Opinión

Editorial

El factor Lole

11|07|21 09:37 hs.

Estudios de televisión, aplicaciones, redes sociales y plataformas para subir videos, son los sitios preferidos por los cuales transitan los habitantes del mundo político para intervenir en la arena de las cuestiones comunes. Allí se muestran, explican sus ideas, sus posibles acciones, en caso de ser ellos o ellas las que decidan sobre un determinado tema. También, a través de esos medios, responden a las críticas de sus adversarios o hacen lo propio con los suyos. Parece que viven, que habitan en ese mundo, sometiéndose a los parámetros flácidos de la inmediatez, el efectismo y la imagen. Son productos puestos a la venta de posibles consumidores que los eligen, movilizados por la esperanza de que el contenido que imaginan que poseen, este a la altura del despliegue de imágenes y sensaciones con que los promocionan. 





Como imitando lo que ocurre en el juego virtual Second Life (Segunda Vida), en donde los participantes se incorporan a una comunidad virtual, interactúan con otros, pudiendo intercambian cosas y ofrecer servicios entre ellos, cierta y abundante parte de la vida política, se desarrolla en el planeta virtual. Lo cual no está mal per se. Son medios, instrumentos que la revolución tecnológica, especialmente en la primera década del siglo que transitamos, desarrolló y expandió a lo largo del globo. Muestran, expresan, comunican, difunden aspectos de la realidad. Pero no la abarcan, ni la totalizan. Son recortes, porciones que ayudan a entenderla. Pero de ningún modo la completan y la explican en su totalidad. Tampoco, hasta el momento y por suerte, están cerca de hacerlo. 

Como nunca antes, la pandemia hizo que sintiéramos la ausencia de humanidad que se manifiesta en el contacto cara a cara, en la conversación no mediada por ningún soporte digital, en la gestualidad condensada en un mismo espacio físico de diálogo y encuentro. Nos adaptamos, no de la misma manera, no sin consecuencias emocionales. Del mismo modo, la política no debe exclusivamente desarrollarse en los espacios de comunicación de los que somos usuarios, porque su potencia de ideas se diluye, reduciéndose a una frase o captura de pantalla, que es tendencia un día o, lo que es peor, unas horas. Y, en consecuencia, el encuentro político, se reduce a una puesta en escena, con una escenografía a su servicio, en donde el pueblo, quién delibera y gobierna por medio de sus representantes, como reza nuestra Constitución, aparece como “extra” en una filmación cuyo objetivo es atraer votantes por medio de la sugestión que produce un escenario, no una idea o un razonamiento, que sería lo esperable que brinde un político o política. 

No es el objetivo de esta columna editorial realizar un panegírico de las virtudes de Carlos Alberto Reutemann, sino rescatar a través de su accionar público, el valor del cara a cara, del encuentro del funcionario y la gente de a pie, del caminar las ciudades y pueblos, del escuchar y el de medir el humor de la ciudadanía junto a ella y no solo por medio de consultoras de opinión. El ídolo deportivo, ex gobernador y desaparecido senador, hacía gala de esas maneras de hacer política, naturalmente, sin estridencias, muchas veces solo y bien lejos de las cámaras. Innumerables son las anécdotas que lo testimonian, ayudando como rescatista a los inundados de su provincia, recorriendo en su moto personal lugares o bajando en helicóptero en campos o localidades santafecinas para conversar con sus comprovincianos. La historia evaluará si en las otras dimensiones de su vida como funcionario fue eficaz administrador y aportó para la mejora general de la provincia de Santa Fe. No es la intención de estas líneas hacerlo. Pero el factor humano, el modo en que enfocó su accionar público, vale la pena mirarlo con atención. 

Este aspecto es esencial practicarlo y recrearlo. Es una parte fundamental de la vida en sociedades plurales. Enfrentar la realidad en su territorio, conversando mano a mano con la gente, recuperando la faceta artesanal del hacer político, discutiendo e intercambiando en la esquina, en los negocios con sus propietarios, en una fábrica con los empleados y sus dueños, en los clubes y entidades con sus socios y dirigentes, en las escuelas con las maestras y maestros. Se necesitan ideas para renovar la Argentina. Ideas que sean el soporte de propuestas. Pero también el “Factor Lole”. Imprescindible para recuperar la confianza de la sociedad en el sistema que eligió para vivir. 


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