se trabaja para juntar el manguito”. 

Ceferina no escatima elogios para los profesores de los que dice “tenemos que pagarles bien, tal vez mejor, pero son muy humanos y van a entrenar igual, lo hacen de corazón aunque haya algún retraso en los pagos, siempre siguieron yendo. Es gente de mucho corazón que te empuja a seguir haciendo”.   

Allí donde el aire es libre / Seremos lo que queremos ser / Ahora, si tomamos una posición / Encontraremos nuestra tierra prometida. 

El tractorcito descansa mientras Ceferina busca el bidón con nafta y completa el tanque. Hay que seguir porque falta césped por cortar. Hacia un lado y al otro hay anécdotas que se entrelazan con el pastos, los arcos, las redes y la pelota que rueda tímida entre unos chicos que llegaron para hacerse “un picadito” rápido, antes de que José y su esposa se vayan. 

Las sombras se alargan más y el viento recorre las ramas de los árboles que franquean la cancha. Es hora de hacer otro trabajo, el comercial, el que da de comer, porque el de amor… ese sigue intacto sin importar cómo, amándote, amándote.  

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Ayudar a crecer
La solidaridad no termina en la ayuda directa para conseguir recursos, merienda o vestuario para los jugadores. Se puede ser un eslabón en la cadena de superación de cualquier jugador. Tal el caso de uno de ellos, Joaquín Gutiérrez que se tenía que ir a probar a Vélez y alguien tenía que hacer coraje para manejar hasta Buenos Aires para llevarlo. Ceferina puso primera y arrancó con el jugador y su papá y con uno de sus hermanos que la tenía clara para ingresar a Capital. “Entramos a la cancha mientras se probaba, nos dejaron recorrer porque habíamos hecho 500 kilómetros para estar ahí. Se nos hizo piel de gallina, fue emocionante entrar a la cancha de Vélez porque era la primera vez que ingresaba a un estadio. Fue tan impactante que me corría frío”. Ceferina regresó con los ojos llenos de disciplinas deportivas que el club Vélez Sarsfield les enseñó, fotos de los trofeos y de las prácticas que allí se realizan. Imágenes de una oportunidad, la de Joaquín.