Opinión

Editorial

Anti política

03|07|21 21:38 hs.



No son palabras inocentes las declaraciones que realizó el ex Presidente Mauricio Macri, cuando dijo que en el cierre de listas de candidatos a elecciones se ve lo peor de las miserias humanas. Y en esa misma entrevista, brindada a la señal de cable Todo Noticias, agregó que siempre buscó escapar a esos momentos, delegándolos en otros. 

La política trata del poder, de cómo obtenerlo, mantenerlo y de cómo utilizarlo. Para el bien o para el mal. O para una mezcla de ambos, barnizada, a veces, por los buenos modos y el marketing. También se ocupa de lograr acuerdos y consensos en sociedades plurales, en el más amplio sentido de la expresión. Y cuando se discute de algo tan serio como la capacidad de influir sobre otros, en sus ideas, forma de vida y futuro, quienes participan en ese juego, muy serio por cierto, asumen que van a convivir con la tonalidad gris que exhiben los lugares en donde se discuten cosas de envergadura. Delegar, entonces, no significa no participar plenamente de la partida. Es, en todo caso, otro modo de hacerlo, con las mismas consecuencias a nivel de la conciencia individual y de la responsabilidad hacia otros y otras.

En todo ámbito en donde este en discusión la posibilidad de ejercer el mando, la conducción o la influencia sobre determinada cantidad de personas, desde una asociación de barrio, pasando por una entidad representativa de un determinado sector o el armado de una lista de candidatos o candidatas políticos, se descubren los rasgos menos halagadores de la condición humana, así, huelga decirlo, como también, los más positivos. La búsqueda del bien común, el desinterés y la entrega total por causas que valen la pena, están presentes en la vida política. Y lo están, en todos los sectores, grupos, espacios, partidos y asociaciones, con diferentes y muchas veces contrapuestas miradas sobre la realidad, fundadas en cosmovisiones divergentes del ser humano y su rol en la sociedad. 

Es por ello, que no se mejora la política negando el conflicto interno que supone su ejercicio. Conflicto o dilema que es real y existe desde que el mundo está habitado por humanos. Tampoco se perfecciona, excusándose de sus aspectos más oscuros, usando palabras o frases que no hacen otra cosa que enfatizar el lado negativo de una vocación, vaciándola de contenido. Esos discursos, muy abundantes en algunos sectores de la Argentina de hoy, incluyendo los que se esgrimen en conversaciones privadas, debilitan una democracia que requiere fortalecerse e institucionalizarse cada día más. 

No se mejora la política negando el conflicto interno que supone su ejercicio. Conflicto o dilema que es real y existe desde que el mundo está habitado por humanos


“…La política, -escribía el intelectual Luis Aznar (ex profesor consulto y director de la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires)-, obliga, genera conflictos y provoca comportamientos orientados a solucionar conflictos. Jamás ha existido una sociedad sin conflictos, porque toda comunidad humana genera desigualdades tanto individuales como grupales… La política aparece como el ámbito donde los desacuerdos pueden manejarse colectivamente…”. Un párrafo clarificador, el de Aznar, que rescata la dimensión completa y compleja de la práctica política, estableciendo claramente su significado. 

La mejor respuesta para contrarrestar esos mensajes aparentemente inocentes, es nutrir a la vida pública con maneras de hacer virtuosas, que nos conduzcan, aún a sabiendas de nuestra imperfección y debilidades naturales como seres humanos, a una mayor y persistente prosperidad en el marco de una sociedad socialmente integrada.

La anti política no es el remedio para combatir el lado negativo de vida pública, como tampoco lo es para el mejoramiento de la vida social. Es, por el contrario, una parte del problema, porque propone un camino vaciado de contenido. Cuando hablamos de justicia distributiva, de libertad, de igualdad y de bienestar, es imposible no hablar de las ideas y de los valores que las sostienen, del conflicto que supone defenderlas y de los consensos que solo en una democracia es posible construir. Esa, es la manera de entender y de vivir la política, que sostiene y fortalece nuestra vida en conjunto. 


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