Opinión

Editorial

Lo que dejó

27|06|21 08:57 hs.


La EDITORIAL de este domingo, en la voz de Diego Jiménez

La nueva centralidad (pasajera o permanente, solo el tiempo lo determinará) que ocupa la educación en el discurso público y en las conversaciones privadas, empuja a quienes les interesa el tema a esbozar aproximaciones reflexivas que contribuyan a realizar un balance temporario de lo que viene ocurriendo en el sistema educativo hasta el momento, en un contexto singularmente extraordinario. Siempre y en cualquier ámbito de la vida, la pausa reflexiva es imprescindible. La vida pública requiere lo mismo. Tomar distancia, correrse del escenario, mirar desde afuera de las tablas, evitando la vorágine del debate diario, para pensar y luego construir una explicación razonada de la realidad. 

El entrecruzamiento de lo leído y escuchado en las intervenciones públicas de distintos especialistas, sirve de base a la posibilidad de trazar un balance. Balance que puede parecer en una primera y rápida lectura, una repetición de viejas ideas y obviedades, para luego descubrir que su sustancia no es menor. 

Dentro de esta síntesis provisoria, la primera idea se refiere a lo imprescindible de la presencialidad, especialmente en la educación básica (inicial y primaria). La importancia de la sociabilidad, del vínculo con los docentes y pares y del aprendizaje junto a otros, en dichos niveles, es clave y no reemplazable con otra modalidad. Su falta se nota más en ellos, con su efecto de retrasar los aprendizajes y la construcción paulatina de la autonomía personal. Casi siete meses sin aulas físicas, es mucho en cualquier lugar y nivel educativo, pero esa medida de tiempo impacta profundamente en los más pequeños y pequeñas. Descontado, que a cada niño o niña, las consecuencias de esa ausencia lo afectan de diversa manera y profundidad. 

La segunda idea se vincula con la relevancia del rol docente como profesional dentro de un aula. Aprendemos entre humanos, la virtualidad es un recurso enormemente útil, pero no reemplaza la pericia, la competencia y la humanidad puesta al servicio de la enseñanza, por personas con vocación y formadas para ello. Cualquier análisis internacional de resultados de rendimiento, de clima institucional o de felicidad dentro de una escuela, refleja este dato fundamental. Y es ineludible no mencionar, porque tiene una vinculación directa con lo que escribimos, que la Argentina sigue adeudando una política de carrera y salarial moderna para este sector clave de la cultura, la sociedad y la economía de nuestro país. 

Relacionando lo siguiente con el punto anterior, la pandemia puso de manifiesto el rol fundamental de los equipos directivos en la gestión de su tarea en tiempos difíciles como los actuales. Directivos que tuvieron que adaptarse a una nueva realidad, en la mayoría de los casos con problemas de infraestructura y ejerciendo sus funciones en contextos desfavorables o con estudiantes con pocos recursos económicos y por ende, educativos. Pero no solo las carencias son atributo, lamentablemente, de miles de estudiantes, sino de docentes, que conviven con las mismas dificultades y faltantes fundamentales. Recordemos los niveles de pobreza de nuestro país (casi un 50%), Pobreza y precariedad de la que no escapan muchos profesionales de la educación. He aquí una alarma que es desoída por la opinión pública y la dirigencia en general. 

Por último, el acceso (conectividad) a Internet por un lado y el tener dispositivos apropiados para ello, por el otro, se han convertido en necesarios para ampliar, abordar y complementar muchos aspectos del proceso de enseñanza y aprendizaje. Las brechas en el acceso, en la disponibilidad de soportes tecnológicos y en la posesión de competencias para su uso, es decir, en saber utilizarlos de manera solvente para fines educativos, son enormes a nivel individual. Así como también a nivel institucional y docente. Este problema es tan crucial y relevante como los anteriormente expuestos. 

Estos cuatro problemas reúnen viejos temas irresolutos, abordados sin pasión, postergados o ignorados, con nuevas realidades propias de nuestra contemporaneidad. Todos potenciados por los efectos de la pandemia, que los hicieron más visibles, además de agravarlos de una forma todavía no bien mensurada. Lo que dejó la coyuntura profunda que transitamos, sin todavía ver claro su final, requiere de un esfuerzo sin descanso. Un esfuerzo que ya tendría que haber comenzado. 


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