En junio de 1989, Fangio recibió un obsequio muy especial

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El mejor regalo para el campeón

La Negrita, el auto de Fangio que estaba en el campo de Vaskoboinik

24|06|21 08:55 hs.


Una caja de cartón con un moño. El está acostumbrado a los regalos, pero esta vez el tamaño del paquete lo supera en altura. Desde el año 1979 hasta 1986, año en que finalmente se inaugura el Museo del Automovilismo, Juan Manuel Fangio ve cómo pasan frente a sus ojos autos, trofeos, todo tipo de objetos como si fueran piezas del rompecabezas de su historia.

Algo intuye cuando lo reciben sus amigos, vecinos del pueblo, gente de todas las edades que quieren sacarse una foto con el campeón, que lo rodean una vez más, como siempre. Como en las reuniones que hacían en el fondo de su casa de la calle 13. Todos lo escuchaban en silencio, por el respeto que le tienen. En esos encuentros el comenzó a decir que le gustaría hacer un galponcito para poner muchas de sus cosas. Los amigos le dijeron de hacer un museo. 

Y ahora lo vemos en la planta baja, con su camisa blanca, con rayitas celestes recién planchada, su peinado hacia atrás, ni un pelo se escapa, el clásico reloj con malla de cuero negro. Los ojos más azules que nunca. Sonríe como adivinando una picardía. 

De un tiempo a esta parte, muchas cosas parecen increíbles para Fangio. Casi mágicas. Especialmente las que ocurren dentro de este viejo edificio que supo ser Concejo Deliberante por un tiempo, Colegio Industrial en otro, para convertirse en su casa, la que comparte con todos los apasionados por su historia y por el deporte. 

Cuando surgió la idea, varios propusieron que se hiciera en Buenos Aires, otros en Mar del Plata, pero él quiso en Balcarce. Las primeras reuniones de trabajo se hacían en su casa siguiendo la costumbre de los asados, la excusa para encontrarse y compartir. Se armó la Fundación y decidieron comprar el casco de la estancia de la familia Chechi y se trasladaron ahí. Necesitaban más lugar para recibir a los que venían a interiorizarse en el proyecto. 





Y ahí está, en el Museo que se levantó frente a la plaza. Llegó puntual, como es su costumbre, y estacionó casi a una cuadra de la puerta de entrada. Caminó frente a la plaza, se llenó los pulmones de perfume de tilo y entró. Se toma tiempo para saludar a cada uno, pero ahora nadie pide nada. 

Todos lo miran. Todos quieren ver qué cara va a poner cuando la vea ¿Quizás alguna vez imaginó este reencuentro? No lo sé. El silencio es cada vez más intenso, como si el aire pasara. Unos chicos desarman el mono plateado. Abran la caja. Primero la parte de adelante y luego los costados. El Chueco va derecho a tocarla, despacio, como si necesitara ese contacto para estar seguro que es verdad lo que pasa. 

La Negrita, el Chevrolet de chasis Ford T pintada de negro, con las llantas rojas en contraste, está ahí rejuvenecida. Como dispuesta a repetir alguna hazaña. Los aplausos rompen el silencio y se confunden con los de otros tiempos cuando compitieron en Mecánica Nacional en el circuito de Retiro en la carrera previa a la Primera Temporada Internacional en Argentina, con la presencia de los ases europeos de Gran Prix. Al ganar esa carrera con La Negrita, Fangio quedó habilitado por reglamento para el Premio Ciudad de Rosario: la prueba de coches Gran Prix que gana Aquiles Varzi con Alfa Romeo. Fue su debut en pruebas internacionales de pista con un coche de Mecánica Nacional. 

Empezaba a llamar la atención y algunos políticos decían que cuando Fangio tuviera un buen auto iba a ser un gran piloto. 

La gente se acerca y saca fotos. Lo rodean sin tensión, sin atropello. Lo observan y conversan y suman recuerdos y reviven la historia de La Negrita y el campeón. El primer monoposto que corrió. Un solo asiento para una persona, como un toscano con ruedas. El y su auto. Que no es un auto cualquiera. Es el auto con el que empezó a ganar, a escribir, o mejor dicho, a manejar su historia. 

Todos decían que era fea. El mismo lo decía. Que tenía la pedalera como un plano, que las piernas quedaban abiertas por la posición de los pedales. Algunos e decían el Patito Feo. 

Fangio no deja de mirarla. Un pibe se acerca y él le dice: Nadie quería sacarse fotos con ella antes de que ganara, después todos querían la foto. Por eso digo, autos lindos son los que ganan y se ríe mientras abre la puerta y se acomoda en el asiento.

La idea del museo surgió pensando en los autos y trofeos del quíntuple campeón. Pero el edificio que construyeron superó las expectativas y entonces se pusieron en campaña. Muchos pilotos querían traer sus autos. En un momento, alguien supo que La Negrita estaba en Copetonas, Tres Arroyos. 

Ese auto tenía un valor especial porque fue hecho por Toto, el hermano de Fangio, pero decidieron venderlo para comprar el primer auto de carrera, el Volpi Chevrolet. Aunque nunca olvidaron que ese auto fue el que le abrió las puertas a la posibilidad de correr en Europa. 

Se sabe que Eduardo Mendivil lo tuvo en Bahía Blanca, era un piloto de la categoría limitada del 27, al igual que Isaac Vaskoboinik que era de Copetonas, y cuando tuvo una oportunidad lo compró y lo mantuvo por 38 años. Omar Vaskoboinik, hijo de Isaac, recuerda cuando su papá corrió en el Autódromo de Buenos Aires. Con el tiempo Isaac dejó de correr y el auto que estaba pintado todo de color celeste, quedó en el campo entre las lanas y cueros que vendía. Las hijas de Omar pasaban horas jugando con La Negrita, que, para ellas y su papá y el abuelo era el “Rezongón”. 

Después de un tiempo, un abogado de Tres Arroyos amigo de la familia dijo que se había contactado con Toto Fangio y que suponían que esa era La Negrita. 

Toto quería recuperar esa parte de la historia de él y de su hermano. Quiso ver el coche porque recordaba una soldadura que había hecho en uno de sus ejes. Se agachó, y lo reconoció. 

Isaac no sabía qué hacer, si venderlo, prestarlo o regalarlo. Hubo tratativas y un acuerdo por el que La Negrita llegó al Museo envuelta en una caja, con moño y todo. 


La Negrita se encuentra en el Museo del Automovilismo de Balcarce




Para Fangio ahora es el reencuentro. Siente que esa máquina es parte suya y que, a su vez, él forma parte de ese engranaje como la biela y el pistón. 

Sonríe, pero con los ojos llorosos, no le preocupa si cae alguna lágrima. Acaricia el volante con las dos manos y dice: Negrita, tanto tiempo sin verte. 


 -Esta historia fue contada por Sandra Di Luca, conductora del noticiero en el Canal Somos La Plata. Es periodista, licenciada en Comunicación y docente universitaria. 
-El “obsequio” le fue entregado a Fangio el 23 de junio de 1989. Agradecemos a Omar Vaskoboinik, por haber facilitado esta historia. 
 Museo del Automovilismo del Club Quilmes 
 Colaboración de Alberto C. Deramo