Fue un visionario en su época. Pierre Fredy de Coubertin investigó sobre el deporte y sentó las base

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Rumbo a las olimpiadas de Tokio

El Barón de los Juegos modernos

11|07|21 11:39 hs.

Por Pablo Tano (*)


París, Boulevard Flandrin. Era una apacible tarde de invierno en Francia. En el parque de la residencia familiar de los Coubertin, el pequeño Pierre Fredy jugaba a soñar que era un ciclista, un remero o tal vez un atleta. Su madre era María Marcela Giganlt, la Baronesa Fredy de Coubertin, hija del Marqués de Mirville, descendiente del primer Duque de Normandía. Altos títulos nobiliarios… 

Pierre cursó sus estudios en la Escuela San Ignacio de Los Jesuitas. Alumno aplicado y sobresaliente. Una mente brillante y un visionario para la época. A pesar de la insistencia de su padre, Charles, quién deseaba que siguiera una carrera militar, desistió y se inscribió en Ciencias Políticas en la prestigiosa y reconocida Universidad de la Sorbona, de París. 

Coubertin se interesó especialmente por la Pedagogía, la Filosofía y la Historia, aunque se destacaba también en el resto de las asignaturas. Admiraba la cultura de la Grecia Antigua y se vio impactado por cómo valoraban la formación y el desarrollo del cuerpo humano y la vida espiritual. 

Era un convencido de que el deporte sería vital para la educación. 

Viajes e influencias 
A los 20 años, este hombre nacido el 1º de enero de 1863, en el seno de una familia aristocrática, se veía desvelado por lograr que Francia incorporara en la currícula escolar la gimnasia (lo que se llamaría con el tiempo Educación Física) y formara parte de un programa educativo integral. 

El viaje que realizó a Gran Bretaña en 1890 con el objetivo de investigar la organización e implementación del deporte, lo dejó asombrado sobre todo al participar como espectador en el festival tradicional de Mucha Wenlock, en un pueblo al sur de Gales. Los atletas demostraban sus virtudes físicas, morales e intelectuales y los ejercicios se realizaban al aire libre. Coubertin iba tomando nota… 

Pero lo que más llamó la atención de Pierre fue cómo funcionaba la Escuela Rugby, dirigida por el pastor Thomas Arnold, quién fue el primero que impulsó el deporte como valor pedagógico y le dio un lugar fundamental como herramienta “social y cultural”. No hizo más que darle una reglamentación establecida y disciplinada a la actividad. “Voluntad de vencer”, pero siempre dentro de ciertas normas para contener la agresividad. 

El pensamiento moderno, el racionalismo del siglo XIX. Las reglas, la medición de los récords y los tiempos. Orden para el progreso. La aparición del fair play como búsqueda de la perfección, ideal moldeado por la burguesía. Coubertin estuvo muy influenciado por Arnold y significaría un espejo a copiar en su regreso a Francia para reformar la educación escolar con todo el bagaje adquirido. 

El renacer de un ideal 
Coubertin volcó su pasión, conocimientos y experiencia en varios artículos y algunos libros. Como secretario para la asociación de la reforma escolar en Francia, fue enviado a Boston, Estados Unidos, por el ministro de instrucción pública francés, Armold Fallieres, para estudiar los planes de estudio en las universidades y colegios de ese país y también de Canadá. 

El 15 de noviembre de 1892, Pierre propone en el Congreso de Unión de las Sociedades la idea de restaurar los Juegos Olímpicos a nivel mundial. Comienza a plantear formas, objetivos, alcances y modelos. El resto de los miembros lo escuchan asombrados y si bien algunos descreen de poder plasmarlos como tal, la mayoría aprueba ese deseo de “reparación”. Así, en la reunión siguiente, convocó a un nuevo Congreso con el nombre de “el estudio y propagación de los principios del amateurismo”. 

Finalmente, dos años después, creó el Comité Olímpico Internacional (COI). El Congreso se realizó en la Sorbona, de París, participaron 79 delegados de distintos países y recibió 21 notas de respaldo de otras naciones. Allí sentó las bases de lo que sería el Movimiento Olímpico Internacional a través de su Carta Olímpica con siete principios fundamentales que regirían el espíritu de la competencia y difundirían los valores sagrados. 

Por supuesto, con el desarrollo de la idea primaria y luego con la implementación, se produjo una mutación y se puede dilucidar que no era tan humanista como se definía, sino que profesaba un claro sesgo racista y machista. “El auténtico héroe olímpico es el adulto masculino individual (…) No apruebo la participación de las mujeres en competencias públicas, lo que no quiere decir que deban abstenerse de practicar un gran número de deportes a condición de que no se conviertan a sí mismas en un espectáculo. 

Su papel en los Juegos Olímpicos debería ser, esencialmente, como en los antiguos torneos, el de coronar a los vencedores”: Demasiado claro. 

Después de superar distintos contratiempos y obstáculos, a nacionalistas, envidiosos y detractores, nunca detuvo su objetivo. Buscó al apoyo de príncipes, presidentes, gobiernos, reyes y duques. Y se contactó también con distintas personalidades destacadas que comulgaban con su pensamiento como el padre dominico Henri Didon, quien fue al autor de la frase célebre que tiene como lema al olimpismo: “Citius, Altius, Fortius”; Más rápido, más fuerte, más alto. 

El 6 de abril se decide fijar como fecha de inauguración a los primeros Juegos Olímpicos de la Modernidad. Y no sería otro lugar, consecuente con sus ideas, que Atenas, la capital de Grecia, donde todo había comenzado hace cientos de miles de años, fuera elegida para ser la ciudad organizadora y anfitriona de un evento único. 

“Mantengo la convicción de que los juegos deben servir al mundo como sirvieron a la Grecia Antigua para borrar las diferencias de razas, religión y política…que deben unir a los pueblos de los cinco continentes de igual forma que unió a Argivos y Mesenios; a Espartanos y Atenienses, unidos todos por el deporte; compitiendo todos por la grandeza de la humanidad…”, sostenía el Baron. 

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Presencia argentina
Dos argentinos fueron elegidos por Coubertin para integrar las primeras comisiones del Comité Olímpico Internacional. El profesor, pedagogo y rector del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, de Entre Ríos, José Benjamín Zubiaur, fue designado como miembro fundador y luego expulsado por no asistir a las reuniones. 

En su reemplazo, el Barón designó a Manuel Quintana. Vivía en París. Tenía 28 años, era abogado y provenía de una familia patricia. Y era hijo del ex Presidente de la Nación. Ocupó su cargo desde 1904 hasta 1906, año de su muerte. 

La mayoría de las personalidades elegidas por Pierre estuvieron ausentes en las primeras reuniones por la distancia y los costos que  implicaba viajar.


José Benjamín Zubiaur fue miembro fundador del Comité Olímpico Internacional





(*) El autor es periodista. Nació en Tres Arroyos y reside en la ciudad de Buenos Aires